• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

¿Cuál es el camino a seguir?

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Un tema importante que ha ocupado a muchos venezolanos en los dos últimos meses de este año ha sido el referido al camino a seguir con respecto a la salida de Nicolás Maduro. No hace mucho Ramos Allup lo puso de manifiesto en un tuit, en estos términos: “Hay que poner los pies en la tierra”. Y en ese sentido pedía la definición de todos, especialmente de los opinantes u opinadores de las redes sociales y los medios de comunicación. Es por eso que nos sentimos obligados a expresar nuestro parecer.

A través de los diferentes diarios y portales que leo de manera habitual, he conocido y evaluado lo que al respecto han señalado varios analistas. Casi todos, con mayor o menor dramatismo, recogen el dilema shakesperiano del “to be or not to be”, expresado por la vía de “lo que hay o no hay que hacer”.

Si bien tenemos la libertad de estar políticamente de acuerdo con una u otra recomendación, también debemos tener claro que los bien razonados argumentos respecto a las probables consecuencias que derivarán de las distintas alternativas a seguir son, en realidad, una posibilidad de las muchas cosas que pueden llegar a ocurrir. Los hechos siempre terminan por demostrar que hay imponderables que, para bien o para mal, suceden al margen de nuestros análisis y consideraciones. En otras palabras, por muy buenas y concienzudas evaluaciones que hagamos, siempre pueden producirse eventos o situaciones que alteran el curso esperado, natural o lógico de los acontecimientos y de la historia. Al final, errare humanum est. O, como dice la canción, “la vida es una tómbola…”.

En todo caso, lo que no hay que perder de vista es que la oposición consiguió una victoria decisiva el pasado 6 de diciembre y la misma vino acompañada de un mandato muy claro: la necesidad de cambio. Las razones del mismo son más que conocidas. Vivimos una situación dramática, parangonable en muchos aspectos a la calamitosa realidad que experimentamos durante la Guerra de Independencia y la Guerra Federal. Estamos a punto de convertirnos en un Estado sin viabilidad alguna. De hecho hoy somos un país que en su cotidianidad genera muertes, hambre, desolación y sufrimientos a la familia venezolana. Éticamente, lo que se impone es acabar lo más pronto con esa situación para revertir el padecimiento de los que aquí habitan. Ese propósito, sin embargo, nos obliga a ser extremadamente cuidadosos.

¿Por qué resaltamos lo último? Pues, porque el mandato conferido se manifestó de modo general, sin indicación expresa respecto al camino específico que hay que seguir. Por eso, aunque sea correcta la decisión política de no poner todos los huevos en una sola canasta y avanzar en paralelo por diferentes vías (referéndum revocatorio, renuncia, enmienda constitucional y hasta presión de calle) para minimizar así los tropiezos que en cada caso se pueden confrontar para lograr la salida de Maduro, no hay que obviar que, junto con su circo de enanos, tanto el gobierno como el Tribunal Supremo de Justicia continuarán haciendo, como hasta ahora han hecho, todo lo que esté a su alcance para entorpecer las acciones y propósitos de la Asamblea Nacional y la mayoría opositora, violando incluso la Constitución y las leyes todas las veces que lo necesiten. En ese escenario, las consecuencias negativas que de tal accionar se deriven serán de su absoluta responsabilidad.

El anterior, sin embargo, no es el único obstáculo que podríamos enfrentar. Los cálculos políticos, si es que los hay, por parte de algunos líderes o grupos de la oposición podrían aconsejar una prolongación deliberada del conflicto, con los terribles impactos que ello tendría en la colectividad, que al final conduzca a la liquidación definitiva del chavismo y el izquierdismo borbónico. Un proceder como ese, que pisa el terreno de lo maquiavélico, contrastaría radicalmente con la actuación moralmente aconsejable.

Es infantil creer que la instrumentación política de una actuación con tales propósitos va a suprimir en el futuro la posibilidad de éxito de un liderazgo populista o carismático de cualquier signo político. Desde el nacimiento de la democracia en la antigua Grecia hasta los tiempos presentes, ese ha sido un mal con que han tenido que lidiar muchos pueblos y naciones.

Es obvio que la situación cambia si la prolongación de dicha crisis y sus males se produce por las irresponsables maquinaciones del gobierno y el Tribunal Supremo de Justicia, conforme a lo primeramente señalado.

De modo que a la oposición solo le queda proceder con urgencia y con el claro propósito de aliviar las penas de la población con la mayor prontitud, pero concientizando a la gente sobre las dos realidades. Primero, que el gobierno no es una unidad monolítica con la cual negociar; en él convergen tres grupos con propósitos diferentes y, a la vez, distintas estructuras de mando. Por un lado está la instancia política (PSUV), cara visible frente a la oposición, que es liderada por Maduro y Cabello. Luego tenemos la instancia criminal, alcahueteada por Chávez al inicio de la revolución, que terminó por convertirse en un monstruo de mil cabezas, independiente y sin control, dirigido por múltiples pranes y jefes de bandas sectoriales. Después encontramos al sector militar involucrado en el tráfico de drogas, cuyo poder económico es infinito y al igual que el grupo anterior se beneficia del statu quo. Y segundo, que el camino para que el país alcance el estado de bienestar será empinado y lleno de baches porque el enjundioso almuerzo que la revolución bonita repartió descocadamente durante los años de bonanza no fue gratis.

Lo anterior no es todo. Hay una vía sin pavimentación, poco transitada hasta ahora, que podría constituirse en la única salida posible para evitar el choque de trenes y la hecatombe social: la negociación. Ella implicaría acuerdos que requerirán taparse la nariz o mirar para un lado, en uno y otro bando. Pero de eso nos ocuparemos en otro artículo.