• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

Venezuela: un relato de la literatura fantástica

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Si Venezuela fuera un relato de la literatura fantástica, ya el gobierno hubiera resuelto el problema del contrabando de extracción de forma sencilla. Simplemente habría construido alrededor de las fronteras una muralla, un poco más alta que la Gran Muralla china, para asegurar de tal manera su inclusión en el libro de los récords Guinness. De esa forma, en lugar de enjuiciar y encarcelar a unos pocos miles de venezolanos tontos y apátridas, conseguiría lo que es el objetivo fundamental del régimen: someternos y aislarnos a todos (entiéndase como eufemismo de encarcelarnos), tal y como ha hecho el gobierno castrista con los habitantes enclavados en su propia isla que es el mero centro del mar de la felicidad. Además, tan grandioso proyecto político-literario tendría el mérito de asegurar a la revolución un lugar destacado en un utópico capítulo adicional de Los nueve libros de la Historia de Herodoto de Halicarnaso, que avalaría su condición de única tiranía (democrática) del mundo antiguo y moderno. No dude usted amigo (o amiga) lector (o lectora) que una idea así o de parecida catadura chisporrotea desde hace tiempo en algunas de las cabezas iluminadas de nuestros líderes rojos, revoltosos y tropicales.

Lo anterior puede suceder (o sucede) cuando la obstinación de los Estados y de las personas incita las acciones insensatas. Gracias a Dios, para fortuna nuestra (los traidores, vendepatria, escuálidos y burgueses, o sea, más de la mitad de la población electoral), ese sueño de una noche de verano es solo una quimera, un imposible.

El artículo que escribió Tulio Hernández (“Paraguachón como síntesis”), el pasado domingo 19 de octubre, es un magnífico ejemplo de las características de un fenómeno (el contrabando de gasolina) que involucra a civiles, militares, delincuentes y ciudadanos comunes que son arrebatados por la posibilidad de conseguir un dinero extra (muy apreciado en tiempos de alta inflación) en esta fiesta de despilfarros y políticas económicas equivocadas (léase trasnochadas) que han aplicado los gobiernos de Chávez y Maduro.

Por todas nuestras fronteras se nos va, como un enorme desaguadero, los supuestos beneficios de los controles de precio y cambio. Como somos ricos en petróleo, regalamos a nuestro pueblo (y vecinos también) el pescado pero no lo enseñamos a pescar. Todo el país es una sola fiesta de subsidios pero ya el abuso comienza a hacer estragos en su salud económica y política, lo cual puede ser constatado en las estadísticas publicadas (con desfase) por el Banco Central de Venezuela y las últimas encuestas reseñadas por la prensa nacional.

El régimen ha sido incapaz de entender que en un entorno de libre mercado (esto es, capitalista), representado por los países limítrofes al nuestro, Venezuela se convierte en tierra bendita donde todos quieren proveerse también de productos baratos (gasolina, medicinas, alimentos y lo que aquí se fabrica o elabora con insumos importados con dólares del mercado controlado).

Para mayor infortunio, cuando el gobierno importa petróleo liviano de Argelia, carne de Brasil, papel toilette de Bolivia o caraotas negras de Nicaragua, se ve obligado a pagar con dólares constantes y sonantes (y no con bolívares devaluados), o sea, esos mismos dólares que en el mercado paralelo se cotizan a casi 100 bolívares por unidad. Ese intercambio comercial termina reducido a la premisa contenida en una ley específica que se expresa así: “Lo ancho para los productores y fabricantes extranjeros y lo angosto para los venezolanos”. Por eso, de la mano de Martín Fierro, el pueblo le grita a los camaradas gobernantes: “Hay muchos que son dotores / Y de su ciencia no dudo / Más yo soy un negro rudo, / Y aunque de esto poco entiendo, / Estoy diariamente viviendo / Que aplican la del embudo.

Ya es hora de que en la cabeza de los líderes chavistas comiencen a germinar ideas nuevas y nos eviten tener que recurrir a tantos paréntesis.