• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Sobre Swedenborg, Bárbaro Rivas y ciertos revolucionarios

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El barón Emanuel Swedenborg (1688-1772) fue un afamado científico, filósofo, teólogo y místico sueco. Su trabajo investigativo fue muy amplio, abarcando campos tan disímiles como la química, física, matemáticas, psicología, fisiología, anatomía, álgebra, geología, mineralogía, metalurgia, paleontología, astronomía y cosmología. También se destacó como inventor. Sus obras se utilizan actualmente en los Estados Unidos en institutos de investigación en psicomotricidad, probando así clínicamente el fundamento de descubrimientos hechos hace casi tres siglos.

A la edad de 56 años, este hombre de ciencias experimenta una fuerte conmoción interior que lo lleva a abandonar sus estudios en las señaladas disciplinas. A partir de ese momento se dedica a escribir y hablar de sus experiencias místicas, visionarias, proféticas y metafísicas. Sus extraordinarios dones como clarividente fueron avalados por el eminente filósofo Emmanuel Kant, que sobrecogido por esa faceta del autor sueco le dedicó un libro (Sueños de un visionario), publicado en 1766, en el que cuenta tres casos célebres del don de “visión” de su amigo y de los cuales fue testigo.

El primero estaba relacionado con el propio Swedenborg, quien de visita en la ciudad de Gothenburg describió en detalle, en el mismo momento en que se producía, el gran incendio que ocurría en Estocolmo, ubicada a 468 km de distancia, y que estuvo a punto de quemar la casa del vidente. Kant prosigue su testimonio refiriendo el caso de una viuda, la señora de Marteville, que desesperada no encontraba el recibo donde constaba el pago de una costosa cubertería de plata que su marido había comprado días antes de fallecer. Ella estaba en cuenta de la cancelación, pero el orfebre insistía en reclamarle el pago. Consultado Swedenborg, describió con lujo de detalles el lugar donde se encontraba el documento; se trataba de un escondido “secreter” de un mueble de la casa y cuya existencia era desconocida por la interesada. Por último, Kant cuenta el singular contacto entre el místico y la reina de Suecia, Luisa Ulrica, hermana de Federico II el Grande. La reina tenía necesidad de aclarar una situación familiar que involucraba a su hermano, el príncipe Guillermo de Prusia que había fallecido tres años antes. Swedenborg entró en contacto con el espíritu del príncipe y pudo satisfacer los requerimientos de la reina, quien quedó impresionada por haberle contado asuntos personales que sólo ella y su hermano sabían. Visiones y clarividencias tuvo muchas otras, como la de anticipar la fecha exacta de su propia muerte que ocurrió el 29 de marzo de 1772.

Además de Kant, Swedenborg fue respetado y admirado en vida por grandes figuras de su época, tales como Voltaire, Newton, Leibniz y varios miembros de la prestigiosa Royal Society. Ese mismo respeto y admiración se ha extendido hasta nuestra época, como lo demuestra lo que sobre él dijo Jorge Luis Borges, en una conferencia que impartió en la Universidad de Belgrano: “muchos místicos pueden pasar por locos, pero el caso de Swedenborg es especial, tanto por su enorme capacidad intelectual, como por el tremendo prestigio científico del que gozaba”.

 

En ese nuevo período de su vida, llegó a escribir una profusa obra, de la cual la más difundida hasta hoy es Cielo e Infierno, cuyo eje se centra en que nuestra vida se relaciona con el Cielo y con el Infierno de acuerdo con la ley de las correspondencias, lo que ratifica la conocida enseñanza de San Dionisio el Areopagita: “como es aquí abajo, es también arriba”.

A los líderes revolucionarios de estas tierras tropicales, cargados de insidia y maldad, les viene bien algunos recordatorios extraídos del libro antes mencionado:

-“En los Cielos no existe otra forma de gobierno que la del recíproco amor, que es la forma celeste de gobernar”.

-“En el reino espiritual del Señor el gobierno se lleva a cabo de diferentes formas, distintas para cada una de las sociedades… Pero todas las formas de gobierno concuerdan en considerar el bien general como su fin último… En la medida en que uno ama a la comunidad, ama a aquellos que la componen”.

-“Los gobernadores son aquellos que permanecen en mayor medida que los demás en la sabiduría y en el amor, aquellos que desean el bien para todos y que son tan sabios que poseen los medios para hacer que esto ocurra. Aquellos que son así no dominan ni dan órdenes, sino que administran y sirven, ya que hacer el bien a los demás es servir, y cuidarse de que esta tarea se lleve a cabo es administrar. Ellos no quieren mostrarse más grandes que los demás, sino más pequeños, puesto que anteponen a sí mismos el bien de la sociedad y el bienestar del prójimo”.

-“La paz auténtica proviene del Señor, desciende de lo más profundo y ocasiona el reposo de la mente, la tranquilidad del espíritu y la alegría. En cambio, aquellos que permanecen en la maldad no tienen paz alguna”.

-“El hombre que recibe las cosas del mundo sin estar abierto a las cosas del Cielo, crea en sí mismo el Infierno”.

-“El hombre puede adquirir riquezas y acrecentar su propia opulencia… siempre y cuando no lo haga por medio de engaños o realizando malas acciones. Puede comer bien y de una manera refinada, siempre que no haga de ello el fin último de su vida”.

-“No existe una verdadera vida piadosa sin la caridad”.

-“Cuando hay dominación no hay libertad… incluso aquel que domina es esclavo de su obsesión por dominar”.

-“La ciencia de las correspondencias puede ayudar a conocer de qué manera las alegrías de la vida de cada uno se transforman en alegrías correspondientes… Aquellos que han estado ávidos de venganza y, en consecuencia, han adquirido una naturaleza feroz y cruel, aman las sustancias cadavéricas y habitan en cavernas de características acordes con ellas”.

-“Aquel que en el mundo ha vivido en el bien actúa racional y sabiamente”.  

No podemos dejar de referirnos a nuestro gran pintor ingenuo y místico de Petare: Bárbaro Rivas (1893-1967). De él sabemos que el propósito de su creación era divulgativo. Bárbaro pintó su obra religiosa tomando los diferentes motivos de estampas que conseguía o le suministraban. Para él la imagen sagrada siempre permanecía en la estampa original, no en sus pinturas que sólo tenían un fin anunciador, como ya señalamos. Eso explica que muchas veces el artista saliera a la calle mostrando algunos de sus cuadros recién pintados, sorprendiendo a cualquiera de los transeúntes del poblado, conminándolo a ver la obra diciendo: “Para que después no digan que no lo vieron y no lo puedan negar”.

Con igual sentido, las referencias a Swedenborg y a los extractos de su libro que arriba incluimos tienen el propósito de hacerlos del conocimiento de los máximos líderes que hoy nos gobiernan de espalda al bienestar común. Con ello cumplimos con el mismo propósito de nuestro admirado Bárbaro: para que después no digan que no lo sabían.