• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Para Rayma y los caricaturistas venezolanos

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

(El texto que sigue a continuación es un resumen de la sección introductoria de mi libro Zapata y la caricatura: Un ejercicio de libertad, que, Dios mediante, será publicado el próximo año, cuando se celebran cincuenta años de la incorporación de Pedro León Zapata al diario El Nacional. Aunque referido a Pedro León, alude también a los caricaturistas que ejercen su oficio en países sometidos a regímenes autoritarios y la censura).

Es dudoso que las obras de arte tengan eficacia política. Cuando así sucede, alguna vez, se trata en general de algo periférico. El señalamiento anterior es del filósofo y musicólogo alemán Theodor Adorno (1903-1968). El caso es que esa situación periférica o excepcional de la que habla dicho autor se dio curiosamente en Venezuela, en el mes de octubre del año 2000, específicamente, el jueves 19 de octubre del citado año.

Ese día, Pedro León Zapata cumplió con su rutina de siempre: se levantó temprano, empezó la mañana saboreando una taza humeante de café recién hecho y leyó la prensa. Ese ha sido su ritual para despejar el sueño y buscar el tema de la caricatura que viene realizando diariamente para su publicación en El Nacional. Los periódicos que tenía frente a sí recogían, ya como algo cotidiano, las invectivas que el presidente de la república, Hugo Chávez Frías, lanzaba a diestra y siniestra contra miembros de la oposición y contra aquel o aquellos sectores de la sociedad que osaban contrariarlo. Ese talante autoritario y mandón, propio de su condición militar, llevaron inevitablemente al artista a pensar en uno de los símbolos más característicos de esa profesión: la espada. De inmediato su mente se iluminó al rememorar una de las leyes formuladas por Henri Bergson (1859-1941) en su libro sobre la risa: “Nos reímos siempre que una persona nos da la impresión de una cosa”.

Sin poderlo evitarlo, una sonrisa se extendió en sus labios; tomó un lápiz y dejó correr sobre una hoja blanca de papel sus trazos desenvueltos que de inmediato perfilaron una espada, cuya empuñadura remataba con una diminuta cabeza de perfil. A todo lo largo del arma –devenida en parlanchina–, escribió el siguiente texto de corte militar: “A mí la sociedad civil me gusta firme y a discreción”. El caricaturista escribió su apellido al pie del dibujo, y procedió a enviarlo al periódico.

Al día siguiente, viernes 20 de octubre, la humorística imagen alegró el rostro de los lectores de El Nacional, salvo uno de ellos: el presidente, que contrariando su lema “águila no caza moscas”, la noche de ese mismo día, en cadena nacional de radio y televisión, y desde la isla de Margarita, con su intolerancia habitual, hizo referencia al “Zapatazo” de Zapata. Con el claro propósito de cuestionar la buena imagen del artista –desvalorizándola, disminuyéndola y ofendiéndola–, le hizo la siguiente pregunta: “Pedro León, ¿cuánto te pagan por eso?”.

Chávez ratificaba así su mentalidad cuartelera, propia de las castas militares. Fernando Mires reflexionó sobre esta tipología en los términos siguientes: “El dictador suele dominar muy bien el idioma de la barbarie, puesto que tanto por su condición cultural como por su condición militar es, él mismo, un bárbaro. Así se explica que el proyecto de cada dictador es destruir las relaciones políticas que reglan la vida de cada nación, imponiendo su cultura, que no es otra que la militar. El ideal de cada dictador no es la vida política sino la vida cuartelera. La sociedad es para él un gran cuartel y el dictador imagina ser su gran comandante. Su lenguaje será siempre militarista. Su proyecto final, que es el de militarizar a la nación, comienza con la militarización de sus propias huestes, y eso pasa por la conversión de las masas en tropas. La tropa más que la masa corresponde con el ideal del cuartelero convertido en dictador” (Democracia o barbarie).

Como era de esperarse, la respuesta del caricaturista fue bien meditada y apareció, como un cañonazo cargado de burla, en la edición de El Nacional del lunes 30 de octubre: la cara sorprendida de un personaje del pueblo le preguntaba a Chávez “… Y hablando como los locos, Hugo Rafael, ¿cuánto te pagó Zapata por ese propagandón?”. El artista le devuelve así la pelota al presidente, bajándolo de su pedestal y mofándose de él. No es difícil imaginar sonrisas y carcajadas a granel de los lectores del periódico de ese día. Se cumplía de ese modo la máxima de que la risa es ante todo una corrección: hecha para humillar, produce una impresión penosa en la persona sobre quien actúa, castigando sus faltas del mismo modo que la enfermedad castiga ciertos excesos.

El episodio anterior tiene de suyo varias connotaciones adicionales. Por un lado, ratifica de manera elocuente lo afirmado por William Davis (1933), periodista alemán que fue designado director de la emblemática revista satírica Punch, en 1968: “(…) No cabe duda de que en los países comunistas, y en cualquier régimen dictatorial, por lo general, se recela del humor político. Saben que su sistema tiende a provocar actitudes a menudo contradictorias y absurdas, y se dan cuenta de lo efectivo que puede ser el humorista a la hora de delatar eso. La capacidad y la buena voluntad para tolerar el humorismo es una señal de confianza en sí mismo, y las naciones que tienen confianza en su sistema siempre son más tolerantes que las que no tienen esa confianza”.

Por otra parte, avala lo señalado con particular agudeza por Bergson: “Las frases profundamente cómicas son esas frases ingenuas en las que un vicio se muestra al descubierto” (La risa). Y finalmente, ratifica la especie de que Zapata es el mejor caricaturista de Venezuela: un aserto que partió de Aquiles Nazoa cuando escribió sin tapujos que “Pedro León Zapata, para nuestro gusto, el más grande humorista gráfico de Venezuela en todos los tiempos, y actualmente el más interesante de todo el orbe hispánico”.

 

@EddyReyesT

eddyreyes2007@gmail.com