• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Marisol Escobar: crónica de una visita

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(El pasado 30 de abril falleció Marisol Escobar (1930-2016), gran artista plástica venezolana. Tuve la suerte de conocerla y reunirme varias veces con ella, en Caracas y Nueva York, a raíz de la pieza escultórica que le encargó el Banco Central de Venezuela para los espacios de la plaza Juan Pedro López, que fue edificada por el instituto emisor. La presente crónica, escrita en junio de 1999 y una de las siete que redacté sobre nuestras conversaciones, registra uno de esos encuentros en su apartamento y taller. De esta manera rindo un sentido homenaje a esa gran mujer).

 

A finales del mes de mayo de 1999, después de más de un año de trabajo intenso, me tomé unas cortas vacaciones en compañía de mi esposa. Primero viajamos a Fort Lauderdale, donde estuvimos pocos días, y luego seguimos rumbo a Nueva York, ciudad de múltiples atractivos, a la que teníamos más de dos años sin ir. Nos hospedamos en el Hotel St. Moritz, excelentemente ubicado en la calle 59, justo al frente del Central Park. Nada más al cruzar la calle se topa uno con la venezonalidad, representada por una estatua ecuestre de Simón Bolívar.

La primera vez que visité a la Gran Manzana, en 1975, me desagradó enormemente. La sentí entonces impersonal e inhóspita. No fue sino varios años después, cuando me tocó visitarla con asiduidad por razones de trabajo, que empecé a apreciar su encanto como centro cultural mundial y gastronómico. Desde entonces la tengo como una de las grandes ciudades del mundo, a la que no me cansaré de regresar.

Una vez instalados en la habitación del hotel, llamé por teléfono a Marisol Escobar. Antes de salir de Caracas le informé de mi viaje y del interés en visitarla para evaluar el proceso de ejecución de la obra que le encargamos. Acordamos reunirnos el sábado 5 de junio, en horas de la tarde. El día convenido, mi esposa y yo disfrutamos un suculento brunch, en un acogedor local ubicado a tres cuadras del hotel. Luego, para poner a tono nuestros cuerpos y a fin de hacer tiempo, caminamos un buen rato por los lados del Upper East Side.

A las 3:30 p.m. tomamos un taxi que nos llevó hasta el apartamento de Marisol. La zona estaba poco transitada de carros y personas. La mayoría de las edificaciones del lugar son de vieja data y por sus características exteriores deduje que en algunas de ellas funcionaron, y en otras aun funcionan, pequeñas fábricas y depósitos. La propia artista me confirmó más tarde que en su edificio operó una fábrica en el pasado. “Hace ya varios años –me dijocompré un piso completo y medio de otro, abajo. Entonces la zona no era residencial y pagué mucho menos de lo que vale hoy. Los edificios se han ido transformado en viviendas, con el paso de los años, y cada vez son menos las fábricas”.

Ya frente a su edificio, toqué el intercomunicador. Como respuesta, un zumbido eléctrico entreabrió la puerta de seguridad. Una vez adentro llamé el ascensor y al entrar en él observé que era de los que se utilizan para carga. La puerta metálica de la amplia cabina se abrió en el piso indicado y allí parada, justo frente a nosotros, la menuda figura de Marisol con sus grandes ojos chispeantes nos saludó con la más amable de las sonrisas. El espacio al que llegamos funcionaba como vivienda, depósito y taller.

Diseminadas en todo el amplio lugar se encontraban algunas obras en proceso de ejecución y otras ya concluidas. Varias de las esculturas eran figuras en madera de indios americanos. Me detuve por unos minutos contemplando las diferentes piezas, todas de singular hermosura. Súbitamente, una enorme pared falsa, al fondo, atrajo con fuerza mi mirada. Vi dibujado, en toda su magnificencia, el boceto de la obra que ejecutaría para el Banco Central. Hacia allí encaminé entonces mis pasos. Mi esposa y Marisol me siguieron. El boceto era de gran dimensión (300 x 200 cm., aproximadamente) y reproducía libremente, a mayor escala, una de las piezas más emblemáticas de Juan Pedro López: Nuestra Señora de Caracas.

López pintó su obra en un lienzo encolado sobre una tabla de madera de cedro, entre 1775 y 1785, siendo sus dimensiones de 68 x 49 cm. La pieza pertenece a la colección del antiguo Concejo Municipal de Caracas. La composición está dividida en dos planos, claramente separados por una franja de luz horizontal, que mantiene vinculación por la unión sugerida en el eje vertical donde resalta la torre del campanario de la Catedral. Esta fórmula compositiva simboliza la cruz. En el plano inferior se ve una vista aérea del casco central de la villa de Caracas, tomada desde el cerro del Calvario, en la que destacan la Plaza Mayor (hoy plaza Bolívar) y la Catedral, en su eje central, como ya señalamos. En la parte superior, que representa lo celestial, se observa a la Virgen María como nuestra Señora de Caracas, sentada sobre una nube, rodeada de ángeles y los patronos protectores de la ciudad (San Rafael, Médico Divino, protector y curador de enfermedades; Santa Ana, patrona de la Catedral; Santiago Apóstol, patrono de la ciudad desde su fundación; Santa Rosa de Lima, titular del seminario desde 1673; Santa Rosalía de Palermo, abogada contra la peste que asoló a Caracas). Carlos F. Duarte escribió un libro acerca del pintor colonial (Juan Pedro López. Maestro de pintor, escultor y dorador. 1724-1787) que fue editado por la Galería de Arte Nacional y la Fundación Polar en 1966. Allí se encuentra una información interesantísima acerca del cuadro que después realizó Marisol en relieve.

Al frente del enorme boceto, Marisol colocó la figura de Juan Pedro López, a escala humana (1,80 m. de altura), dibujado sobre una tabla de madera. El pintor colonial está con su brazo derecho extendido hacia el cuadro y con el gesto de dar un toque de pintura al lienzo con el largo pincel que sostiene en su mano. Me gustó mucho la concepción de la pieza y así se lo hago saber a la artista que, como respuesta, me dice: “Salvo algún cambio por razones técnicas, esta será la dimensión que tendrá la escultura”.

Mientras hablamos, Marisol nos conduce a un espacio contiguo que funciona como vivienda. Unos enormes ventanales dejaban ver, en todo su esplendor, un buen trayecto del río Delaware y, al otro lado de la orilla, la ciudad de Nueva Jersey. La vista era placentera a esa hora de la tarde. El mobiliario era modesto con detalles en los que se deja ver la personalidad artística de la dueña. Uno de esos toques lo da una enorme muñeca sentada en uno de los muebles, que me recuerdan a las de Armando Reverón. Para no molestar al inanimado personaje en su perenne cavilar, preferimos sentarnos alrededor de la mesa del comedor, mientras conversamos acerca de la elaboración y fundición de la obra que encargamos. El proceso es arduo y meticuloso –me dice Marisol– por lo que se vio en la necesidad de alquilar un apartamento por seis meses, cerca del lugar donde está el taller de fundición.

En el curso de la informal conversación que tuvimos, me contó algunas anécdotas dignas de ser recogidas en esta crónica.

Con ocasión de la visita de los reyes de España a Venezuela, el Concejo Municipal de Petare le encargó realizar una escultura de la reina Isabel la Católica para ser ubicada en la plaza La Castellana. Una vez hecho el molde se la rechazaron porque la pieza no gustó a los que ordenaron hacerla. Por otra fuente se enteró que el dinero originalmente presupuestado se utilizó en otros propósitos. Marisol resolvió entonces fundir la obra a sus expensas. Se hicieron dos piezas. Una la adquirió el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber y la otra la compró el industrial y mecenas Hans Neumann. Sin embargo, el precio que este último pagó, me cuenta la artista, terminó siendo un veinte por ciento del que ella cobraba en dólares, porque aceptó que le pagaran en bolívares y la cancelación se realizó en el curso de los cuatro años siguientes. “Muchas veces pasé por su oficina y unas pocas me dejaba parte del dinero con su secretaria” –recuerda con una sonrisa en los labios y sin un ápice de rencor.

Otro episodio tiene que ver con los Cisneros. Compraron una obra suya en Nueva York y la invitaron luego para que fuera a verla. La visita fue un shock para ella: “Cuando entré al apartamento que ocupan aquí casi me muero de la rabia. La pieza que adquirieron está hecha en madera vieja, natural, de esas que tomo en las calles de la ciudad como desecho luego que derrumban edificios viejos. Pues bien, ellos decidieron ponerle una capa de barniz con el propósito de darle brillo y apariencia de limpia. Me sentí ofendidísima y les reclamé violentamente el acto salvaje que cometieron con mi obra”. Hizo el comentario con la molestia aún presente en el recuerdo.

No dejó de sorprenderme lo que dijo, toda vez que los Cisneros tienen una gran colección de arte y cuentan con muchos asesores profesionales que trabajan permanentemente para ellos.

Cuando conversamos acerca de la galería que la representa (Marlborough), me manifestó que, aunque tiene una sucursal en Londres, nunca le han hecho una muestra en Inglaterra. Y agregó: “Mi mercado se concentra a Nueva York, el resto de Estados Unidos, Japón y Venezuela. Soy poco conocida en el resto de Latinoamérica”. Al decir eso me dejó perplejo pues se trata de una artista ampliamente reconocida por la crítica internacional.

Hacia el final de nuestra conversación le pregunté acerca de sus relaciones con grandes figuras del arte norteamericano, tales como Rauschenberg, Jasper Johns y Rontko, y su respuesta fue ácida y lacónica con los dos primeros. No quiso ahondar en mayores comentarios.

Mucho tiempo después de esta visita leí una declaración de la artista en la que destacaba que no invita a nadie a su taller porque allí estaba su centro energético y sentía que quien invadiera ese espacio le robaba su energía. Me sentí afortunado de haber sido recibido cariñosamente por ella en tan sagrado lugar.