• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

¿Qué tiene Maduro en la cabeza?

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El país no deja de avanzar como tren descarrilado. El territorio nacional es un inmenso descalabro y un generalizado desorden. La inseguridad domeña a la población; las protestas y saqueos se multiplican cada día, en toda nuestra geografía, ante las propias narices de los diferentes cuerpos de seguridad; los enfermos se están muriendo por falta de medicinas; la imposibilidad de conseguir repelentes o plaquitas contra zancudos y mosquitos nos convierten en presas fáciles de la fiebre chikungunya o el zika; los productos más básicos brillan por su ausencia en los anaqueles de los abastos y supermercados; los niños de los sectores más pobres apenas están siendo alimentados y se cuentan por cientos de miles los venezolanos que procuran algo de comida escarbando en la basura; las empresas cierran por falta de insumos importados y las presiones arbitrarias del gobierno, aumentando así el desempleo a pasos agigantados; la inflación desaforada pone a temblar nuestra capacidad de compra; y los consultorios de psicólogos y psiquiatras están abarrotados de pacientes con los nervios a punto de colapso.

Ante ese dantesco panorama, los ojos del mundo entero dirigen la mirada hacia Venezuela. La reacción desvergonzada de los voceros del establishment se limita a leer una cartilla borrosa donde abundan los lugares comunes (guerra económica, inflación inducida, burguesía apátrida, traidores a la patria, etc., etc., y etc.), que nadie asimila ni mucho menos comparte.

Bien alimentado y protegido por sus muchos círculos de seguridad, Nicolás Maduro observa atento, sin inmutarse, el espectáculo que le ofrece el país. Allí ve cosas que afectan a otros pero no a él ni a su entorno más cercano. Tiene consciencia de que todo cambiaría, como por arte de magia, si los precios del petróleo vuelven a subir. Él sabe, sin embargo, que en el horizonte más inmediato eso es una improbabilidad.

Esa realidad explica que su escritorio en el despacho presidencial está lleno de informes y memorandas donde le recomiendan adoptar medidas de liberalización de los diferentes mercados, mas está plenamente convencido de que tal curso de acción sería una estocada mortal a su ortodoxia comunista. Por ello las decisiones que toma su equipo económico se hacen con disimulo, a la calladita: los empresarios y fabricantes aumentan los precios y el gobierno se limita a mirar para otro lado. La mayor certeza es que si se realiza el revocatorio, a finales de este año, o las elecciones presidenciales, en diciembre de 2018, las perderá por paliza. Ese hecho, precisamente, lo ha llevado al convencimiento de que lo mejor que le puede suceder para salvar su imagen histórica es que lo desplacen del poder por la vía de un golpe de Estado. Por lo menos así estará en condiciones de vender la tesis de que todo fue un complot urdido por Estados Unidos, Arabia Saudita y la derecha mundial.

Ni siquiera su gran amigo, José “Pepe” Mujica, ex presidente de Uruguay, quien hace poco le endilgó que “estaba más loco que una cabra”, ha podido entender la estrategia complementaria que surgió de su concienzuda meditación y la atenta lectura del clásico manual De la guerra de Karl von Clausewitz. Lo que realmente importa es que el acto estratégico enlace directamente con el táctico, esto es: permitir a futuro una real recuperación del PSUV y los grupos deshilachados de izquierda que todavía le acompañan.

Por ahí van los tiros de tantos devaneos, aunque al final, como señala Heráclito: “Hay un mundo uno y común para los que están despiertos, pero el que duerme se reduce a un mundo propio” (Fragmentos, 89). O dicho en palabras de Horacio, extraídas de Arte poética: “Como sueños de un enfermo se forjan alucinaciones”.