• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

López y su camino a Roma

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No conozco a Leopoldo López ni tampoco estoy vinculado a su partido. Pero como él, soy un demócrata liberal en su sentido político original y no en su tergiversación económica. A diferencia suya, mi lucha la llevo a cabo por otro rumbo: escribiendo estudios biográficos de destacados venezolanos del mundo civil cuyos aportes culturales y relevancia histórica serán mejor valorados con el discurrir de los años, a diferencia del triste legado que dejará el actual “proceso revolucionario”.

Soy pues uno más de esos venezolanos que, sin vinculación partidista alguna, participa disciplinadamente en la tenaz contienda que lleva a cabo el sector opositor de nuestro país para reconducir la actual estructura política por los cauces de la democracia verdadera, en la que el respeto de la ley, la separación de poderes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial)y el libre ejercicio de los derechos y libertades fundamentales, en especial, el derecho y la libertad de opinar, sea lo que impere.

Como cualquier otro miembro de la ahora mayoría opositora, he tenido mis opiniones personales con respecto a las diferentes posiciones que han asumido los líderes en las distintas coyunturas de nuestro accidentado acontecer. Así, no estuve de acuerdo con la decisión que se adoptó de no participar en las elecciones parlamentarias que fueron convocadas para el mes de diciembre de 2005. Después de las derrotas sufridas en el referendo revocatorio y la elección de gobernadores, el desánimo cundió entre la masa opositora. Una gran mayoría consideraba que se le había birlado la victoria en el referendo, razón por la cual no tenía sentido servir de comparsa en una nueva contienda en la que la transparencia estaba seriamente cuestionada. A lo anterior se agregaba las acusaciones de fraude realizadas por los ex gobernadores de los estados Carabobo y Yaracuy con respecto a las elecciones realizadas en sus propias entidades en el mes de octubre.
Esos últimos hechos ahondaron aún más el sentimiento de duda en los electores. La presión sobre los partidos y sus líderes fue entonces enorme, y eso los condujo a adoptar la decisión de retirarse de la contienda. Se pensaba que con tal acto el gobierno perdería legitimidad ante el mundo. Pero en verdad la acción estuvo más marcada por la pasión que por la razón política y no midió debidamente sus implicaciones fácticas: la pérdida de toda representación en el Poder Legislativo. A pesar de mi desacuerdo, me abstuve de votar.

A diferencia de lo anterior, compartí plenamente el llamado que hizo Henrique Capriles de no movilizar a la población cuando los resultados de las pasadas elecciones presidenciales dejaron un amargo sabor de fraude en el ambiente, lo cual llevó al candidato opositor a pedir que se abrieran las cajas y todos los votos se recontaran. En ese momento crucial corríamos el riesgo de repetir el drama del 11 de Abril. Sin embargo, fueron muchos los opositores que cuestionaron a Capriles por su proceder.

Más recientemente, no estuve de acuerdo con el llamado que hizo Leopoldo a la ciudadanía a salir masivamente a la calle para presionar un cambio de gobierno que concluyó en generalizadas protestas a lo largo y ancho del país y su posterior detención y enjuiciamiento. Sin embargo, respeto su decisión, así como las de quienes la compartieron y hasta acompañaron. Es más, debo reconocer que, gracias a su acción y la de los estudiantes, el mundo entero conoció testimonios irrefutables del carácter represivo del gobierno lo cual constituye un logro importante.

Todo debate o discusión democrática debe partir del principio de que hay más de un camino a seguir y que, cualquiera sea la decisión que se adopte, bien de forma unánime o por simple mayoría, el éxito es siempre una contingencia. Es el mismo riesgo que asumimos día a día, cuando debemos decidir sobre el rumbo a seguir con respecto a nuestras propias vidas.

La democracia se apoya en el disenso. Por eso creo que la oposición, en general, transmite un mal ejemplo cuando grupos divergentes dentro de ella condenan sin más a los que tienen posiciones diferentes a las propias. No podemos perder de vista que nuestra lucha también tiene que ser a favor de toda minoría –sea esta independiente, partidaria del gobierno o de la oposición– a la que se niegue el derecho a que se analicen y discutan sus opiniones o pareceres, aunque no sean de nuestro agrado. Hay que rechazar el autoritarismo y el pensamiento, único venga de donde venga. En un sistema verdaderamente democrático la tolerancia es la virtud social más elevada y ella siempre se refiere a personas diferentes de uno mismo. Por eso, aunque no haya compartido la posición de López, su lucha es también la mía y tengo el deber moral de apoyarla, más aún cuando su encarcelamiento es fruto de una aberración judicial. No olvidemos que al final todos los caminos conducen a Roma.


eddyreyes2007@gmail.com

2 de agosto de 2014