• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

Importancia de Bárbaro Rivas en la pintura venezolana

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El pasado 4 de diciembre se cumplieron 121 años del nacimiento de esa excepcional figura del arte venezolano que es Bárbaro Rivas (1893-1967). Con gran tino, Galería Odalys inauguró el domingo 7 de diciembre la muestra Bárbaro Rivas: natural y trascendente, que contó con la curaduría de Francisco Da Antonio. En el bello catálogo editado para la ocasión, se incluyen tres textos suscritos por Da Antonio, María Magdalena Ziegler y Luis Pérez Oramas, y se publican a todo color las imágenes de las 25 obras expuestas. Se trata, sin duda, de un acontecimiento singular que merece nuestro aplauso.

Lo que más asombra en Bárbaro es el hecho de que, sin formación académica alguna, desde su analfabetismo secular, haya logrado realizar una obra pictórica que se inserta perfectamente dentro de la modernidad de nuestras artes plásticas, con un hilo conductor que lo conecta al viejo mundo, como heredero directo del arte paleocristiano (arte cristiano primitivo hasta el siglo VI), del bizantino y del barroco, y lo regresa a nuestra especificidad cultural latinoamericana claramente antecedido por el arte colonial de estas tierras. Que un artista culto de nuestro medio, impregnado a cabalidad de toda esa historia que corre por nuestras venas, hubiese realizado una obra plástica con tales antecedentes y con el claro propósito de reafirmar nuestro particular destino americano, sería solo por ello motivo de histórico reconocimiento. Pero que eso mismo haya sido alcanzado por designio del más patente misterio, a través de un personaje casi anodino, sin más apoyo que la pura fuerza de un espíritu pleno de la ebriedad del verdadero creyente, merece la clarinada de la eternidad.

Bárbaro siempre fue consciente, desde su apremiante inconsciencia, de la legítima necesidad y conveniencia de usar los episodios del Viejo y Nuevo Testamento para la propagación de la fe católica. En eso fue fiel cumplidor de los mandatos derivados del Concilio de Trento (1563), en lo que respecta a la (entonces) nueva política de la Iglesia en relación con la utilización de las imágenes religiosas como objeto de culto. Muy lejos estuvo de saber que, según el historiador Joaquín Castedo, entre 1779 y 1787 se embarcaron para Sevilla, por la vía de Puerto de Guayaquil, nada menos que 270 cajones de esculturas y pinturas quiteñas (véase Von Dangel, Miguel, El pensamiento de la imagen y otros ensayos, Epsilon Libros, Caracas, 1997, p. 34). A pesar del desconocimiento de ambos hechos históricos, su actuación guarda tan extraña correspondencia con tales acontecimientos que solo se puede explicar como gracia divina. Es por eso que no nos debe sorprender entonces que el mensaje ecuménico contenido en sus creaciones se estructure a partir del entorno que le es inmediato. Los personajes, el paisaje y hasta los hechos más antiguos que pinta son concebidos a partir de lo que ve o ha visto en vida. Todo se ajusta a esa especificidad. Y en ello hay la necesidad de reafirmar su presente pero respetando siempre la carga del pasado histórico, bíblico o mítico. El pasado y el presente se unen en su creación plástica sin desconocerse, ratificando la importancia e interacción de ambos tiempos como simples partes de la permanente evolución.

Hay que añadir a lo anterior la libertad con que ejecutó sus pinturas, hermanándose sin saberlo al expresionismo y a los cultores del collage, para tener clara dimensión de la grandeza de su creación. Vale acá recordar que Pablo Ruiz Picasso dijo una vez que tuvo que desaprender todo lo que había recibido de su educación plástica formal a fin de poder pintar como un niño. Bárbaro Rivas consiguió lo mismo pero de manera más natural. Gracias a la espontaneidad que se nutría de su saber elemental no tuvo inconveniente para desestimar las reglas formales de la composición. Así, trastocó la visión lógica o natural del objeto pintado de forma tal que lo que es frontal se vea desde una perspectiva aérea. Fue osado al armonizar el empleo de los colores. Logró alcanzar la belleza a pesar de las deformaciones de sus figuras. Y, en general, realizó un trabajo rebosante de originalidad en el que los personajes son disformes –como acabamos de apuntar– y la arquitectura que lo rodea, y el paisaje de fondo están concebidos en forma desquiciada. El resultado de esa mezcla de factores –y acá parafraseamos el comentario de un conocido filósofo francés al referirse a la obra de arte singular–, es una obra que se convierte en una estela de fuego salida de ella misma, alcanzándonos y alcanzando, más allá del espectador, la universalidad humana (Ricoeur, Paul, Crítica y convicción, Editorial Síntesis, Madrid, 2003, p. 244).

Podría decirse mucho más acerca de la importancia de su creación plástica o su figura mística pero nada igualaría la visión atenta de una sola de sus creaciones. La razón es sencilla: seríamos atrapados por la magia espiritual de un mensajero de la fe en esta tierra de gracia. Bárbaro Rivas merece un pendón como el de un antiguo emperador, en el que se inscriba para la eternidad la frase “In nomine Christi vincas semper” (“En el nombre de Cristo vencerás siempre”). No habría nada más que agregar.