• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

Fiesta en el barrio

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Para Eric, donde quiera que esté.

 

I

Ese día Eric se vistió con su mejor pinta. Pero antes de salir de su casa tuvo que confrontar a su mamá y sus abuelos. Los tres le cayeron encima y le pidieron que no fuera a los 15 años de Yuleicy. Las cosas en el barrio estaban muy complicadas con las guerras entre las distintas pandillas y los constantes robos y agresiones a los vecinos. Pero con sus 15 años ya cumplidos, se sentía inmune a todas esas desgracias que afectaban a los demás. “Hijo, no vayas; la calle nunca tiene cosas buenas; quédate aquí con nosotros, viendo la televisión”, le dijo su mamá, Helena. Con un sonsonete parecido, los abuelos también le dijeron lo propio. Pero él ya estaba decidido. Rosner, su pana y vecino, lo esperaba afuera y él no iba a arrugar para que todo el resto de la semana lo llamara “marica, huevón, pajúo”. Por eso le respondió a los suyos: “Déjense de esa pendejada, a mí no me va a pasar nada. Yo sé cómo defenderme de esos malandros y, además, los conozco a casi todos”. Cuando Eric cruzó la puerta, a Helena se le arrugó el corazón de una forma extraña. Nunca antes había experimentado una sensación similar en su pecho.

Afuera, en la calle, la noche envolvía todo con su calidez y las hojas de los árboles ni se movían. Eric y Rosner caminaron juntos, decididos y alegres, hacia su destino.

 

II

El papá de Yuleicy había sido policía varios años. Con habilidades y artimañas había logrado reunir unos buenos ahorros y decidió retirarse. Ahora se dedicaba a los negocios y le estaba yendo todavía mejor. Para el cumpleaños de su hija no había escatimado en gastos: botaría la casa por la ventana. Contrató a un grupo de salsa muy conocido en la zona y compró caña y pasapalo en abundancia. Además, tomó la previsión de contratar a un fornido vigilante, al que llaman Sansón, para que controlara el ingreso de extraños e indeseables. En una lista que le entregó al forzudo estaban anotados los nombres de los que podían ingresar a la fiesta. La única mención especial que le hizo fue la de no permitir el acceso, por ninguna circunstancia, de un joven: Eric. “Ese chamo tiene amenaza de muerte de la banda Los Alacranes y no voy a permitir que le agüen la fiesta a mi pequeña”, le comentó a Sansón. Por sus propios medios, este último averiguó los detalles de la culebra. El chamo y varios amigos presenciaron la última incursión de dos miembros de la pandilla en otra fiesta del barrio, y vieron cuando arremetieron contra un vecino que los miró mal, y sin mediar palabras le propinaron un tiro en la frente. Todos sin excepción corrieron en desbandada. La policía hizo sus averiguaciones y obligaron a declarar a una veintena de los presentes en el hecho. Sin embargo, corrió el rumor de que Eric había hablado de más. Poco después, tres integrantes del grupo lo entromparon y le preguntaron qué había dicho en la policía. Él negó haber mencionado a ninguno de Los Alacranes, pero le exigieron que les diera una copia de su declaración. Dejó pasar los días y las semanas, y no hizo nada.

 

III

A poca distancia de la casa de la cumpleañera, Eric y Rosner se encontraron con La Gata, una chama que estuvo empatada con un integrante de Los Alacranes. Ella estaba a la espera de una compañera pero decidió no aguardar más. Juntos continuaron la marcha. Cuando llegaron a la casa de Yuleicy observaron a varios grupos de personas que hablaban distendidamente. La mayoría fumaba y bebía cerveza. Adentro, las parejas de muchachos bailaban animadamente. Cuando se dispusieron a entrar, Sansón los detuvo en seco y les pidió sus nombres. Al escucharlos, sin necesidad de revisar la lista, le dijo a Eric: “Tú no puedes entrar, la dama y el joven sí”. Los dos muchachos se alebrestaron y empezaron a reclamarle al portero, y a exigirle que llamara a Yuleicy. La Gata tomó a ambos por el brazo y se retiró con ellos a un lado. La música alegre contagiaba buen ánimo a los presentes, menos a Eric y a su amigo Rosner. Eric no oía razones y a voz en cuello decía que entraría como sea. Después de tranquilizarlo, La Gata propuso ir a otra  fiesta que se celebraba en la parte alta del barrio. “Ahí se paga veinte bolos pa’ entrá pero les aseguro que esa rumba va a está mejor que esta vaina”, les dijo. No fue difícil convencerlos y hacia allá enrumbaron sus pasos. Por el camino compraron una botella de anís para entrar en calor.

 

IV

Las fiestas del barrio son contagiosas y rápidamente hacen olvidar los malos ratos. En esta ocasión no fue la excepción. Sin embargo, cuando mejor la pasaban, se les acabó la “gasolina”. Ya no tenían nada qué beber. La Gata les manifestó entonces que sabía de un lugar cercano donde podría comprar otra botella de anís. Entre los tres reunieron el dinero necesario y La Gata fue por el encargo. Mas los minutos transcurrieron y la amiga no aparecía. Decidieron ir en su búsqueda. Por igual, la madrugada y el fresco avanzaban incólumes.

Eric y Rosner caminaban de buen ánimo hasta que se encontraron de frente con siete miembros de Los Alacranes. Los hombres se le fueron encima y los sujetaron fuertemente por los brazos. Uno de ellos blandía una escopeta. Los condujeron hasta una zona apartada y, sin mediar palabras, tres de los malandros comenzaron a golpear a Eric que –instintivamente y como pudo– trató de defenderse. Lanzó varias manotadas que con reciura llegaron a su destino. Eso enardeció más a los agresores que inevitablemente comenzaron a imponerse. Cuando ya la fuerza se escapaba de su cuerpo, Eric logró agarrar una piedra y con ella impactó la cara de uno de sus atacantes. Dos segundos después, Rosner vio horrorizado cómo el que tenía la escopeta, ubicado en ese momento a la espalda de Eric, dirigió el cañón del arma a la nuca de su amigo y descargo una lluvia de perdigones que lo impactaron mortalmente. El que recibió el peñascazo, le quitó el arma a su compañero y la descargó esta vez en la parte genital de la humanidad inerte del joven que yacía en tierra, en un charco de sangre.

La ira de Los Alacranes se concentró entonces sobre Rosner, quien optó por no defenderse. Varios impactos en ambas piernas le dejaron oír el singular sonido de la madera cuando se parte y ya no pudo mantener erguido su cuerpo. Fue a dar al suelo y los golpes y patadas se avinieron sobre él. Ya su consciencia era lumbre que se apagaba cuando el estruendo de otro escopetazo le alcanzó su brazo derecho, dejándole un corto muñón sanguinolento debajo de su hombro. Solo atino a ver la tenue luz de un lucero en el cielo en el preciso momento en que el último aliento de vida lo empujó por la boca de un túnel oscuro e infinito.

(El hecho anterior no es mera ficción. Lo conocí directamente de un familiar de Eric, que es el único nombre verdadero de una historia que, el día de Corpus Christi de 2015, solo alcanzó el simple rango de magra noticia y fría estadística en tiempos de revolución).

 

@EddyReyesT