• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Destruir para ser recordado

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El pasado mes de marzo, el mundo noticioso fue impactado por el accidente aéreo del Airbus A320 de la línea Germanwings, en los Alpes franceses, con 149 personas en su interior. Con el correr de las horas, todos fuimos estremecidos al enterarnos de que el hecho se produjo de forma deliberada por la suicida acción del copiloto de la nave, Andreas Lubitz. La ex novia del desquiciado personaje declaró a la prensa que él le había hecho un significativo presagio: “Todo el mundo sabrá mi nombre y lo recordará”.

Como acontecimiento extraordinario, nos encontramos frente a una conducta que no es nueva bajo el sol. La más emblemática y antigua que se recuerda se produjo en Éfeso, Turquía, en el año 350 a. C., y tuvo que ver con Artemisa o Ártemis, la diosa cazadora virgen, hermana gemela de Apolo e hija de la relación entre Zeus y la titán Leto. Ella fue el producto de la asimilación de deidades prehelénicas y cretenses anteriores, lo que contribuyó a que a su imagen se le dieran atributos diversos. Por eso era tenida por virgen y defensora de la pureza, protectora de las parturientas y asociada a ritos de la fecundidad. También encarnaba las fuerzas de la naturaleza y era diosa tutelar de los animales salvajes y las fuerzas de la vegetación. Su iconografía era diversa. Originalmente, su modelo se ajusta a las denominadas diosas madres, presentándosele con numerosos pechos como símbolo de la fecundidad. En la Grecia clásica se le representó con una corta túnica, portando un arco y rodeada de una jauría de perros cazadores. Posteriormente, a Roma pasó como la diosa Diana.

Lo cierto es que Artemisa era tenida como una diosa indomable, que no solo daba la vida, sino que también la quitaba. Por ese motivo, en su honor y para apaciguarla, el rey Creso de Lidia mandó erigir el templo de Artemisa en Éfeso. El templo fue construido alrededor del año 550 antes de Cristo. Según Plinio el Viejo (25 o 24-79 d. C.), la majestuosa edificación estaba realizada principalmente en mármol y tenía 115 metros de largo por 55 metros de ancho; constaba de 127 columnas, cada una de 18 metros de alto. En el interior de este santuario se hallaba la estatua de Artemisa, la cual tenía 2 metros de altura y estaba tallada en madera de vid, revestida con plata y oro. De inmediato, el templo se convirtió en atracción turística, siendo visitado por personas de todas las clases y diferentes confines, que pagaban tributo a la diosa en forma de joyas y otros bienes. Su esplendor también atrajo adoradores que formaron el culto de Artemisa. La fama que alcanzó fue tal que llegó a ser considerado como una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo.

Pues bien, Eróstrato, una figura anodina del lugar, con el único propósito de alcanzar la fama a cualquier precio, tomó la decisión de incendiar y destruir el más bello edificio de la Antigüedad, el año 356 a. C. Y aunque los efesios trataron de que su nombre no fuera recordado, llegando incluso a prohibir, bajo pena de muerte, que se le mencionase, la identidad del malévolo personaje trascendió gracias a la mención que de él hicieron Teopompo y Estrabón, ambos historiadores griegos.

La acción que llevó a cabo Eróstrato ha tenido eco en la modernidad. Por un lado, en el ambiente académico de la psicología se denomina “complejo de Eróstrato” el trastorno según el cual el individuo busca sobresalir, distinguirse, ser el centro de atención. Por el otro, el nombre del personaje de marras ha pasado a las lenguas modernas. De allí que en el Diccionario de la lengua española se incluyó el término “erostratismo”, con el significado de “manía que lleva a cometer actos delictivos para conseguir renombre”.

Ese afán de destruir para alcanzar la gloria no es desconocido a los venezolanos. Lope de Aguirre y el taita Boves en sus respectivos tiempos fueron representación fiel del personaje. Años después, los desmanes de la Guerra Federal fueron también la expresión del mismo espíritu devastador. Adentrados ya en el siglo XX, la cofradía de los dictadores, con sus aberrantes acciones criminales, rindieron culto al diabólico personaje. Y a poco de despuntar el siglo XXI, y hasta el momento en que avanza el año 2015, la sinrazón la ha llevado a cabo la mal denominada “revolución bonita”, ejecutando un erostratismo de nuevo cuño que hunde al país en el desespero absoluto.

Soberbia, incompetencia, envidia, discordia y avaricia son las cinco chispas que inflaman su razón de ser y explican su arbitrario proceder. Es así como podemos entender el terrible drama que viven miles de estudiantes venezolanos y sus familiares en el exterior tras la decisión del gobierno de no remesar los dólares requeridos para pagar sus matrículas y gastos de manutención. El artículo que sobre este drama escribió Leonardo Padrón en El Nacional del pasado domingo, titulado “Olvidados”, le ponen los pelos de punta a cualquiera.

Con igual dramatismo leímos la entrevista que la periodista Elizabeth Araujo, del ahora semanario Tal Cual, le hizo al doctor Amadeo Leyba sobre la salud pública en Venezuela. El ilustre galeno, que por más de 40 años ha ejercido como médico pediatra y profesor universitario, y que en la actualidad preside la junta directiva del Hospital de Clínicas Caracas y, además, presta servicios en el Hospital de Niños J. M. de los Ríos, confiesa: “Salgo destrozado, sin comprender cómo, con tantos años en el oficio, me afecta ver a niños a quienes no se les puede realizar examen de heces o tratarles una dolencia abdominal, porque no hay equipos, ni medicamentos”. Para terminarnos de hundir en la desesperanza también señala: “…En este escenario convergen tres factores que conforman una tormenta perfecta: no hay un proyecto a mediano y largo plazo; existe una fuga jamás vista del personal profesional (médicos, enfermeras, técnicos, etc.), hacia otros países; y se está registrando un alarmante desabastecimiento de equipos e insumos con un gran deterioro de la estructura física hospitalaria, aunado a una baja en la prevención (hoy no tenemos vacuna contra la lechina)”.

En el anterior contexto, que también afecta todos los demás órdenes de nuestras vidas, Maduro autoriza una campaña millonaria por prensa, radio y televisión, en el país y el exterior, para recoger poco más de 10 millones de firmas chimbas contra el decreto del presidente Obama; y viaja con una enorme comitiva a la Cumbre de Panamá. Los costos de ambas acciones bien habrían podido ayudara varios miles de estudiantes y enfermos venezolanos. Su desparpajo resulta antológico.

Pero de una cosa sí puede estar segura esta revolución que destruye de manera inmisericorde: en los anales quedará registrada como la más horrible pesadilla venezolana y el más rotundo fracaso.

 

@EddyReyesT