• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

Conceptos de libertad y retos de la democracia

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Isaiah Berlin (1909-1997) fue un pensador inglés que ha tenido una gran influencia en el campo de la filosofía política y la historia de las ideas. Un ensayo relevante de este autor se titula Dos conceptos de libertad. En dicho trabajo señala que la libertad tiene dos sentidos políticos: uno “negativo” y otro “positivo”. Según la libertad negativa, soy libre en la medida en que ningún hombre interfiere en mi actividad. Este concepto está en la raíz de las instituciones liberales de protección de los derechos individuales, de limitación al poder político y de defensa del pluralismo. Pero advierte que tal situación no debe entenderse como laissez faire económico. Por el contrario, de acuerdo con la libertad positiva, soy libre si soy mi propio amo. En este caso se alude al ejercicio del poder político, a quien manda.

Ambas concepciones le dan un papel preponderante al individualismo, al “yo”, lo cual fue objeto de reflexión de muchos pensadores. A la pregunta ¿soy mi propio amo?, se llegó a dar la siguiente respuesta: hay un yo dominador y otro que naufraga. El yo que domina se ha identificado con la razón o con “mi naturaleza superior”. Mientras que el yo que naufraga se identificó con “mi naturaleza inferior”, la que solo busca el placer. A partir de esta idea, el yo auténtico puede concebirse como algo que va más allá del individuo: una tribu, una raza, una iglesia, un Estado. Una vez que se adopta este punto de vista –dice Berlin–, estoy en situación de ignorar los deseos expresos de hombres y sociedades, de intimidarles y oprimirlos en nombre de sus “verdaderos” yoes y por su bien. Este es el pensamiento y el lenguaje de todas las declaraciones de derechos del siglo XVIII y de los que contemplan la sociedad como modelo construido según las leyes del sabio legislador, de la naturaleza, de la historia o del Ser Supremo (Leibnitz, Kant, Hegel y Fichte).

En este punto, Berlin se hizo el siguiente planteamiento: si lo dicho por los filósofos de la “razón objetiva” conduce irremediablemente al despotismo, aun en aras de la libertad, ¿no será que hay algún error en las premisas del argumento? Su respuesta es que toda interpretación de la palabra “libertad” ha de incluir un mínimo de lo que ha denominado libertad “negativa”. En ese sentido rescata la idea de John Stuart Mill (1806-1873) sobre libertad, según la cual esta solo puede ser limitada por el peligro de causar daño a otros. Es el no reconocimiento de este hecho –sostiene Berlin– lo que ha cegado a muchos liberales, cuya causa es justa, pero no toleran la multiplicidad humana de necesidades básicas. Y es entonces cuando el pensador inglés hace sus aportes más relevantes: hay que crear una sociedad en la que haya fronteras (normas) de libertad que nadie está autorizado a invadir. Tales normas tienen en común su aceptación amplia y se violan cuando se declara a un hombre culpable sin haber sido juzgado o cuando se castiga con una ley retroactiva; cuando se ordena a los soldados que cometan salvajadas; cuando se asesina o se tortura a las personas porque irrita al tirano o a una supuesta mayoría. La libertad de una sociedad se mide entonces por la solidez de las barreras que se pueden poner frente a la imposición de la voluntad de un hombre sobre otro, y aquí lo que importa no es la forma de esas limitaciones sobre el poder (que sean legales, morales o constitucionales) sino su efectividad.

La clave de todo –señala Berlin– es “lo uno y lo múltiple”. En efecto, hay una creencia que es responsable de la masacre de individuos en los altares de los grandes ideales históricos: la idea de que en alguna parte hay una solución definitiva. Eso es falso. No hay una formula única mediante la cual se pueden realizar de manera armónica todos los fines del hombre. Es por ello –continúa diciendo el referido autor– que el pluralismo, que implica la libertad negativa, parece un ideal más verdadero y más humano que los fines de aquellos que buscan en las grandes estructuras autoritarias el ideal del control “positivo” de las clases, de los pueblos o de la humanidad entera.

En otro ensayo que escribió Berlin (Mi trayectoria intelectual) encontramos el epílogo de las anteriores reflexiones: “El universo perfecto no solo no es alcanzable sino inconcebible, y todo aquello que se haga para producirlo está fundado en una enorme falacia intelectual”.

El caso es, sin embargo, que los diferentes tópicos desarrollados por dicho autor para abordar, en sus distintas facetas, el tema de la libertad, da para muchas otras reflexiones. Precisamente, hay una que queda rondando en la mente del cualquier agudo lector del capítulo titulado “La búsqueda del reconocimiento” de su libro Dos conceptos de libertad. En ese capítulo dice, entre otras cosas, acerca de la libertad, que hay un enfoque históricamente relevante según el cual, al confundir la libertad con sus hermanas (la igualdad y la fraternidad) ha llevado a conclusiones iliberales. Ese comentario lo lleva entonces a afirmar que la falta de libertad de la que se quejan muchos hombres no es otra cosa, con frecuencia, que la falta de reconocimiento adecuado. El ser humano –sostiene– quiere evitar que lo ignoren, que lo ninguneen, y no quiere que lo clasifiquen como miembro de una amalgama deforme. Entonces se lucha contra esa degradación, no buscando la igualdad jurídica de derechos, ni la libertad de hacer lo que quiera, sino un estado de cosas en el que se pueda sentir lo que se es. La consecuencia de esta actitud –señala– es el sentimiento que termina teniéndose en el sentido de que las únicas personas que pueden reconocerme así y proporcionarme la sensación de ser alguien, son los miembros de la sociedad a la que siento pertenecer históricamente, económicamente y, quizás, étnicamente. Así, lo que demandan las clases oprimidas, por lo general, no es simplemente libertad de acción ilimitada para sus miembros, menos aún igualdad social o igualdad de oportunidades económicas; lo que quieren, casi siempre, es el simple reconocimiento. De esa manera –continúa diciendo Berlin– puede que ese deseo sea tan fuerte que llegue inclusive a preferir el chantaje y mal gobierno de alguien de su propia raza o clase social, por el que a fin de cuentas se es reconocido como un igual, al trato correcto y tolerante de alguien de un grupo superior y distante. En otras palabras, puede que no reciba de manos de los miembros de mi propia sociedad la libertad “negativa”, pero son miembros de mi propio grupo que me entienden como yo los entiendo, y esa comprensión crea en mi interior la sensación de ser alguien en el mundo. Es ese deseo de reconocimiento recíproco el que hace que haya gente que prefiera se miembro, de forma consciente, de la democracia más autoritaria antes que la oligarquía más ilustrada.

Como se puede observar, el enfoque que tiene Berlin del asunto es de carácter político y social; pero él atisba una aproximación de “otra naturaleza” cuando afirma que no es con la libertad individual con la que puede identificarse este deseo de posición y reconocimiento. Se trata –según su opinión– de algo que los seres humanos necesitan de forma no menos profunda y por la que luchan de manera apasionada: se trata de algo de la misma naturaleza que la libertad, pero no de la libertad misma, pues toda interpretación de libertad ha de incluir un mínimo de lo que se denomina libertad “negativa”. Considero que Berlin alude, sin decirlo expresamente y, menos aún, desarrollarlo, a la razón psicológica más profunda que lleva a los hombres a actuar de una forma que luce ilógica e incomprensible.

Este aspecto psicológico del tema fue tratado por Freud en su libro Psicología de las masas. Efectivamente, en esta obra el padre del psicoanálisis dice que las manifestaciones que encontramos en la sociedad (compañerismo, espíritu de cuerpo, etc.) derivan de la envidia primitiva. Nadie debe querer sobresalir, todos deben ser y obtener lo mismo; por tanto, la justicia social significa que prescindimos de muchas cosas para que también los demás tengan que renunciar a ellas, o, lo que es lo mismo, no puedan reclamarlas. Esta reivindicación de igualdad es la raíz de la consciencia social y del sentimiento del deber. Dicho autor concluye apoyando el nódulo anterior en la anécdota del juicio de Salomón. La historia quedó registrada en el libro de los Reyes del Antiguo Testamento, en los términos que siguen: una vez que Salomón se afianzó en su trono, se le aparece Dios y le dice que le pida lo que quiera que se lo otorgará. El rey no pide riquezas, larga vida o la muerte de sus enemigos. Solo exige un corazón dócil para hacer justicia y discernir entre lo bueno y lo malo, lo cual le es concedido por el Señor. En esa sazón acudieron ante el rey sabio dos mujeres públicas (eufemismo que usa la Biblia para referirse a las prostitutas), para pedirle su fallo. Ambas se disputan la maternidad de un niño. El caso es que ambas habitan en la misma casa donde alumbraron a sus respectivos hijos. Una de ellas, mientras dormía, sofocó sin querer a su niño y, sigilosamente, lo sustituyó por el de la otra. Cuando esta despierta se percata de que la criatura que yacía a su lado, sin vida, no era la suya y así se lo hace saber al rey. La madre falsa, por su parte, sostiene que eso es mentira. Salomón entonces reacciona pidiendo una espada y le dice a sus guardias: “Partid por la mitad al niño vivo y dad la una mitad a la una, y la otra mitad a la otra”. Ante esta decisión la madre verdadera desiste de su pretensión y pide que le den el niño a la otra; mas la falsa madre reacciona gritando: “Ni sea mío ni tuyo, sino divídase”. El rey tomó la palabra y sentenció: “Dad a la primera el niño vivo pues ella es su madre”.

Hasta el momento de escribir Freud su trabajo, eran dos las lecturas que siempre se hacían del anterior episodio bíblico. En primer lugar, poner en evidencia la sabiduría y astucia del rey sabio. En segundo término, la conmovedora acción de la verdadera madre que está dispuesta a sacrificarse, perdiendo a su hijo, antes que le quiten la vida al niño. Nunca se destacaba la acción de la madre falsa, como no fuera para despreciarla. Ella era solamente un personaje secundario en una escena en la que los roles protagónicos eran desempeñados por Salomón y la verdadera madre. Sin embargo, es el fundador del psicoanálisis el que pone sobre el tapete la tercera lectura que tiene el hecho: la envidia como factor de búsqueda de justicia.

En mi opinión, lo que se extrae de las reflexiones separadas de Berlin y Freud es una gran interrogante: qué se puede hacer para garantizar la libertad “negativa” del ser humano, en circunstancias en que su acción, en el plano político, está influida por la envidia. Quizás hayan muchas respuestas a esta pregunta, pero me interesa destacar acá la que nos da John Rawls en su obra capital (A theory of justice). Este antiguo profesor de Filosofía de la Universidad de Harvard señala, en dicho texto, que los seres humanos tienen la propensión de rechazar las diferencias entre ellos; y que esa actitud es el resultado de una falta de confianza en nuestra propia valía combinada con un sentimiento de impotencia. Según él, esta situación (la envidia) se previene o reduce, en una sociedad bien ordenada, disminuyendo el número de ocasiones en que los menos favorecidos experimentan sus condiciones como empobrecidas y humillantes. A estos fines –dice– es fundamental que haya un reconocimiento generalizado de los ciudadanos de que sus instituciones son justas. Y a este respecto, a la justicia corresponde garantizar, en forma “efectiva”, los derechos fundamentales y libertades básicas de cada persona. Pero, además, es esencial tratar a todos los individuos de manera igualitaria, para lo cual es necesario contemplar igualdad de oportunidades; en otras palabras, la sociedad debe dar más atención a aquellos con menos recursos o nacidos en una posición social menos favorable. Así, pues, las instituciones y la sociedad, como un todo, será justa o injusta según la forma como enfrente los hechos anteriores. Mas, hay que destacar siempre que una sociedad alcanza a ser justa si los derechos civiles igualitarios, y la actitud de los individuos de mutuo respeto, ocupan un lugar esencial en mantener un balance político y asegurar a los ciudadanos su propia valía.

La conclusión que podemos extraer de lo anterior es la siguiente: solo a través de instituciones públicas fuertes y honestas es como una sociedad democrática puede garantizar sus derechos fundamentales. Y tanto Berlin como Rawls coinciden en la percepción de que al Poder Judicial le corresponde la labor de garantizar la primera de las virtudes de las instituciones sociales: la justicia “efectiva”. Berlin apuesta por la libertad “negativa” por ser la fórmula que reconoce el pluralismo y es contraria a la idea de una solución definitiva. Por su parte, Rawls complementa el valor fundamental de la justicia con la igualdad de oportunidades para todos. Sin duda que estos son los dos principales retos que sigue teniendo nuestra democracia para su verdadera consolidación.