• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Del Caracazo a los hechos de San Félix

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Ya es lugar común decir que “la historia se repite”. Pese a ello no deja de asombrar, sin embargo, el paralelismo de ciertos acontecimientos.

El Caracazo pone en evidencia que a veces el destino se confabula de tal manera sobre los seres humanos que, vistos los acontecimientos en que participan después de su ocurrencia, pareciera que una mano invisible interviniera de manera inexorable en ellos. Considerados así, diera la impresión de que tales sucesos no son más que creaciones de una mente habilidosa, especialmente dotada de la capacidad para armar increíbles relatos a la manera del anónimo contador ambulante de historias que aparece en El hablador, novela de Mario Vargas Llosa publicada en 1987, que narra su propia existencia y la historia y mitos de su pueblo (los indios machigüengas de la Amazonia peruana). El célebre Caracazo tiene en ese sentido todas las características de un hecho novelado, pero con un elemento significativo que no deja de sorprender: su veracidad. 

Una de las tantas medidas anunciadas por Carlos Andrés Pérez al inicio de su segundo gobierno (2 de febrero de 1989) fue la del aumento de la gasolina, que se haría efectivo a partir del 27 de febrero. Y aunque también se anunció el aumento de los sueldos y otras medidas de carácter social, lo cierto es que ninguna de ellas había sido puesta en práctica. La reacción de varias organizaciones de transportistas fue aumentar el valor de los pasajes por un monto mayor al autorizado (30%) y antes de la fecha acordada por el Ministerio de Transporte y Comunicaciones (a partir del 1° de marzo). Esa fue la situación a primeras horas de la mañana en Caracas, Guarenas, Guatire y Los Teques. Como era de esperarse, los usuarios protestaron el abusivo aumento del pasaje que de 8 bolívares se quería llevar al doble. Y como también ocurre en tal tipo de circunstancias, los ánimos se caldearon y comenzaron las acciones inevitables: ofensas, empujones y peleas. En la población de Guarenas las cosas llegaron a mayor: el conflicto se hizo tumultuoso y degeneró en quema de cauchos y vehículos. Ardió Troya. Como un enjambre de abejas enfurecidas, la masa descargó primero su rabia contra las instalaciones y establecimientos ubicados en los alrededores de la parada de autobuses. Después embistieron contra los negocios que se encontraban más allá, entre ellos un importante supermercado.

Los medios de comunicación se hicieron presentes y la noticia se transmitió en tiempo real por radio y televisión. A medida que avanzaban las horas aquello adquirió las características de un torbellino destructor de todo lo que encontraba a su paso. Las fuerzas del orden fueron desbordadas y no hubo forma de controlar la situación. La chispa prendió inmediatamente en otros lugares: Caracas, Los Teques, La Guaira, Puerto la Cruz, Puerto Ordaz, Maracaibo, entre otras ciudades. Pero en la primera adquirió dimensiones apocalípticas. A ello contribuyó el hecho de que la ciudad estaba desguarnecida por la huelga de brazos caídos de la Policía Metropolitana. Desde hacía un mes la mayoría de los 14.000 efectivos, liderados por Freddy Bernal, reclamaban mejores sueldos y exigían –sobre todo– un cambio de sus superiores, que eran oficiales de la Guardia Nacional, por funcionarios policiales. Como no les hicieron caso se declararon en abierta insubordinación. Esa fue la razón de que no se vieran en las calles las cuadrillas antimotines enfrentando los sucesos.

El malestar que ese día afloró lo hizo en términos abracadabrantes. Se había incubado en los años anteriores y en especial a partir del Viernes Negro, en 1983. Su caldo de cultivo estuvo integrado por la inflación, la pérdida de calidad de vida, el empobrecimiento de la población, la corrupción en instancias del gobierno, la inseguridad, la falta de renovación de los partidos políticos, la ausencia de conexión directa de los líderes con los más pobres y el descontento en general. Ya los informes de inteligencia habían puesto de manifiesto el alto grado de insatisfacción de la sociedad venezolana. Pero la crisis estalló al comienzo del gobierno de Pérez, cuando se empezó a hacer esfuerzos serios por ordenar el rumbo del Estado y su economía. Se quería hacer lo “correcto” pero el pueblo no lo entendió así, o no se le explicó de la manera adecuada, o –quizás– se aplicó una política de shock inmediato cuando lo que procedía era una política de ajustes progresivos en el tiempo. Años más tarde, Moisés Naím señaló que al país se le habían acabado las opciones y que el gradualismo no tenía viabilidad. Octavio Lepage, por su lado, reconoció: “Nos habíamos acostumbrado a desempeñarnos políticamente en ese escenario acentuadamente populista y aquello nos resultaba difícil de entender y aplicar, rompiendo con una tradición de 40 años. En ese populismo caímos tanto Copei como nosotros, todos los gobiernos (…) Pérez tuvo el coraje intelectual y político de plantearse la necesidad de cambiar aquel enfoque”. (Conde, Javier, La conjura final. Octavio Lepage: 60 años de lucha política, Editorial Alfa, Caracas, 2012).

Los disturbios continuaron al día siguiente –con participación, en todo momento, de agitadores de oficio y el hampa común– y no fue sino en la tarde del segundo día cuando el gobierno dio la cara: el presidente tuvo que tomar el toro por los cachos y dirigirse al país para anunciar toque de queda y la suspensión de las garantías constitucionales de libre tránsito, reunión, manifestación e inviolabilidad del domicilio. Además, informó que había dado instrucciones al Ejército para desplegar sus hombres por toda la ciudad, con el objetivo de repeler los actos vandálicos. Al final la situación logró controlarse, pero al costo de 276 muertos (según la evaluación hecha por la Comisión de Política Interior de la Cámara de Diputados) y cuantiosas pérdidas. El Caracazo fue una puñalada al cuerpo de la democracia.

Los hechos ocurridos el viernes 31 de julio en la ciudad de San Félix, aunque no tienen la envergadura del Carachazo, es una réplica nada distanciada de este último acontecimiento si tomamos en cuenta los innumerables episodios de signo parecido que se producen recurrentemente a lo largo y ancho del país. Según el reporte que hizo Tal Cual (“La verdadera historia de lo que pasó en San Félix”), lo que pude confirmar con amigos y familiares que viven en esa zona, el aumento del pasaje, la especulación y el acaparamiento fueron las razones de fondo por las que los habitantes de esa ciudad saquearon los comercios.

Es un hecho conocido el pésimo sistema de transporte que tienen San Félix y Puerto Ordaz. Las famosas “perreras” –viejas y destartaladas camionetas pickup, pobremente habilitadas para trasladar pasajeros como “sardinas en lata”– son el emblema del denigrante servicio que se presta. Aunque los conductores están autorizados a cobrar 10 bolívares, lo cierto es que aplican tarifas de hasta 40 bolívares con el argumento de realizar viajes “exprés”, por vías menos congestionadas. Lo mismo hacen algunos choferes de los autobuses rojos rojitos, adscritos a la Gobernación del estado Bolívar.

Lo cierto es que el 31 de julio los habitantes de los barrios más rudos de San Félix, que necesitan trasladarse a Puerto Ordaz, llegaron muy temprano a la emblemática parada “La económica” y se encontraron con que los choferes, con el argumento de los altos costos de los repuestos de sus unidades de transporte, les exigían hasta 100 bolívares por el traslado a Puerto Ordaz. Eso generó un gran malestar. Lo mismo quiso hacer el chofer de una de las unidades de la gobernación, lo que dio lugar a una fuerte arremetida de los usuarios, quienes agredieron al conductor y no conforme con eso voltearon el autobús. Allí empezó todo, de la misma forma como ocurrió en Guarenas en 1989.

La carestía de alimentos y productos básicos en los barrios de San Félix, al igual que en el interior del país, es mucho más acentuada que en Caracas. De manera que sus habitantes padecen este mal potenciado, al igual que los demás que aquejan a la población de todo el país: altos niveles de criminalidad, elevado costo de la vida, inflación desbocada, pérdida de calidad de vida, empobrecimiento, bachaqueo generalizado, alto grado de insatisfacción de la sociedad, la extendida corrupción en instancias del gobierno y el descontento en general. Ese caldo de cultivo, el mismo de la época del Caracazo, coadyuvó en los saqueos que se produjeron en diferentes comercios y abastos, en cuyos depósitos había leche, pañales, margarina, aceite y otros productos de primera necesidad, pero también juguetes y productos de confitería. A diferencia de lo que ocurrió en el Caracazo, en San Félix solo hubo un muerto. ¡Pero ojo!, un mes atrás se produjo en esa misma ciudad un conato de saqueo que terminó con cuatro ciudadanos heridos por la policía, de los cuales dos fallecieron después. La prensa oficial de Guayana guardó sepulcral silencio sobre ese hecho, menos El Correo del Caroní.

Si las cosas no llegaron a mayor en San Félix fue, gracias a Dios, a que ni Freddy Bernal ni la policía de Ciudad Guayana están en huelga. Ellos, junto con nuestras fuerzas armadas revolucionarias, están prestos a reprimir al pueblo sin contemplación. Mas la pregunta que nos hacemos todos es cuánto tiempo más aguanta encendida esta olla de presión que se llama Venezuela.


@EddyReyesT