• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

Camino de servidumbre

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Ese es el título del libro del abogado, economista y filósofo Friedrich Hayek, premio Nobel de Economía de 1974, publicado en 1944. En dicho trabajo, de contenido político más que económico, el reconocido profesor de la London School of Economics and Political Science y otras prestigiosas universidades de Europa y Estados Unidos, se propuso demostrar la identidad que hay entre socialismo (que incluye el comunismo y el nacionalsocialismo) y totalitarismo, sistemas que tienen como rasgo común una centralizada planificación económica que al final conduce a la pérdida de libertades.

Un primer llamado de atención que hace dicho autor está referido a la constatación del abandono progresivo de la libertad en materia económica sin la cual jamás existió en el pasado libertad personal ni política. Así, aunque pensadores como Tocqueville y lord Acton advirtieron que socialismo significa esclavitud, se marcha sostenidamente en la dirección del socialismo. Y peor aún, no solo el liberalismo de los siglos XIX y XVII, sino también el individualismo que se heredó de Erasmo y Montaigne, de Cicerón y Tácito, Pericles y Tucídedes, se han abandonado progresivamente.

A él le preocupa que el socialismo esté siendo abrazado por grupos de intelectuales como herederos presuntos de la tradición liberal, cuando lo cierto es que la transformación de un sistema organizado rígidamente en jerarquías en otro donde los hombres pudieron intentar la forja de su propia vida y además el hombre ganó la oportunidad de conocer y elegir entre diferentes formas de vida, está asociada con el desarrollo del comercio.

Hayek nos recuerda que el socialismo fue, en sus comienzos, francamente autoritario y que los escritores franceses que construyeron su fundamento moderno sabían que sus ideas solo podían llevarse a la práctica mediante un fuerte gobierno dictatorial. Según él, nadie vio más claramente que Tocqueville que la democracia, como institución esencialmente individualista que es, estaba en conflicto con el socialismo. Eso quedó claramente reflejado cuando el autor de La democracia en América pronunció un discurso en 1848 en el que dijo: “La democracia extiende la esfera de la libertad individual; el socialismo la restringe. La democracia atribuye todo el valor posible al individuo; el socialismo hace de cada hombre un simple agente, un simple número. La democracia y el socialismo solo tienen en común una palabra: igualdad. Pero adviértase la diferencia: mientras la democracia aspira a la igualdad en la libertad, el socialismo aspira a la igualdad en la coerción y la servidumbre”. Es así como, ante lo evidente y para aquietar cualquier sospecha, el socialismo comenzó a hacer un uso creciente de la promesa de una “nueva libertad”. Pero de lo que se trataba era de otro nombre para el poder o la riqueza, pues, en efecto, la aspiración a la nueva libertad era tan solo otro nombre para la vieja aspiración a una distribución igualitaria de la riqueza.

Para Hayek, el socialismo trae consigo la abolición de la empresa privada y de la propiedad privada y la implantación de un sistema de “economía planificada”. Como resultado de esto último, la “producción para el uso” sustituye a la “producción para el beneficio”. Al final, la planificación económica (la cual designa la clase de planificación que es necesaria para realizar cualquier ideal distributivo) que se cumple en los sistemas colectivistas (comunismo, nacionalsocialismo, etc.) va unida a la pérdida de las libertades y al progreso del totalitarismo. Él no tiene dudas y por eso lo expresa con claridad: es necesario que las partes presentes en el mercado tengan libertad para vender y comprar a cualquier precio, y que todos sean libres para producir o vender. Cualquier intento de intervenir los precios o las cantidades de un producto en particular priva a la competencia de su facultad para realizar una efectiva coordinación de los esfuerzos individuales, toda vez que las variaciones de precio dejan de registrar todas las alteraciones importantes de las circunstancias y no suministran ya una guía eficaz para la acción del individuo. Lo anterior –dice Hayek– no es óbice para que el Estado establezca restricciones necesarias, por ejemplo, que prohíba el uso de sustancias dañinas a la salud o limite las horas de trabajo, que sean compatibles con el mantenimiento de la competencia. De ese modo deja claro que su punto de vista no debe identificarse con los partidarios del laissez faire.

A tono con lo anterior, nuestro autor hace varios señalamientos relevantes:

-Si el Estado domina directamente el uso de una gran parte de los recursos disponibles, los efectos de sus decisiones sobre el resto del sistema económico se hacen tan grandes, que indirectamente lo dominan todo.

-Bajo el gobierno de una mayoría muy homogénea y doctrinaria el sistema democrático puede ser tan represivo como la peor dictadura.

-Es la limitación del poder lo que impide a este ser arbitrario.

-Los faltos de escrúpulos y los aventureros tienen más probabilidades de éxito en una sociedad que tiende hacia el totalitarismo.

-La probabilidad de imponer un régimen totalitario a un pueblo entero recae en el líder que primero reúna en derredor suyo un grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto. 

-Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio al enemigo, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva. 

-El enemigo, sea interior o exterior, parece ser una pieza indispensable en el arsenal de un dirigente totalitario. 

-Uno de los factores que más contribuyen a reforzar la tendencia del colectivismo a hacerse particularista y cerrado es que, como la actitud del individuo a identificarse con el grupo es muy frecuentemente el resultado de un sentimiento de inferioridad, su aspiración solo se satisface si la condición de miembro del grupo le confiere alguna superioridad sobre los extraños.

-Un rasgo característico de los regímenes totalitarios es la perversión completa del lenguaje.

-En un sistema totalitario no se consiente la investigación desinteresada de la verdad y no hay otro objetivo que la defensa de los criterios oficiales. Disciplinas como el Derecho, la Economía y la Historia se convierten en las más fecundas fábricas de mitos oficiales, que los dirigentes utilizan para guiar las mentes y voluntades de sus súbditos.

-Es lo mismo que se ataquen ciertos teoremas de la estadística matemática porque “forman parte de la lucha de clases y son producto del papel histórico de la Matemática como sirviente de la burguesía”, o que se condene toda la materia porque “no ofrece garantías de que vaya a servir al interés del pueblo”. De manera que toda actividad debe extraer de un propósito social consciente su justificación. No debe, pues, existir actividad espontánea, sin guía, porque pudiera producir resultados imprevisibles sobre los cuales el plan no se ha manifestado.

-No existe otra política realmente progresiva que la fundada en la libertad del individuo.

Es realmente importante señalar que Hayek nació en 1899 y falleció en 1992. De modo que sus investigaciones para nada tuvieron en cuenta el acontecer político de Venezuela a partir de 1999.