• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Avanzando hacia un “Estado frustrado”

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Desde hace muchos años mis días comienzan con un ritual: preparo mi café en una vieja greca italiana, sirvo el humeante tinto en una tasa de barro cocido todavía más antigua y me siento a leer las noticias, empezando por el diario El Nacional. Eso para mí es realmente un placer inapreciable y eso mismo hice este martes 9 de febrero. Pero en esa ocasión, un vaho de amargura invadió mi espíritu. No fue una mañana para nada feliz.

El primer título que llamó mi atención, de la periodista Nora Canino, era simplemente lapidario: “Mataron a padre cuando jugaba con sus hijos en su casa”. El subtítulo lo resumía todo: “Ángel Antonio Lara, de 47 años de edad, les reclamó a azotes de Las Minas de Baruta, pues hicieron tiros al aire, pero se molestaron y le dispararon en la cara”. Ángel era un modesto albañil que nunca antes había tenido problemas con delincuentes, pero cometió el grave error, ante el temor de que una bala alcanzara a alguno de sus cuatros hijos, de reclamarles a unos antisociales que se divertían disparando al cielo. El humilde y responsable progenitor pasó así a ser parte de una estadística que hacía constar que era el cadáver 38 en ingresar a la morgue de Bello Monte en lo que iba de asueto de carnaval. Así será recordado para la posteridad.

Sin salir de la consternación, otra noticia roja ocupó mi atención. Esta vez los hechos acontecieron en el sector 13 de Enero de Campo Alegre, estado Aragua. La víctima fue una mujer de 35 años que fue alcanzada en la cabeza por una bala perdida al momento en que se asomó a la calle, luego de escuchar unas detonaciones. Un hijo de la occisa jugaba carnaval afuera de la casa y ella salió a buscarlo para ponerlo a resguardo. La infortunada era madre de cinco niños, se ganaba la vida vendiendo empanadas y frecuentaba la iglesia evangélica cercana al sector. Todo un drama que me entristeció todavía más. 

La tragedia, sin embargo, no se detuvo ahí. Líneas más abajo, otro acontecimiento no menos desgarrador, ocupó también mi mirada ya harta de tanta fatalidad. “Tiroteo en el túnel de La Planicie dejó a una mujer fallecida”, rezaba el titular. En esta ocasión la víctima, que se llamaba Jusmania Hidalgo y era la esposa de un funcionario de Polivargas, recibió un disparo en la cabeza cuando se desplazaba en una moto conducida por su esposo.

Ya era más que suficiente pero otros dos sucesos violentos también fueron registrados como parte de la cotidianidad de estos tiempos de “revolución”.  El primero aconteció en Maracay y fue reportado por la periodista Laudelyn Sequera. Según los hechos, un oficial de la policía de Aragua, identificado como Tony Jacinto Valdez Molina, de 37 años de edad, fue acometido por tres hombres y dos mujeres cuando sacaba el vehículo del estacionamiento de su vivienda, en la población de Turmero. Los asaltantes lo apuntaron con armas de fuego para obligarlo a que les entregara la camioneta que conducía, al igual que su pistola; sin embargo, el oficial respondió instintivamente a la acción. Se produjo entonces un intercambio de disparos que concluyó con la muerte del funcionario policial y con uno de los asaltantes herido. Las dos mujeres involucradas en el robo fueron capturadas por una comisión policial, mientras que dos de los hombres se fugaron. En el segundo acontecimiento, reseñado por Vanessa Moreno, se da cuenta de un robo de armas en Polimiranda de Los Teques. De manera específica informa que los integrantes de una banda se llevaron 10 pistolas Glock y una escopeta que se encontraban en la sede policial, y que los cacos dejaron amordazados a los funcionarios que estaban de guardia en el momento de los hechos.

Por esas singulares casualidades, en el mismo día en que aparecieron las anteriores reseñas de nuestra realidad delincuencial, la columna de los artículos de opinión estaba encabezada por un texto del sacerdote salesiano Alejandro Moreno, psicólogo, filósofo, teólogo y doctor en Ciencias Sociales, intitulado “Estado en armas”, en el que se comienza diciendo: “Cuando un fenómeno, un acontecimiento, un movimiento de grupos sociales es dejado al desarrollo de su propia dinámica, tiende a crecer, a proliferar, a profundizarse en los intersticios de la sociedad y a ir ocupando progresivamente todos los espacios de la sociabilidad. Si el movimiento fomenta mejores y más altos niveles de conciencia ciudadana, justicia, respeto a los derechos humanos y pacífica convivencia produce un mejor estado de la cultura, fluidez de las relaciones humanas y superiores condiciones de paz. Si, en cambio, se pone en marcha toda una tendencia criminal, fuera y en contra de la ley, esta se irá concretando en los más diversos modos de actualización y en todos los lugares y espacios a los que pueda tener acceso con sus métodos y procedimientos delincuenciales, que cada día serán más amplios y profundos”. El escrito, que recomiendo leer en su integridad, concluye así: “Si no se cambia el sistema que nos domina, Venezuela desaparecerá no solo como convivencia ciudadana, sino como Estado. Caerá en la más violenta anarquía”. 

Se trata, en otras palabras, del puro caos que termina concretándose con la aparición de “Estado frustrado”. Ello implica, como muy bien lo apunta Samuel Huntington, en su clásico libro El choque de civilizaciones, el quiebre de la autoridad gubernamental y la desintegración del Estado.

¿Tendrán Maduro y Cabello plena consciencia del gravísimo problema que tienen entre las manos y del cual son responsables directos? ¿Tendrán los magistrados chavistas del Tribunal Supremo de Justicia la capacidad de reconocer esa realidad circundante y la enorme responsabilidad que a ellos también toca? Nosotros solo nos limitamos a decirles una cosa: después no digan que no lo sabían.