• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Eddy Reyes Torres

Revolución o contrarrevolución

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

…Los países inquietos también habrán de quedarse calmos”, Juan Sánchez Peláez

 

Si tenemos en cuenta lo señalado por Nicolás de Condorcet (1743-1794) –que la palabra “revolución” puede aplicarse únicamente a las revoluciones cuyo objetivo es la libertad–, es entonces fundamental tener presente que el fenómeno revolucionario pasa por la idea de la experiencia de un nuevo origen que da lugar a un cuerpo político nuevo en el que la cesación de la opresión conduce a la constitución de la libertad.

Conforme lo anterior y a la luz de la tesis de Hannah Arendt (Sobre la revolución), la “revolución bonita” de Hugo Chávez es en verdad una “contrarrevolución” que nos conduce a etapas ya superadas de nuestra historia política. Eso explica el parentesco que guarda con los gobiernos autocráticos de Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez.

Destaca Arendt que en sus orígenes la palabra “revolución” fue un término astronómico que alcanzó relevancia en las ciencias naturales gracias a la obra de Copérnico De revolutionibus orbium coelestium. El término aludía al movimiento regular, sometido a leyes y rotatorios de las estrellas, el cual no estaba sujeto a la influencia del hombre ni se caracterizaba por la novedad o la violencia. Por el contrario, la palabra indica un movimiento recurrente y cíclico. De modo que nada está más apartado del significado original de la palabra que la idea que ha poseído y obsesionado a todos los actores revolucionarios, esto es, que son agentes en un proceso que significa el fin definitivo de un orden antiguo y alumbramiento de un mundo nuevo.

Ahora bien, cuando la palabra desciende por primera vez del firmamento para describir lo que ocurría a los mortales en la tierra, lo hizo como metáfora mediante la cual se transfería la idea de un movimiento eterno, irresistible y recurrente a los movimientos fortuitos, los vaivenes del destino humano. Así, en el siglo XVII, cuando por primera vez la palabra es empleada en un sentido político, su contenido metafórico estaba aún cerca del significado original, ya que servía para designar un movimiento de retroceso a un punto preestablecido y, por extensión, de retrogresión a un orden predestinado. Lo que se quería significar, pues, era la restauración del poder monárquico a su gloria y virtud primitivas.

Los hechos lo demuestran: las revoluciones de los siglos XVII y XVIII fueron proyectadas como restauraciones. En efecto, las revoluciones americana y francesa estuvieron dirigidas, en sus etapas iniciales, por hombres que estaban plenamente convencidos de que su papel se limitaba a restaurar un antiguo orden de cosas que había sido perturbado y violado por el despotismo de la monarquía absoluta o por los abusos del gobierno colonial. Los líderes de ambas revoluciones dejaron claro que lo que ellos deseaban era volver a los antiguos tiempos en que las cosas habían sido como debían ser.

Cuando trasladamos las anteriores consideraciones a la realidad venezolana, encuentra plena explicación que Chávez haya hecho descansar todo su ideario en figuras de siglos anteriores: Simón Bolívar, Simón Rodríguez, Ezequiel Zamora y su antepasado Maisanta. El propósito nada oculto es hacer realidad los sueños de esas figuras históricas cuyos idearios políticos son referencias superadas por la teoría política contemporánea. Marx fue un crítico furibundo del uso político del pasado cuando escribió: “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir (…) La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido”.

Dice Arendt que la consecuencia más importante de la Revolución francesa fue teórica: el nacimiento del concepto moderno de la historia de la filosofía de Hegel, según el cual el antiguo absoluto de los filósofos se manifiesta a sí mismo en la esfera de los asuntos humanos (que los filósofos habían descartado como fuente o manantial de las normas absolutas). Desde un punto de vista político –continúa señalando Arendt–, el sofisma sobre el que se alza esta filosofía es relativamente simple: consiste en la descripción y comprensión del reino total de la acción humana sin referirlo al actor y al agente, sino desde el punto de vista del espectador que contempla un espectáculo. De ese modo, el espectador de dicha revolución estaba en mejores condiciones que sus actores para entender el fenómeno político como necesidad histórica o el carácter fatal de la figura de Napoleón Bonaparte.

La brecha abierta por Hegel fue ampliada por Carlos Marx que pasó a ser el teórico más importante de todas las revoluciones, desdeñando casi por completo las intenciones que en principio animan al revolucionario: la fundación de la libertad. La razón de ese menosprecio fue su convencimiento de que el motivo por el cual la Revolución francesa había fracasado en fundar la libertad fue por la imposibilidad en resolver la cuestión social (la pobreza). Eso lo llevó a concluir que la libertad y la pobreza eran incompatibles y que la pobreza también puede constituir una fuerza política de primer orden.

La transformación de la cuestión social en fuerza política, llevada a cabo por Marx, fue incluida en el término “explotación”, es decir, en la idea de que la pobreza es el resultado de la explotación operada por una “clase gobernante” que posee los instrumentos de la violencia. Según Arendt, el valor que tiene esta hipótesis para las ciencias históricas es escaso, pues se inspira en una economía de esclavos y solo es válida aplicada a las primeras etapas del capitalismo.

Arendt remata su análisis así: para Marx el objetivo de la revolución cesó de ser la liberación de los hombres de sus semejantes, y mucho menos la fundación de la libertad, para convertirse en la liberación del proceso vital de la sociedad de las cadenas de la escasez, a fin de que pudiera crecer en una corriente de abundancia. De esa forma, el objetivo de la revolución será ahora la abundancia y no la libertad. 

Menuda contradicción esa, teniendo en cuenta que la historia ha demostrado que la riqueza y el bienestar económico son algunos de los muchos frutos de la libertad. De allí que la abundancia se consiga más eficientemente en las economías liberales donde las libertades políticas (la libertad de palabras y pensamiento, la libertad de reunión y asociación, entre otras) son elementos fundamentales.

 

@EddyReyesT