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“A final de quincena tenemos que acudir a la tarjeta”

Patricia Miloslavich obtuvo un doctorado en oceanografía en Québec, Canadá, en 1995 | Foto Williams Marrero

Patricia Miloslavich obtuvo un doctorado en oceanografía en Québec, Canadá, en 1995 | Foto Williams Marrero

Patricia Miloslavich y su esposo afrontan la inflación con sueldos que se van en educación y comida

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La bióloga marina Patricia Miloslavich, profesora e investigadora de la Universidad Simón Bolívar, describe un claro ejemplo del deterioro de la calidad de vida de los profesionales en Venezuela. Miloslavich, de 50 años de edad, casada y madre de tres hijos, cuenta que comenzó a dar clases en la USB en 1994, cuando las cosas ya eran difíciles, pero desde 2005, y sobre todo en los dos últimos años, la situación ha empeorado mucho más.

Los sueldos de ella y su esposo, también profesor de la Simón Bolívar, suman un ingreso familiar mensual de 22.000 bolívares, dinero que estiran al máximo para pagar la comida y los servicios, además de la carrera de diseño gráfico de su segunda hija y el colegio de la tercera, que estudia quinto año de bachillerato.

“El año pasado terminamos de pagar la casa donde vivimos en el sector Gavilán de El Hatillo. Pensamos que tendríamos una mayor holgura económica, pero no ha sido posible por el aumento constante y desproporcionado de los precios, fundamentalmente los de la comida”, señaló la bióloga egresada de la USB en 1987 y con doctorado en oceanografía en Québec, Canadá, en 1995.

Explicó que el grupo familiar modificó los hábitos de consumo de alimentos por la carestía y la escasez, en los que las opciones más económicas del pasado, como las frutas y los vegetales, se volvieron impagables. “Por suerte mis hijos están grandes y no necesitan tomar leche ni usar pañales. Me niego a hacer las colas; en la casa se come lo que haya, pero la salud merma porque la calidad de la alimentación se afecta muchísimo”.

Estrechez económica. La docente recordó que recién graduada no imaginó que tendría que afrontar las dificultades actuales. “Hace unos meses el sueldo alcanzaba estirándolo, pero ahora a finales de quincena tenemos que acudir a la tarjeta de crédito para cubrir los gastos”, dijo.

Explicó que las dos bonificaciones anuales las destinan a pagar las deudas del plástico, el seguro del carro y el exceso del HCM de su madre. “Afortunadamente, por una cláusula del contrato colectivo, la universidad cubre el HCM para nosotros y nuestros hijos”.

Refirió que “ya no hay más viajes por vacaciones”. El último fue el año pasado porque los pasajes se compraron con bastante anticipación y viajaron tres de los cinco miembros de la familia. Agregó que tienen dos vehículos –uno de ellos usado– que compraron hace diez años y resultan indispensables para movilizarse desde la zona rural aislada donde viven hasta la USB y la ciudad.

“Cuando salgo a la autopista ruego porque no lo abolle un motorizado, se espiche un caucho o se dañe el amortiguador por los huecos de la calle, pues una reparación descuadra el presupuesto familiar por los altos precios de los repuestos, si los consigues”, manifestó.

La labor de investigación y docencia de Miloslavich es reconocida en Venezuela y en el extranjero, lo cual le permitió realizar un proyecto de tres años con viajes de ida y vuelta a varios países, trabajo que fue publicado en la revista Plos on line. “Ahora tengo otro proyecto en Australia por dos años. Para ello pedí a la universidad un permiso no remunerado y, por razones económicas, me acompañarán mis hijas. Mi esposo y mi hijo se quedan en Venezuela, por lo que la familia se separa”.

“Mis profesores tenían un nivel de vida muy alto. Cuando yo empecé ya éramos clase media tirando a baja. Ahora no tenemos generación de relevo porque profesores jóvenes renuncian por los bajos sueldos y la imposibilidad de independizarse, pues viven con sus padres”, manifestó.

Más allá de lo económico, a Miloslavich le preocupa la pérdida del civismo y de los valores. “La gente está agresiva con sus iguales y tiene temor a la inseguridad. Es triste ver que el país esté así”. No obstante, insistió en que los venezolanos no pierdan la espiritualidad, en lo que señaló que le ayuda mucho asistir a un grupo de yoga, en la misma universidad, tres veces a la semana.

A emigrar
Patricia Miloslavich también experimenta en su familia la emigración de los jóvenes profesionales al exterior por falta de oportunidades en Venezuela. “Mi hijo mayor, de 23 años de edad, estudia Ingeniería Mecánica en la Universidad Simón Bolívar y apenas se gradúe, nos comunicó, piensa marcharse buscando nuevos horizontes”.

Indicó que en la USB la mayoría de los muchachos expresan que quieren irse a realizar posgrados y radicarse en el extranjero. “Es una situación triste porque las familias se disgregan, pero la decisión se entiende cuando no ves futuro, las puertas se te cierran profesionalmente y la inseguridad personal se agrava”.