• Caracas (Venezuela)

Douglas Estanga

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El nuevo líder

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Una nueva epifanía estaba por ocurrir. No emergió esta vez el Señor de las aguas del Jordán. Los cielos no se abrieron. Todo era silencio cuando el espíritu se presentó. Tres veces giró el ave sobre la cabeza del elegido. Por alguna extraña circunstancia celestial, no se manifestó como en el Evangelio de Mateo. Tampoco se escuchó la declaración pater filius, “este es mi hijo amado en quien me he complacido”. En su lugar, un ave extraviada –mezcla de epifanía bautismal y de Jesús resucitado– en vez de enviar a los discípulos a comunicar la buena nueva, como había hecho 2.000 años atrás, los envía a la batalla: “Hoy arranca la campaña, vayan a la victoria”.

En esta mágica trashumancia, la paloma de Juan el Bautista fue convertida en pajarito –el segundo día de la pascua de 2013– por Nicolás Maduro, mensajero del “comandante eterno”. Aunque el episodio no pasará a la historia de Venezuela sino a su antología humorística, el aparato comunicacional del socialismo del siglo XXI se ha tomado en serio este tipo de cosas. A lo largo de tres lustros el régimen ha empleado expertos en neurociencia y en semiótica sacramental. Utiliza los símbolos (el puño de Chávez, su firma y sus ojos en lo alto de los edificios espiando desde el más allá); consignas (“Chávez vive” y otras monsergas para arredrar); exhumaciones (como la del Libertador y la de Juana Ramírez “la Avanzadora”); e iconografías (como el Bolívar pardo parecido a Chávez).

La fábula del pajarito no fue una lumpia paranormal. Tampoco una improvisación. Fue idolatría en clave de resurrección.

Toda esta teatralidad es la puesta en escena del hegemón comunicacional que Boris Muñoz ha titulado el cesarismo mediático (1), como mecanismo para moldear la mente de la sociedad. En esa ruta, la apoteosis del nuevo César fue la batalla de RCTV, capturada como botín de guerra por el régimen, el 27 de mayo de 2007. Pero, el plan totalitario no se detuvo en un canal. Continuó en agosto de 2009 con el cierre de 34 emisoras –anotadas en la lista negra del teniente Cabello– más la apertura de procedimientos administrativos a otras 240 y a 45 televisoras. Esta siembra de terror tuvo sus efectos. La autocensura se apoderó de casi todas las 980 emisoras del país. Mas no de la conciencia nacional.

Encerrar la libertad tras los barrotes del pensamiento único no fue posible. ¿Por qué fracasó la dogmatización ideológica desde el partido y el Estado en Venezuela? Se ha dicho que, gracias a la existencia de un ADN democrático en el venezolano (31 presidentes militares hablan de otro ADN). La razón es simple: la ideología sin obras es inerme. Le ocurre lo que decía el apóstol Santiago respecto a la fe: “Si no produce obras, es que está muerta”. Deviene la ideología en una entelequia. “Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe a través de las obras” (2).

Para hacer una buena obra hay que tener talento. No es el caso de Nicolás Maduro, huérfano de virtudes, a quien –ya 2.000 años atrás– Jesucristo pareciera haber puesto de ejemplo (para no confiarle fortuna alguna) en la parábola de los talentos.

En esta narración bíblica, los dos primeros siervos multiplicaron la fortuna que el amo les encomendó al partir lejos. Como recompensa, al volver los premió con más talentos. Pero, el último se presentó con esta excusa: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”. O sea, no produjo nada nuevo para la hacienda. Razón por la cual –tras llamarlo negligente– el amo que lo dejó encargado dijo a sus compañeros: “Quitadle, pues, el talento, y dadlo al que tiene diez talentos” (3). Un país no merece ser gobernado por quienes satanizan la meritocracia, enterrando sus talentos.

Venezuela merece un presidente democrático, respetuoso de la libertad y del pluralismo ideológico, talentoso y probo.

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1) Boris Muñoz: “Cesarismo Mediático”. Centro Gumilla. Comunicación. Tercer trimestre 2009, Núm. 147, pp. 5-11;

2) Santiago 2: 17-18.

3) Mateo 25: 24 al 25 y 28.