• Caracas (Venezuela)

Douglas Estanga

Al instante

Todos los monstruos son pequeños (frente a 2016)

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El fantasma del hambre toca a la puerta.

Según el FMI, Venezuela –que a mediados del siglo XX exhibía con orgullo una inflación de un solo dígito (0,8% en 1962, verbi gratia)– ha de sufrir una inflación superior a 720% en 2016.

La hiperinflación es un hecho sin precedentes en la nación. De acuerdo con Phillip Cagan, un país entra técnicamente en esta categoría cuando los precios suben más de 50% cada mes. Por ser un fenómeno tan extraño, la hiperinflación puede causar convulsiones sociales en demanda de cambios drásticos y urgentes.

Si bien el pronóstico dista de la hiperinflacionaria alemana de 1933, conducente al hitlerismo, y del Zimbabue de las expropiaciones de tierras en los 2000, el liderazgo nacional debe actuar antes de que la crisis estalle.

Récords así nunca los hemos visto; pero, sí una película parecida. Recuerdo que, cuando la inflación estremeció al país durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez, este prometió a la opinión pública renunciar si la tasa llegaba a 80%. CAP no renunció; pero, aunque intentó sanear la economía, el terremoto social y la “partida secreta” se lo llevaron. De allí fue a prisión; de la prisión al paréntesis político y, de este al exilio hasta su muerte.

De nada han servido las voces de alerta de economistas como Pedro Palma, Ricardo Hausmann, y otros. Esta vez, la voz de alerta viene del Fondo, a cuyas puertas Maduro va a tener que tocar, pues, el 800-China ya no responde.

720% habla de un futuro fantasmal. Bastante grave ya era una inflación acumulada de 141,5%, hasta septiembre, según el FMI, y una total anual superior a 240%, según el BCV. El tablazo se hace más fuerte por la devaluación de la moneda. En diciembre de 1998, comprabas un dólar con 565 bolívares. Para comprar la misma “lechuga” necesitabas 910 bolívares al final de 2015; o sea, 910.000 bolívares de los viejos.

Frente a un panorama tan devastador, Maduro presenta un decreto de emergencia por correspondencia. En vez de un diálogo con la nueva mayoría democrática –surgida de la soberanía popular– ordena a los ministros de la economía desacatar al Poder Legislativo. Estos empleados debían explicar (al país oyente, al país televidente, al venezolano en red) la fuente de los recursos. El destino. El estado de las finanzas. En cambio, el gobierno más “mediático” de la historia vetó el derecho a la información de sus ciudadanos. Pretendió una reunión de Sanedrín, como si de una “partida secreta” se tratara. Hace esto un gobierno que perdió la confianza.

Para colmo, Maduro arranca el año con un barril de petróleo rondando los 20 dólares y cuesta abajo. Esto es, menos de 1/6 de los 126 dólares por barril que gozó Chávez.

No hay reservas “excedentarias” y el país pudiera entrar en un default. Nadie querría prestarle a un gobierno maula. Los nuevos empréstitos vendrían a tasas encarecidas. Visitas de acreedores. Lo extraordinario se haría cotidiano. Después de todo, cualquier parecido con Grecia incluye visitas de la troika. Pingüinos veremos.

En los estertores del autodenominado socialismo del siglo XXI se multiplicarán los pobres. No los panes. No puede ser de otra manera. El Fondo Monetario Internacional ve el PIB de Venezuela contrayéndose en 10%. Tal impacto sería inexistente, o menor, si el neocomunismo –en lugar de expropiar y robar– hubiera respetado la libertad de industria y comercio, y gobernado con decencia.

Es muy sencillo: al destruirse en forma alevosa la producción nacional, hay que importar productos en el mercado capitalista mundial (en dólares) con bolívares pigmeos. Por tanto, necesitas más y más. Vale tan poco el bolívar que –de no ser por las TDC y las TDD, y los tres ceros que “el difunto” le quitó a la moneda– pudiéramos ver a la gente llegando a mercados y supermercados con carretillas de billetes devaluados.

No se necesita ser el filósofo arriba mencionado para concluir que, si bien, hasta el año pasado había algo de plata pero la comida escaseaba, en este no habrá ni lo uno ni lo otro…

Les confieso que, si un ánfora me encuentro, al genio le pediré dos deseos: el primero: que, aunque no me haga más joven, me regrese al horrible 2015. El segundo: que, a falta de jueces probos, haga justicia por nuestras víctimas del hampa, por nuestros presos políticos, por los que tuvieron que emigrar, por esta inflación criminal.

El genio no vendrá y, el ulular de los vientos me dice que todos los monstruos son pequeños comparados con 2016.