• Caracas (Venezuela)

Douglas Estanga

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El fantasma de Schopenhauer

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Corría el año 1803. Sus padres lo habían llevado de paseo a Francia. Allí presenció la ejecución de 6.000 condenados a galeras. Años más tarde, al recordar la muerte de aquellos prisioneros en el patíbulo, Arthur Schopenhauer describiría la escena como “el espectáculo del mal”. Sin mencionar el impacto que pudieron tener en él la observación de cuellos destrozados por el verdugo, las guerras napoleónicas y el sufrimiento de la orfandad en carne propia, el acendrado pesimismo de este filósofo alemán partía de Aristóteles: “Lo mejor que puede ocurrirle a un hombre es no nacer; y lo segundo después de esto es (…) una vez nacido, morir tan rápido como se pueda”. Subyace en este planteamiento una lógica de la desesperanza. Una filosofía de la rendición.

Sembrar el pesimismo en la oposición está en la agenda de quien detenta el poder. Después de todo, los regímenes totalitarios entienden la política como una guerra. Aspiran a derrotar al enemigo, quitarle las armas (tierra, trabajo, capital) bloquear sus sociedades intermedias (gremios, sindicatos, universidades…) y someterlo a su voluntad. No se detienen en el umbral de la reducción física del individuo. Quieren su cerebro. No importa si este es amigo o enemigo. Van por su voluntad. Fue este el leitmotiv del propaganda aparat nazi; y, antes, el del bolchevismo. A este régimen del pensamiento único se resistieron librepensadores como Andrei Sajarov.

En el caso de Venezuela, el descontento social le abrió las puertas a un secuestrador, en 1998. Hoy le toca librarse de los compinches que aquel dejó.

Esta liberación requiere voluntad. Si bien el pesimismo se ha apoderado de muchos, aun en el mismo Schopenhauer podemos encontrar una motivación para el cambio. En su obra cumbre, El mundo como voluntad e idea, plantea que “el mundo es mi representación”. El mundo es tu mundo. Esta tesis le viene al filósofo del budismo, según el cual el mundo es una ilusión. Conocemos la realidad por nuestros sentidos; pero no tal como es, sino como nos la representamos. Los propagandistas saben esto. Los vendedores de una estafa llamada socialismo del siglo XXI no son la excepción. Estos pretendieron venderle a la humanidad la hipnopedia de la que hablaba Aldous Huxley en Un mundo feliz.

Pero ni siquiera en el pesimismo de Schopenhauer un demócrata puede reducirse a la contemplación. El mundo es voluntad: “La acción del ser humano no es otra cosa más que la manifestación de su voluntad objetivada”. En consecuencia, si queremos cambiar a Venezuela tenemos que crear las condiciones objetivas de organización y lucha. Este país no se rindió frente a Hugo Chávez Frías. Tampoco claudicará ante un accidente de la historia llamado Nicolás Maduro. Aquí no habrá ni rendición física ni rendición moral; pues, aun ultrajada, Venezuela acaricia la idea de un futuro mejor.

El nuevo gobierno será de reconstrucción o no será. El próximo presidente de Venezuela debe dejar una obra sustantiva. Solo un ilusionista pudo creer que la creación de un artefacto burocrático –llamado Viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo– bastaba para hacer fluir el agua potable hasta cada hogar, como por arte de magia.

La orden del acorralamiento contra la Asamblea Nacional puede derivar en la salida de un tiro por la culata para Maduro, quien no alcanza a entender que a su gobierno no lo está matando la confrontación política, sino la crisis económica, cuya desembocadura es la tragedia social.

En el palacio de gobierno las cosas no andan bien. Un fantasma recorre Miraflores: el fantasma del pesimismo.