• Caracas (Venezuela)

Douglas Estanga

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Prisión de honor

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En la década de los cincuenta (también antes, también después) América Latina era una bota militar. Desde el Caribe insular hasta el Cono Sur gobernaban los Trujillo, Duvalier, Vargas, Stroessner y otros caudillos abominables. Mientras, Venezuela y Colombia corrían la misma suerte de 14 naciones tiranizadas por sus ejércitos.

En el marco de esa realidad, Lyll Becerra de Jenkins escribe La prisión de honor (1988), la historia de un periodista que se enfrenta a la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. Paradójicamente –mientras el periódico de su propiedad es clausurado– las monjas asignan a la hija de Miguel Maldonado, como tarea escolar, resaltar el parecido entre “el general” y el Libertador Simón Bolívar. Tras la clandestinidad del periódico, allanan su casa. Detenido y llevado a una remota prisión, el frío cordillerano y la pobreza sobrevenida lo van entumeciendo. Su familia –confinada también al cuartel de la montaña– solo puede bajar a la aldea bajo los rigores de una libertad vigilada. A punto de morir en la barraca de su prisión, recibe la sorpresiva visita del camaleónico alcalde del lugar, quien, tiempo atrás había prohibido a su sobrino hablar con la hija del prisionero. Los militares se han ido del fuerte, el alcalde lo sabe. El dictador está refugiado en la Embajada de España y su gobierno está cayendo. Ya todos lo saben.

Rojas Pinilla cayó el 10 de mayo de 1957. Acto seguido, se exilió en la España del dictador Franco. Al año siguiente, Pérez Jiménez siguió sus pasos. Ojalá Maduro lea las páginas de la historia de aquel  país que –se dice– lo vio nacer, y de este que aún preside. En esas páginas, sus ojos pudieran evitarle a su piel el escalofrío de los tiranos.

La defensa de los ideales y principios, hoy como ayer, desafían la templanza. Hombres como Mahatma Gandhi, Nelson Mandela y Lech Walesa tuvieron que pagar un alto precio por las causas que defendían. Para alcanzar la independencia y la libertad de la India, frente al colonialismo británico, Gandhi sufrió severas humillaciones y la pérdida de su libertad personal. Pero esos obstáculos y vejámenes, lejos de quebrarle la moral, estimularon sus ayunos, marchas y plantones frente a la autoridad, como parte de su resistencia civil no violenta. Casi 30 años le tomó el objetivo. Pero, a la larga, su metódica derrotó al imperio donde nunca se ocultaba el sol. En 1947, se convirtió en el padre de la independencia de India. Mandela (27 años preso) y Walesa (detenido muchas veces) derrotaron, respectivamente, el apartheid contra los negros en Sudáfrica y el comunismo en Polonia.

Conquistar la democracia significó prisión, tortura, lucha clandestina, destierro y muerte para los venezolanos en 1958. Ruiz Pineda, asesinado por la Seguridad Nacional; Carnevalli, muerto en prisión; Fabricio Ojeda y Enrique Aristiguieta Gramcko, clandestinos perseguidos; Gallegos, Betancourt, Leoni, Andrés Eloy, Herrera Campins y Caldera, forzados al exilio. Ellos son  solo una muestra de la estirpe de aquellos hombres.

La sociedad venezolana de este tiempo enfrenta una nueva forma de dictadura. Ni la guerra ni la política son ahora convencionales. En el siglo XXI no hay batallas de ejércitos frente a frente, sino guerra de cuarta generación (comprensiva de la guerra de guerrillas, guerra asimétrica, guerra de baja intensidad, guerra sucia, terrorismo, terrorismo de Estado y otras formas elusivas que, usualmente, se mezclan o pactan entre sí). También la política ha cambiado. Las dictaduras de hoy no son aquellas clásicas –de derecha militarista o de tinte marxista-leninista– de otrora, tipo Pinochet o tipo Stalin. Son tiranos camuflados, quienes se arropan con la bandera de los pobres y jamás se bajan de la tribuna del cesarismo mediático. El “Red Tyrannosaurus XXI”, nuevo prototipo de tirano, es legitimado en elecciones donde el rival no enfrenta a un candidato sino al poder del Estado en su conjunto.

A este complejo monstruo se ha enfrentado el liderazgo político, gremial, sindical, eclesial y estudiantil venezolano desde el 4 de febrero de 1992. Pero la refriega ha aumentado en peligrosidad a partir del año 2002. Ese año, al quebrar el paro petrolero –para atornillar a Chávez en el poder con sus buques de gasolina y alimentos, no sin lucro– Lula da Silva le causó más daño que Boves a Venezuela. Hoy día, la prisión que amenaza al ex presidente de Brasil (de comprobarse su culpabilidad en el presunto cobro de coimas por más de 7 millones de dólares) no será una prisión de honor.

Ninguna restricción a la libertad es buena, pero la prisión es la peor. A ella se han enfrentado Henrique Capriles Radonski, en 2006 (acusado de asediar la Embajada de Cuba); Leopoldo López y Antonio Ledezma, desde 2014 y 2015, junto a otros 93 venezolanos que aún continúan encerrados por sus ideas y actuaciones políticas, de acuerdo con la lista de venezuelaawarness.com. La historia les reconocerá su valor. También a nuestros exiliados, y a una valiente llamada María Corina Machado, desaforada del Parlamento por su resonante “expropiar es robar” en los cachetes del expropiador. En un país de presos políticos, todo aquel que adversa al régimen vive bajo libertad condicional.

Si Maduro quiere irse con rostro humano de la presidencia, debe liberar a los presos políticos antes de llegar a la última página de Rojas Pinilla. Después de todo, aunque fue expropiado de los bienes mal habidos, por poco vuelve a ser presidente de Colombia. La vida es una novela. La prisión de honor de Lyll Becerra de Jenkins termina con un prisionero convertido en héroe civil, y un pueblo gritando: “¡Viva la libertad!”.