• Caracas (Venezuela)

Douglas Estanga

Al instante

Gobernabilidad: tarea Fuerte para un Estado Fallido

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Prima facie y lato sensu, gobernabilidad es la capacidad de un gobierno para cumplir sus competencias y satisfacer las legítimas demandas de la sociedad de manera eficaz. Muchos fracasan en el intento. Aparecen entonces las crisis de gobernabilidad, las cuales, en las democracias auténticas, son superadas por vías pacíficas. Venezuela fue un ejemplo de ello al reemplazar constitucionalmente al presidente de la República en 1993. No siempre fue así en este país.

No siempre es así en el mundo. La indignación de las masas puede brotar, inusitadamente, por el heroísmo de un hombre. Tal fue el caso de la Primavera Árabe, atizada por la inmolación de un humilde vendedor ambulante, a quien la policía lo despojó de sus mercancías. Su muerte hizo aflorar las fallas estructurales de los regímenes tiránicos de Túnez, Argelia, Egipto, Libia y Yemen -entronizados durante décadas en el poder- e incendió una llama en el pueblo sirio, que aún busca paz y libertad.

Las fallas sistémicas son el caldo de cultivo para emprender cambios paradigmáticos. Estas falencias pueden ser crisis económico-financieras, como la quiebra de Grecia, que llevó a Alexis Tsipras al poder. Crisis sociales, estimuladas por fenómenos como desempleo, inflación, expropiaciones, confiscaciones, desabastecimiento, conflictividad laboral, delincuencia, drogas, homicidios, secuestros, ultrajes al pudor, delitos contra la propiedad y, en suma, por el deterioro de la calidad de vida. Venezuela es hoy el enjambre de ese avispero.

Crisis políticas, como la del escándalo de Watergate, que conllevó la renuncia de Richard Nixon y como los numerosos cambios de gobierno en las democracias parlamentarias. Entre ellos, el caso del conservador Passos Coelho en Portugal, defenestrado por una alianza de izquierdas en apenas 11 días o la dificultad político-matemática para formar nuevo gobierno en España.

Crisis por razones éticas, como el caso de Guatemala, cuyo pueblo -hastiado de la corrupción- protagonizó una crisis de gobernabilidad conducente al antejuicio de mérito y al allanamiento de la inmunidad del ahora ex presidente de la República, Otto Pérez Molina, quien es juzgado por el Tribunal Supremo a fin de determinar su responsabilidad en delitos contra la cosa pública. Es evidente que, en los países donde el poder judicial es autónomo y probo, las desviaciones éticas del liderazgo acarrean trances con consecuencias.

Crisis de institucionalidad ocasionadas por poderes inútiles. Superfluos y complacientes, como los componentes del Poder Moral al doblar la cerviz. Cursis, como el Viceministerio para la Suprema Felicidad Posible de Venezuela. Acéfalos, como los juzgados sin jueces. Humillados, como los cuerpos policiales por las pandillas. Calamitosos, como los hospitales que -a pesar de sus enfermeras y médicos- no curan. Indiferentes, como la FAN con la Constitución.

Paradójicamente, los militares del 4F le vendieron a Venezuela la idea de un gobierno honesto, nacionalista, fuerte y eficiente. La entrega del Esequibo dice lo contrario. Es el drama de un régimen autoritario que permite a las guerrillas del FBL, del ELN y de las FARC el cobro de vacunas a los habitantes de las fronteras. Es el celestinaje de un gobierno que, bajo el eufemismo de “territorios de paz”, adjudicó zonas a las bandas armadas, donde los policías tienen prohibida la entrada. Diabólico pacto de un Estado Fallido que claudica ante las fuerzas del mal.

Si bien en Venezuela no hay vacío de poder, sino autoritarismo, llevarla a la condición de Estado Fallido (en lo ético, en lo institucional, en lo social y en lo económico, a punto de un default) tuvo sus consecuencias internas en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015. También las tendrá en el plano internacional, pues cuando el gobierno se abstiene de impedir -o al menos de mitigar- el narcotráfico y el lavado de dinero, se convierte en una amenaza para la seguridad y la paz social de otras naciones.

Recordaremos al chavismo como al mamut, un mastodonte que alguna vez existió. Y a Chávez y a Maduro como los enemigos de la autonomía de poderes. Enemigos de Bodino, predicador del principio, según el cual, “el rey debe renunciar a administrar justicia por sí mismo y a dejar ese cuidado a los jueces independientes.” Los recordaremos como a Ti Noel y a Mackandal, en El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, añorando a sus reyes africanos. “Reyes de verdad”. Superiores a los pelucones de Europa, incompetentes para dictar leyes y dirimir litigios. Poder absoluto. Chamanes y jueces del bilongo. Afortunadamente, nuevos actores han insurgido en la escena política venezolana. Diputados que les cerraron el grifo a quienes malversaron más de 300 millardos de dólares en robolución.

No la tiene fácil Maduro. Pasar a ser minoría -y tener que gobernar- es una tarea fuerte para el autoritario débil.