• Caracas (Venezuela)

Douglas Estanga

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El Final de Maduro, ¿fin del PSUV?

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Cuando Napoleón entró a Moscú tras la Batalla de Borodinó, ya -antes de huir- Rostopchin había ordenado el incencio de la ciudad. Es verdad que, en Guerra y Paz, Tolstoi no lo culpa. La desgracia pudo provenir de algún espontáneo. Quizás, los soldados franceses celebraron en exceso la victoria. Quizás, los piromaníacos rusos dieron fiel cumplimiento a las palabras del jefe en retirada.

No debería el Presidente de Venezuela apagar el fuego con gasolina. Éste 20 de febrero, ha llamado a defender su gobierno “por las buenas o por las malas”. Lo hace desde el Parque Ezequiel Zamora, caudillo de quien –entre 1859 y 1863– en medio de la Guerra Federal, una copla decía: “Tiembla el oligarca/ se espanta y se azora/ al oír el nombre/ de Ezequiel Zamora”. Mientras, en otro lugar del país ensangrentado, gritaba un alebrestado: “Yo quiero ver un godo/ colgado de un farol/ y miles de oligarcas/ con las tripas al sol”.

Nadie en democracia puede “quedarse por las malas”. Ni siquiera en la Venezuela de hoy, que recuerda ya al Serengueti. La Sala Constitucional no da para tanto. Ni siquiera el resultado adverso de esa aventura (irse por las malas) es deseable. No tiene sentido despedirse con sangre. Menos aún, si la sangre a derramar no es la suya.

Tiene sentido la renuncia del Presidente. Venezuela se lo agradecería. Su partido también. Después de todo, en la guerra y en política las capitulaciones no son sinónimos de extinción. Sirven para salvar la vida de ejércitos casi completos. Miranda es un buen ejemplo. Tuvo que firmar la capitulación de San Mateo, en 1812, tras la pérdida de Puerto Cabello. Como recompensa del tiempo, en menos de diez años, el ejército patriota pudo cristalizar su proyecto de una nación independiente. Por supuesto, a los fundadores de la patria los movían otros ideales.

En vez de exponerse a una derrota aplastante en referéndum (revocatorio o aprobatorio de enmienda reductora de su mandato) la salida pacífica de Maduro sería una oportunidad para el chavismo. La izquierda podría reinventarse a sí misma a la vuelta de unos años. Si tomara la iniciativa, Maduro dejaría como legado una paz política e institucional acordada con transparencia.

A la hora del pensar profundo y del crujir de dientes, cada quien intenta salvar el pellejo. Los Diputados de la AN, Gobernadores, alcaldes y demás funcionarios de su propio partido le agradecerían la renuncia a Maduro. Por si fueran pocas las virtudes de una eventual carta de renuncia, sería un alivio para los magistrados del TSJ. Sus hombros descansarían. Sus conciencias, no creo. La ciencia no tiene bálsamo para ciertos remordimientos.

Pero, no es la renuncia la única carta que Maduro puede jugar. Si teme que la historia juzgue su renuncia como un acto de cobardía, yo le recomendaría una alternativa democrática: Activar el artículo 341 de la Constitución, en su cardinal

1. Tomar la iniciativa de la enmienda para reducir su propio período presidencial. Formulo esta hipótesis de trabajo tan solo como eso. Ojalá no quede en el aire. Desgraciadamente, entre su puesto temporal y su puesto en la historia, me temo que Maduro prefiere el primero.

Por supuesto, la claudicación no va a llegar sola, en forma espontánea. Muchos intereses propios y extraños están en juego. Pero, en algún momento de la crisis, la Fuerza Armada Nacional tendrá que recordarle al Presidente los altos intereses nacionales que juró proteger o, cuando menos, deberá presentarle el mapa de la realidad que lo rodea.

En la lógica de las revoluciones –llámese Mao Tse Tung, Stalin, Tito o Chávez– se supone que el líder ilumina a las masas y al partido. Pero, con Maduro el PSUV vive una lógica invertida. Para colmo de males, a su protuberante escasez de luces, los precios de petróleo le han traído el extravío de la chequera. El PSUV le perdonaba la primera. La segunda, no; y, todo indica que, ha decidido hablarle a su camarada-presidente sobre el futuro colectivo. Es comprensible. Para el revolucionario debe ser desconcertante ver reducida su existencia a hacer colas y a salvarle el de atrás a Nicolás.

Desafortunadamente, los jerarcas psuvistas tienen un error de percepción sobre la crisis económica. Siguen creyendo que a la revolución se la está tragando el imperialismo, y no su propio modelo. No perciben que, con la pala de las expropiaciones, Chávez cavó sus tumbas. No entienden que, el fracaso le es intrínseco al modelo económico socialista. Pero, a pesar de que el mismo modelo fracasó en la URSS y en la Europa Oriental, la izquierda criolla no sale de los dogmas del Libro Rojo. En la página 39 de ese adefecio ideológico marxista se lee esta píldora: “La propiedad privada de los medios de producción determina (…) todos los aspectos de la vida, negando los objetivos de una sociedad humanista”. En otras palabras, para Maduro y sus jerarcas, la propiedad privada es inhumana. Con todo esto, se autodefinen como humanistas. Valdría la pena preguntar, cuál es el lado humano de condenar a una nación al hambre?

Para la mayoría de los venezolanos, lo que está en juego es el futuro del país. Para el PSUV, no. Sus lentes sólo miran a la montaña de sus fortunas. Con razón la diputada Gaby Arellano les recordó, en la AN, que aún no se habían enterado del camión electoral que les pasó por encima el 6D. Los resultados de esa jornada, donde la Oposición obtuvo el 67.07% de las curules frente al 32.93% del PSUV, colocan un handicap mayúsculo sobre la ya fatigada espalda de Nicolás Maduro; a quien, también le es evitable un desenlace como el de su tocayo Ceausescu, en Rumanía. Cualquiera sea el escenario que él elija para finalizar su mandato, es bueno recomendarle a Maduro evitar a Rostopchin después de Borodi.