• Caracas (Venezuela)

Diómedes Cordero

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Una voz responsable

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Apuntes bajo el aguacero. Cien crónicas empantanadas (Caracas: Editorial La Hoja del Norte, Cyngular Asesoría 357, 2013), de Rafael Osío Cabrices, periodista y cronista, compila cien de las pequeñas crónicas que publicó en la columna La vida sigue, entre los años 2004 y 2012 en la revista Todo en Domingo. Quizás la metáfora acuática que alude desde el nombre del libro y que Osío Cabrices usa en la introducción para señalar  el apunte, el dibujo rápido, de la imagen de “un país que parece sumergido por una inundación bíblica” y que quería “traducir la espesura de la noche que nos echamos encima”, marca excesivamente el tono apocalíptico con el que el historiador Tomás Straka, en el prólogo “Ha sido un diluvio”, caracteriza el carácter “profético” de los textos de Osío Cabrices, en relación con los llamados “profetas del desastre”: Juan Pablo Pérez Alfonso, Domingo Alberto Rangel y Arturo Uslar Pietri, considerándolo otro de los “advertidos”, como en el cuento de Carpentier, con “el privilegio de recibir una señal de lo que vendría”.
Osío Cabrices parece consciente del efecto de lectura que puede producir el modo particular y la intención, el estado de ánimo, con el que el cronista reproduce, “dice”, lo real: “La vida sigue se llamaba así porque pretendía brindar un consuelo frente a los problemas que arrasan a Venezuela. Pero luego –soy el primero en admitirlo– fue oscureciéndose, oscilando entre entregas esperanzadoras y otras, me temo que más abundantes, que intentaron describir el ambiente de la nación más allá de sus noticias. Fue así como aparecieron las piezas sobre el drama de la convivencia urbana, las trampas del lenguaje y la destrucción del tejido moral (con lo que pude haber sonado más conservador de lo que en realidad soy)”. Carácter moral, edificante, que Straka valora como “un importante testimonio histórico que en un futuro será muy valorado para compulsar nuestra actualidad, o al menos una determinada sensibilidad y unos determinados valores frente a la misma”, pero que la inteligencia literaria y crítica de Osío Cabrices detecta, a partir de una frase de Rafael Cartay sobre la escritura ensayística: “uno no escribe porque sabe, sino porque quiere saber”, por lo que al reunir la centena de crónicas “sin orden cronológico ni temático”, espera “que el lector distinga entre ellas no solo las ideas adrede repetidas, sino también los vínculos que tienen entre sí, cómo suman distintas aproximaciones a un conjunto limitado de problemas que intenté (intento todavía) resolver”.

En los intersticios de la historia de los problemas políticos y económicos, sociales y morales, cotidianos y culturales referidos  en la escritura de cada crónica y en los de la relación estructural del conjunto de las crónicas, emerge, probablemente, el valor literario de Apuntes bajo el aguacero: después de radiografiar cada domingo durante ocho años el cuerpo exhausto del país bajo la impronta del chavismo, Rafael Osío Cabrices, el periodista devenido escritor, regresa al silencio “para encontrar las palabras que expresen lo que nosotros, ustedes y yo, pensamos”: las mallarmeanas palabras de la tribu.