• Caracas (Venezuela)

Diómedes Cordero

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Diómedes Cordero

Ficción, moral, desgracia

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El sentido moral que el DRAE atribuye a la lucha y el combate parece determinar la ficción en Las guerras íntimas (Caracas: Lugar Común, cooperativa editorial, 2011) del narrador, poeta, ensayista y profesor universitario Roberto Martínez Bachrich. Como señala Terry Eagleton, en El acontecimiento de la literatura (Barcelona: Ediciones Península, 2013), en relación a “la dimensión moral de las obras literarias”, refiriéndose por “moral” al “ámbito de los significados, valores y cualidades humanas, en lugar de al sentido deontológico y escuálidamente postkantiano del deber, la ley, la obligación y la responsabilidad”, Martínez Bachrich pareciera convertir en ficción la historia moral que converge en la forma literaria de cada uno de los diez relatos del libro. Y, sería la desavenencia, la desviación implícita en la desgracia, y no los sentimientos como prótesis emocional o experiencia vicaria de lo literario, el móvil de la ficcionalización narrativa, la que aceleraría el ritmo del acontecimiento y las moralidades de los personajes. Martínez Bachrich sabría que los campos de batalla y las trincheras de las guerras íntimas acontecen en el espacio de la escritura y que el efecto de sentido dependería más de la estrategia narrativa que del espesor moral o ideológico referido; es decir de la intersección diegética del personaje y el acontecimiento  con el predicado y el comentario moral. Como dice Eagleton: “esa intuiciones (morales) son en buena medida indisociables de su encarnación formal y verbal.”

El paralelismo de las tramas de los divorcios de las parejas de Carlos y Emma y del narrador y Marión con el creciente derrumbe de sus apartamentos, de “La grieta”; el juego de matices de las mentiras in/morales de Vladimir y Valeska que causan la muerte de la in/moral tía Tania, de “Los colores oscuros”; el demorado símil de la agonía de una perdiz y la del pintor Rodríguez a manos del  celoso y cornudo marqués de Tordera, en medio de una cacería, de “Como olvidar las perdices muertas”; la magnificencia poética de la denodada lucha del narrador contra las olas en Choroní, con Luisana como destino, de “Aguas perdidas, aguas encontradas”; la forestal con/versión kafkiana y muerte del narrador derivada de las fobias a las mesas, derivada, a su vez, de la muerte accidental de la madre, por el aplastamiento de una mesa, de “Densidad de las mesas”; la inconsciente muerte del narrador y su novia Verónica en el mar de olas huracanadas en Playa Blanca, Adícora, de “Wave”; la relación del resentimiento moral del narrador y la ominosa creciente presencia de gatos negros, causada por la deslealtad amistosa cometida con Martha, anterior amante de Marcos, de “Los gatos negros”; la alegórica y portentosa historia del narrador y su familia (la madre y Julia, la hermana y Mara, la sobrina) desde Marsala (Sicilia, Italia) hasta Margarita huyendo del fascismo, de “El otro mar”; el culposo horror fantasmal (y posterior perturbación metal) de la enfermera Verónica Méndez y su vinculación deudora con la decapitada colega, por accidente, Leticia Blanco, de “Blanco”; y la desopilante venganza venérea del narrador y Mayra a cometer en los genitales de Julián y Eugenia, móviles responsables de la desdicha amorosa, con Umberto Eco y Salustio González Rincones al fondo, de “Sifilíticos e integrados”, colocarían a Martínez Bachrich, junto, probablemente, a Carolina Lozada, Enza García Arreaza y Gabriel Payares, entre los jóvenes narradores venezolanos que habrían entendido, como diría Fredric Jameson, que sus prácticas literarias deben arrastrar lo real e introducirlo autónomamente en su propia textura. De la ficcionalización de la materia moral se ocupa Roberto Martínez Bachrich.