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Diómedes Cordero

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La Ballena Blanca

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Jorge Carrión, narrador, ensayista, crítico, cronista, investigador literario y profesor universitario español, en Librerías (Barcelona: Anagrama, 2013), finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2013, “una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística” según la presentación editorial, compara La Internacional Argentina, la librería de Fernando Garamona, sede de la editorial Mansalva, en Buenos Aires, “probablemente (…) la única librería del mundo donde puedes comprar la gran mayoría de los libros de Aira”, con La Ballena Blanca, la conocida librería literaria merideña de Alejandro Padrón y María Inés de Padrón, como lugares de encuentros y conversaciones a diario de escritores, críticos y profesores universitarios, “porque la literatura es polémica y futuro y textos donde fabular”. Fundada hace seis años, La Ballena Blanca, donde también se encuentra la gran mayoría de los libros del prolífico novelista argentino, parece conjugar en su nombre las cualidades personales e intelectuales de sus fundadores: la condición de escritor y la intensidad creciente de la obra narrativa de Alejandro pareciera seguir la estela literaria de la ballena maligna de Melville, combinada con el hospitalario espacio de la librería, regido por la tolerante inteligencia sociológica de María Inés, que evocaría el bíblico vientre de la ballena de Jonás, han convertido al cetáceo de los libros en un lugar singular de diálogo y placer, producción e intercambio, presentación y lectura de la literatura venezolana, latinoamericana e internacional.

Con un diseño arquitectónico que semeja el esqueleto de una ballena como cierre superior del espacio de la librería, La Ballena Blanca dispone de un pequeño café con barra, mesas, sillas y sofás; un área de lectura para niños; servicio de Internet gratuito; y un espacio de lecturas, presentaciones y exposiciones de pintura, dibujo, escultura, fotografía, arte digital, etc. Pero, lo que singulariza a la Ballena Blanca como librería, allende de la oferta e intercambio de libros y revistas y de la funcionalidad del espacio y la profesionalidad del servicio, es el carácter cosmopolita de su fondo editorial y de Alejandro transmutado en lector y librero: de editoriales tradicionales hasta independientes venezolanas, latinoamericanas y españolas, es posible dar con el hallazgo de un ejemplar inencontrable, con un autor excéntrico o un artefacto literario de vanguardia. Quizá sea Sergio Dahbar quien mejor expresó el carácter cosmopolita de la librería, con la frase: “Hay gente que ya sólo compra sus libros en Mérida” como el sello identificatorio de la Ballena Blanca, en la revista El Librero.

No es de extrañar que La Ballena Blanca se haya convertido en el lugar de reunión y conversación, polémica y acuerdo, proyección y futuro, sustento y despliegue de las mejores y radicales propuestas literarias y artísticas, culturales y políticas de la escena merideña dentro de un marco nacional e internacional de relaciones personales e institucionales, autónomo e independiente, entre las que sobresalen, por su perfil de identidades e intereses comunes, los encuentros de escritores, libreros, editores, artistas, cineastas y ecologistas.

La blancura de la vieja ballena hostil de Melville sigue guiando la navegación entre libros de la homónima librería merideña, blancura que proviene de los abismos y profundidades donde habitan las blancas criaturas de las cuevas y simas donde no llega la luz, como dice Jacinto Antón a propósito de la novela de Jon Bilbao, Shakespeare y la ballena blanca (Barcelona: Tusquets, 2013), reescritura de Moby Dick, con Shakespeare en el papel de cazador de una ballena blanca con el lomo cubierto de arpones y cicatrices.