• Caracas (Venezuela)

Diego Arroyo Gil

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Diego Arroyo Gil

Un poquito de humildad

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El 2 de febrero se cumplieron 15 años de la llegada de Hugo Chávez al poder, y digo al poder y no a la presidencia porque Chávez nunca creyó en la presidencia, sino en el poder. En el inmenso cálculo de la historia parece poco tiempo, pero no lo es. Los miles de asesinados durante su régimen hubieran deseado unos cuantos días más sobre la tierra. Seguramente él también.

Por puro masoquismo, esta semana hice el ejercicio de sacar la cuenta de la edad que yo tenía el día que Chávez se juramentó sobre “la moribunda” y se convirtió de ese modo en un gobernante de facto. El doctor Caldera miraba aquello con una cara de esfinge que, sin embargo, era claramente descifrable. Era la misma cara que tenían mis padres mientras transcurría aquella misa negra.

Ellos estaban echados sobre su cama y yo sentado en un borde de ella, con la televisión delante. Mientras mis padres hacían conjeturas sobre el futuro, yo guardaba silencio. Acaso si recordaba que el hombre que se comportaba como un guapetón de barrio en el estrado del Congreso era el mismo al que años atrás había escuchado aceptar que había fallado en su plan de asestar un golpe a la República, “por ahora”. Ya entonces el felón no albergaba la menor duda de que algún día la destruiría.

Hace más de dos décadas que ocurrió el frustrado golpe de Estado de 1992. Hace tres lustros fue la juramentación de Chávez. Bastaría con revisar cuántos expresidentes de Venezuela siguen vivos para darse una idea de la salvaje transformación a que ha sido sometida nuestra realidad política. Han muerto todos, excepto Jaime Lusinchi y Ramón J. Velásquez, que son como dos remotos sobrevivientes de un tiempo igual de lejano, también complejo e interesante.

Yo tenía 14 años cuando Chávez llegó al poder. Aunque parezca un ejercicio estéril, tengo la cifra a la vista para valorar lo que ha significado este tiempo venezolano, pero asimismo para no olvidar la responsabilidad que tengo como ciudadano y como miembro de una sociedad que tiene por delante un reto indecible y que guarda no pocas dudas con respecto al porvenir.

Confío en que los dirigentes de la oposición que están buscando la salida y la llegada, y que hoy nos tienen preguntándonos qué es lo que les pasa, hagan también su propia suma y su propia resta. Quizá eso los ayude –y permítanme decirlo con palabra legitimada por Uslar Pietri– a dejar la pendejada. El país ha sufrido demasiado durante demasiado tiempo como para que ahora vengan ellos a ponernos en este trance. Les haría bien un poquito de humildad. Su falta es una de las causantes de que hayamos llegado a este barranco.