• Caracas (Venezuela)

Diego Arroyo Gil

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“Contundente”, ¡qué hartazgo!

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Valiente, resuelto, incontestable, decidido, firme, claro, vertical, directo, fuerte, irrefutable, determinante, etcétera, etcétera, etcétera. Todas estas palabras y otras más quieren ser sustituidas por el adjetivo “contundente”, que por estos días hace fama como el único posible, como el calificativo ideal, como el naipe estrella de la baraja idiomática. Cunde en la prensa y en el habla común como una plaga.

Los que emplean la bendita palabra, sin embargo, no saben que la usan mal. Ignoran lo que de veras significa. Al menos en principio, “contundente” es cualquier cosa que causa contusión, es decir, que produce un daño. No es sinónimo de valiente, resuelto, incontestable, decidido, firme, claro, etcétera. “Escuche el contundente mensaje de Navidad de Capriles”, “Piqué le declaró su amor a Shakira de manera contundente”, “Lea la contundente carta que Luis Chataing le escribió a su equipo de trabajo”, “En Venezuela lo que hace falta es un gobierno bueno y contundente”.

El asunto es más grave de lo que parece. Además de revelar que en las salas de Redacción de los periódicos se hace cada día menos caso a los correctores, es síntoma de que la violencia tiene amarrado al venezolano hasta por la lengua. El que habla o celebra que otros hablen “contundentemente” en el fondo se complace en que la palabra esté al servicio del salvajismo en el que actualmente vivimos.

Contundente era Chávez, y a la vista está el país luego de los garrotazos. Contundente es Diosdado Cabello, que no en vano tiene un programa de televisión que se llama Con el Mazo Dando. Lección para no olvidar: la civilidad comienza por la boca.