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A la cárcel por ser opositor

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Hace 15 meses que el ex alcalde y líder opositor Leopoldo López permanece detenido en la cárcel militar de Ramo Verde acusado por el gobierno de instigar a la violencia.

Su juicio se ha alargado desde septiembre, y durante algunos meses las audiencias han ocurrido con regularidad, mientras que en otros se han detenido sin aviso previo. Las convocatorias para las audiencias no sólo están sujetas a la discrecionalidad de un sistema judicial bajo el control del presidente Nicolás Maduro, sino que también están cerradas a la prensa.

Uno de los mayores cargos del gobierno de Maduro es que López estaba enviando sutilmente mensajes subliminales para fomentar la rebeldía. (¿Acaso alguien todavía cree en mensajes subliminales? ¿No pasaron de moda en los años 70?) Un testigo gubernamental, un experto en telecomunicaciones, dio como prueba de las actividades nefastas de López que en uno de los días de manifestaciones su teléfono celular no recibió ninguna llamada doméstica, pero sí varias internacionales. ¿Llamadas internacionales? ¿Por ello es culpable?

Todo esto podría ser ridículamente risible hasta que uno conoce sus padres. Su madre y su padre, muestran el estrés y la angustia de tener a su hijo detenido arbitrariamente y en estado de aislamiento e incomunicación. Al hablar con ellos, un padre no puede evitar imaginarse lo que ellos están experimentando: temor por la seguridad de su hijo y preocupación por lo que le está pasando. Pero en los padres de Leopoldo López también hay orgullo por el compromiso de su hijo con valores democráticos y con su país.

Su hijo sigue haciéndole frente al titular de Ramo Verde, el coronel del ejército Homero Miranda, sin temor a las consecuencias. Un gobierno que acusa a un opositor político con cargos tan absurdos, alarga el juicio y lo aísla en una celda de dos metros cuadrados puede hacerle lo que quiera detrás de puertas cerradas.