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Apolo y Venus

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Desde los remotos tiempos de la Grecia clásica el cuerpo humano fue objeto de exaltación, inspiración artística, idealización de un canon de belleza y objeto erótico que incluía lo femenino y masculino y que atravesó siglos y culturas inventando términos que aludían a deidades greco-romanas como Apolo y Venus, representantes de la atracción sexual mientras que un regordete Cupido con arco y flecha asumía la corporización del amor, el romance y, a veces, el matrimonio, institución no siempre necesaria en tiempos paganos e imprescindible en épocas judeo-cristianas.

Pero con el correr del tiempo y la historia al introducir el concepto de "pecado original", motivo de expulsión del paraíso de nuestros padres bíblicos Adán y Eva, la desnudez dejó su inocencia y se transformó en la incitación a la lujuria; la costilla del hombre, como se denominó a la mujer era más culpable que el macho tentado por la repugnante serpiente que comía la manzana.

A partir de ese concepto simbólico, el cuerpo desnudo o semidesnudo comenzó a ser censurado no obstante lo cual los grandes maestros de la pintura y la escultura renacentistas volvieron a revalorarlos alternando vírgenes, santos y angelitos con rotundas nalgas, senos no tan protuberantes y hercúleos efebos de pectorales grandes y penes.

La publicidad gráfica ha jugado en los últimos dos siglos con la atracción del cuerpo femenino para promocionar ropas, gaseosas, dentífricos, muebles de cocina, desodorantes, perfumes y preservativos y, en los últimos sesenta años, han incorporado cuerpos masculinos torneados, musculosos, estilizados o andróginos para todo tipo de productos.

O sea que la batalla de los sexos está bastante pareja y si bien la mujer está cosificada desde muchos años antes que el hombre, hoy en día se sigue apelando al sexo, los anglo-sajones hace siglos que denominaron "sex-appeal", a eso que en castellano es “apelar al sexo”.