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Repartir la escasez

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El anuncio de Nicolás Maduro de que en breve entrará en vigor una tarjeta de racionamiento de productos básicos (por supuesto, con su habitual eufemismo -léase cinismo- el inquilino de Miraflores se refirió al nuevo engendro como "un nuevo sistema que va a abastecer a la familia venezolana"), es un paso más del chavismo en la dirección equivocada, es decir, La Habana. 

Siguiendo el guión de sus mentores ideológicos, Maduro ha decidido que el objetivo nunca debe ser aumentar la riqueza. Para el ex conductor de buses de Caracas, devenido sindicalista, devenido canciller, como para los hermanos Castro, el propósito de los gobiernos no es elevar cada día la barra que delimita el territorio de la pobreza porque, según su parecer, en la misma medida que los ciudadanos adquieren bienes también ganan independencia del todopoderoso y paternalista Estado y, finalmente, se convierten en unos tipos "escuálidos" y "pequeño burgueses" que para nada se acercan al hombre nuevo que aspira a construir el socialismo del siglo XXI.

De lo que se trata, según esta filosofía de la economía planificada y la concentración de todos los medios de producción en las manos de quienes tienen las riendas del poder, es de repartir la pobreza. 

En último caso, esa es la esencia de la tarjeta de racionamiento que verá la luz en Venezuela como resultado de la limitación del porcentaje de ganancias de las empresas y los controles cambiarios, y no de la fantasiosa "guerra económica" que se ha inventado Maduro para justificar el desastre que han representado las nacionalizaciones emprendidas por su antecesor Hugo Chávez.

La historia está contra Maduro. El sonado fracaso del modelo económico cubano (los longevos Castro todavía insisten en que las carencias en la isla son consecuencia del embargo de Washington) debería bastarle para entender su error, pero igual sería injusto pedirle "al hijo de Chávez" una muestra de inteligencia.