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Raúl Castro en su virreinato

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El gobernante Raúl Castro desembarcó ayer en Venezuela como si llegara a un virreinato cubano.

El octogenario dictador arribó a tierras venezolanas para rendir tributo al desaparecido Hugo Chávez, el hombre a quien Cuba le debe la supervivencia a la debacle que siguió al derrumbe soviético. Así que se explica la diligencia de Raúl Castro en viajar hasta el Cuartel de la Montaña para homenajear al Comandante Eterno (el venezolano, el otro que vive en la eternidad está en La Habana) y sumarse al desfile militar en el Paseo de Los Próceres, junto a otros acólitos del chavismo como Evo Morales y Daniel Ortega.

“Chávez está hecho millones”, “Todos seguimos siendo Chávez”, “Tras la huella del amigo que nunca muere”, retumban los esmerados ditirambos de la disciplinada prensa cubana. El coro propagandístico que acompaña el viaje de Castro II responde al libreto de ocasión. Cuba sabe que es hora de estrechar filas en torno al bastión que sostiene su economía con 100 mil barriles de petróleo diarios que cada vez resultan más irrenunciables para la isla en crisis.

El régimen de La Habana, obviamente, no está de espaldas a la tormenta política y social que sacude a la nación sudamericana. La preocupación recorre los altos mandos gubernamentales y circula entre la población que teme un colapso en Caracas y mayores penurias para la incertidumbre cubana.

La jornada para la oposición venezolana fue particularmente represiva. No debía esperarse otra cosa con un Castro de visita en Caracas, con suficiente experiencia y recomendaciones concretas para sofocar disidencias e inconformidad popular.

Tal vez fue una señal nada promisoria que la bandera cubana se descorriera del asta durante su izamiento en la ceremonia de bienvenida al infame visitante.