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Lezama: Nunca en mi vida jugué pelota

Lezama se enorgullece cuando subraya que nunca ha recibido un salario por animar al Caracas / Henry Delgado

Lezama se enorgullece cuando subraya que nunca ha recibido un salario por animar al Caracas / Henry Delgado

Es caraquista desde que nació el Cervecería. Le dicen “Chivita”, por el característico vello facial que ha usado durante décadas. Todo aficionado conoce su apellido, aunque algunos olvidan su nombre. Ya casi centenario, es figura emblemática de nuestro beisbol

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La madre de Jesús Lezama soñaba con verle usar uniforme. Quería que su hijo asistiera a la Escuela Naval, que llegara a almirante. Él lo recuerda con una sonrisa, mientras enumera los anhelos de su madre, demócrata a carta cabal, militante del PDN, que debió ir al exilio en Trinidad llevándose a su pequeño, en los tiempos del general Juan Vicente Gómez.

Lezama pasó seis años en la marina, tras ingresar a la Escuela de Grumetes. “Ni siquiera cogí una tira de sargento”, ríe. “Yo era muy rebelde. Todavía lo soy. Rebelde de nacimiento”.

Hace más de medio siglo que usa uniforme, sin embargo. Camina por las tribunas de los estadios venezolanos, armado con su corneta y los colores del Caracas, el equipo de sus amores. Es tan famoso como las estrellas a las que ha animado.

-¿Cuál es su primer recuerdo del beisbol?

-El triunfo del 41. El beisbol en Caracas no tenía vida antes de eso, sino el fútbol. El beisbol surge a raíz del 41 y coge vida a partir de 1941 o 1942, gracias a la victoria de Venezuela en La Habana. En un bar de Tucupita podíamos escuchar Ondas Populares, aunque costaba las mil y una. Recuerdo eso y las voces de Enrique Vera Fortique y Pablo Morales, narrando.

-¿Estaba en Caracas en 1942, cuando nació el Cervecería?

-Sí. Me trajeron “enguacalao”.

-¿Cómo le nació tanta devoción por el equipo?

-Porque eran puros criollos. Eso fue una furia.

-¿Qué recuerda del viejo estadio de San Agustín?

-Eran puros hombres en las tribunas, “empaltolaos” y con sombreros. Yo me coleaba para entrar. Era un espectáculo bonito. El estadio era pequeño, cabían unas 8.000 personas.

-¿Y cuándo pasó de ser fanático a convertirse en animador?

-Yo iba al estadio con mi corneta y mi chaqueta, y cuando el equipo viajaba, yo pagaba mis gastos, hotel y todo. Empecé más o menos en 1945. Después de unos 15 años, el señor Oscar Prieto, el Negro, que en paz descanse, me incorporó al equipo y desde entonces me pagan los viáticos. Pero nunca cobré un sueldo. Nunca.

-¿No se cansa?

-Mi familia dice que cuando termina el beisbol, me enfermo. Y que en septiembre me llega el remedio. El beisbol es mi pasión, mi vida. Por eso sentí mucho, todavía me duele, lo que hizo la directiva de La Guaira. No el equipo ni su fanaticada, sino esos dos señores que me sacaron de las tribunas como un delincuente. Por eso dije que el Dios warao del Delta los ha castigado. No ganarán mientras ellos estén ahí.

-¿Y tienen algún significado warao esos collares que usa?

-No. Lo hago por echar broma. La verdad es que creo en Dios, no en brujería (ríe).

-¿Jugó pelota, alguna vez?

-Nunca.

-¡¿Nunca?!

-Nací en Tucupita, pero me crié en Trinidad. Allá se jugaba cricket y fútbol.

-Pero después, ya mayor, ¿ni siquiera una partidita de softbol?

-Nada. Nunca.

-¿No agarró un bate o un guante en alguna práctica?

-Una vez, el Loco Torres estaba haciendo fungo en una práctica y me puse a ayudarlo, cogiendo las pelotas. Pero no vi una y me pegó en la boca. Tiré el guante y me fui. Más nunca.

-¿Con qué peloteros ha tenido mejor relación?

-Con todos. Pero especialmente con mis compadres Baudilio Díaz y Antonio Armas. Tuve una gran amistad con el Chico Carrasquel. Y la tengo con Roger Cedeño.

-¿Cuál fue el más perrocaliente?

-Hay uno que es artista, que es mi amigo personal. El Potro Álvarez. Me decía: “Chivita, no te preocupes, hoy me pitan, pero voy a ser un grandeliga y me dirán Don Antonio”. Era un chamo. Gran amigo mío, pero perrocaliente. Él y Liu Rodríguez, ambos compadres.

-¿Y el más antipático?

-Los ha habido. Pero a casi todos los cambian o los venden.

-¿Siempre ha usado el mismo cornetín?

-Antes era una corneta con pera. Pero en San Agustín, un fanático del Magallanes me robó la pera, así que me llevé la corneta a la boca y soplé. Así empezó. Más nunca usé la pera. Eso fue como en 1950 o 1951. Pero esta de ahora es otra. La original la doné al Salón de la Fama de Valencia, con mi chaqueta. Esta es una corneta de bicicleta, que adapté. La primera era una corneta de un carro, un Ford o un Plymouth, no recuerdo.

-¿Desde cuándo usa ese gran dedo de goma espuma que luce cuando suena el Himno Nacional?

-El primero me lo trajo César Tovar, cuando jugaba con los Mellizos, en los años 60. Decía “Twins” y lo forré con el tricolor. Lo tengo en la casa, como un recuerdo de César. Este de ahora también me lo trajeron de Estados Unidos, pero no dice nada.

-¿Y por qué le puso una banderita en la punta?

-Para darle más caché (ríe).

-¿Guarda cada uniforme que ha usado?

-Todos. Este año me tocaba el número 94, pero me dieron otra vez el 93. Fue un “error de imprenta” (ríe). El año que viene me toca el 95, porque el 9 de febrero cumplo 95 años de edad. Nací en 1918.

-Debe tener toda una colección de firmas, uniformes, pelotas…

-Nada. Ni un bate. La gente se muere por una pelota o una firma. Tengo muchas fotos. Mi casa parece un museo. Puras fotos. Pero más nada.

-¿Y no le han regalado uniformes, gorras, guantes?

-Nada. Los peloteros no regalan nada. Y estos de ahora, menos.

-Siempre he leído que fue muy buen bailarín. ¿Todavía baila?

-Ahora no puedo, porque estoy mocho (ríe). Me operaron la rodilla. Pero bailé con Yolanda Moreno, cuando ella todavía vivía en El Guarataro, gente humilde, como yo. Me salí cuando vi que había muchos Ricky Martin. Tengo dos hobbies: el beisbol y la salsa vieja.

-¿Cómo vivió el cambio, cuando el Caracas pasó de ser Cervecería a Leones? ¿Le pegó?

-¡Pero si ni cambió el nombre! Dejó de ser Cervecería, pero seguimos siendo Caracas. Y desde los tiempos del Cervecería nos llamaban Leones del Anauco, porque la oficina estaba en la esquina de Anauco y los peloteros trabajaban en la empresa.

-Formemos su equipo favorito de todos los tiempos, posición por posición. Uno de puros caraquistas.

-Baudilio catcher. Gonzalo Márquez primera base. Manny Trillo segunda. Luis Romero Petit tercera. En el short me quedo con el Chico. Y atrás, Dalmiro Finol, Héctor Benítez Redondo y Guillermo Vento. Tengo que dejar en la banca a Armas, a Vitico Davalillo, a Tovar, porque el Caracas es muy grande. Y el pitcher es Carrao Bracho: 109 victorias.

-¿Cuál es la mayor alegría que le ha dado el Caracas?

-Lloré en México, en la Serie del Caribe de 1981, cuando mi compadre Armas anotó desde primera la carrera del campeonato. Y la decepción más grande también fue en una Serie del Caribe, en México, cuando no ganamos porque el colorado Ken Phelps no hizo un pisicorre y perdimos ese chance.

-¿Quiere que lo entierren con el uniforme del Caracas?

-Uno después de muerto no se lleva nada. Lo que me den, que me lo den en vida.

-¿Tiene muchos amigos magallaneros?

-Muchos. Casi todos mis compadres.

-¿Y sus hijos?

-Tengo 14. Uno es magallanero, pero los otros 13 son caraquistas.

-¿Y cómo le salió magallanero?

-Tengo 42 nietos, bisnietos y tataranietos. Varios son magallaneros, porque cada quien decide lo que quiere. En la casa todos creemos en la democracia.