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La serie que enamoró a una ciudad

El lateral zurdo logró su primer gol desde junio de 2011 / Reuters

La eliminación ante Gremio golpeó duro a Cichero y al grupo / Reuters

Desde que Caracas llegó a cuartos de final contra Gremio en 2009, todo cambió. Dos choques que marcaron la historia de la institución colorada. El martes brasileños y venezolanos volverán a verse en Porto Alegre

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Caracas, como ciudad, comenzó un flirteo con su deporte menos apreciado a mediados de la década del dosmil. Se recuerdan varios campeonatos celebrados por el equipo de Guillermo Valentiner en el anonimato, antes de los días de idilio recientes, con fiestas en la intimidad de un estadio (Brígido Iriarte) que Luis “Pájaro” Vera bautizó como “el más grande del mundo”.

“No era por bonito o imponente. Era el más grande del mundo porque así ganáramos todos los títulos cada año, nos era imposible llenarlo”, contó entre risas el guayanés, quien formó parte de aquellos días de victorias anónimas, y del comienzo de un romance que aún perdura.

El punto de ebullición del fervor que despertó el Caracas sobre su público, lo alcanzó en 2009. Fue después de la campaña admirable de la Libertadores de 2007, cuando vencieron a River Plate dos veces, una de ellas exiliados en Cúcuta, y cayeron con Santos en octavos de final.

Después vino la consolidación del proyecto futbolístico de la familia Valentiner con la Libertadores de 2009. Caracas llegó a cuartos de final después de pasar de grupo y dejar en el camino a Deportivo Cuenca, con un emocionante 4-0 en el duelo de vuelta en el Olímpico de la UCV. El destino los emparejó con Gremio. El partido de ida se disputó el 28 de mayo de 2009, en el coso caraqueño, por primera vez, a casa llena.

“Sabíamos que íbamos a enfrentar a uno de los rivales más complicados de esa Libertadores”, recordó el entrenador de los colorados de aquel entonces, Noel Sanvicente, sobre el cuadro brasileño, semifinalista de aquel torneo donde sucumbió ante Cruzeiro, que a la postre perdería la final con Estudiantes de La Plata.

“Lo primero que me llamó la atención al salir a calentar a la cancha, fue ver ese gentío. Era un mar de personas llenando las tribunas, y me di la vuelta y la principal también estaba repleta, y veía que entraba más y más gente a las gradas. En ese momento volví a ver la principal, y me dije, menos mal que le dimos este regalo a Guillermo Valentiner en vida. Le hicimos realidad el sueño que tanto quiso, ver un estadio de fútbol lleno, para ir a apoyar a su Caracas”, contó emocionado Sanvicente.

Color esperanza. Durante el calentamiento, al equipo lo acompañaba la canción de Diego Torres, “Color Esperanza”. “Era como un símbolo. Nos llenaba de fuerza. Teníamos una responsabilidad muy grande. Habíamos enamorado a una ciudad con nuestro fútbol, y no les podíamos fallar. Esa noche fue de las más lindas que viví con el club, y en toda mi carrera profesional”, contó Luis Vera, quien era el mediocampista central de ese plantel capitalino.

De esa noche sólo queda en el equipo que el martes jugará contra los de Río Grande Do Sul, Edgar Jiménez. “Teníamos un grupo más experimentado que el de ahora. Había mucho recorrido en Libertadores dentro de esa plantilla. En aquel momento yo era el chamo, el más joven; ahora es diferente, ahora es a mí a quien le toca ayudar a los muchachos”, recordó el capitán de la escuadra colorada en la actualidad.

El duelo de ida culminó empatado a uno. Un resultado complicado para el cuadro local, después de que estuvo ganando 70 minutos, tras el gol de Gabriel Cichero a los dos minutos de haber comenzado el partido, a centro de José Manuel Rey.

La igualdad de los brasileños llegó de otro central, Fabio Santos, al minuto 74, en otra jugada a balón detenido. Tres minutos después se encendieron los aspersores de la cancha, y todo se enfrió, dejando la definición para el duelo de vuelta en Porto Alegre.

“Dimos un gran espectáculo en esa eliminatoria, jugamos muy bien”, rememoró Jiménez. “Lo que más recuerdo es que quedamos a las puertas de clasificar en el partido de vuelta. Hay dos jugadas que siempre se me vienen a la memoria, terminando ese partido en Brasil: El cabezazo de (Rafael) Castellín que pegó en el palo (al minuto 80), y luego la jugada de Gabriel (Cichero) en la que definió por fuera un mano a mano contra el arquero. Fueron jugadas que marcaron esa serie. Me quedo con la actitud que mostramos en esa serie”, resaltó.

Amor al fútbol. Noel Sanvicente aseguró que ese Caracas era, futbolísticamente, capaz de enamorar a la ciudad. “Lo hicimos jugando como a nosotros nos gusta. Con juego corto, dos volantes que le daban mucha salida al equipo como “Pájaro” y Edgar, y luego uno que cortaba mucho y que jugaba por todos lados, que era Lucena. Ese equipo tenía muy buenos centrales (Rey y el uruguayo Davis Barone), y del medio para arriba había mucha creatividad, con Castellín, Darío Figueroa, Jesús Gómez, (Alejandro) Guerra y Emilio Rentería”.

“Era un gran plantel, que hizo un fútbol capaz de llenar estadios y que brindaba espectáculo, además de la posibilidad de darle una alegría a la ciudad, que se enamoró de su equipo con buen juego y alegrías”, destacó.

“Sabemos que ahora son situaciones distintas, la de aquellos días con las de hoy. Esto de ahora es en fase de grupos, aquello era en una eliminatoria; pero ambos se viven con mucha intensidad. Hay que ir sin escondernos, a buscar tres puntos”, remató esperanzado Jiménez.

Idilio duradero

Alejandro Batista, encargado de Mercadeo y Relaciones Institucionales del Caracas, aseguró que esa serie contra Gremio, cambió el acercamiento que ellos tenían al fanático, para entrar en una fase donde se solidificó el vínculo.

“Desde esa serie en 2009 hasta hoy, el promedio de asistencia de nuestro equipo ha ido siempre en aumento. Ahora no bajamos de nueve, diez mil personas por partido, algo que hasta esa fecha era impensable. Ese año se inició un punto de encuentro entre el fanático y el equipo, que hemos ido afianzando desde entonces”, contó.

“Esa noche, el caraqueño entendió que Caracas pertenecía a su ciudad, y que el fútbol es un acto cultural dentro de su propia idiosincrasia. El habitante de la ciudad comenzó a tener un símbolo más con el cual identificarse, uno ganador, que traía además consigo la alegría del gol y la celebración. Esa sensación que además, no sólo se vive en las grandes ocasiones, sino en cada fin de semana”, destacó Batista.