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La vida del atleta paralímpico

Javier Rivero colabora con los judocas paralímpicos. Aquí se le puede ver en una exhibición junto con Naomi Soazo

Javier Rivero colabora con los judocas paralímpicos. Aquí se le puede ver en una exhibición junto con Naomi Soazo

Desde practicar en instalaciones convencionales hasta utilizar el transporte público, estos atletas superan las dificultades

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"Guarden los bastones y pongan cara de que ven". Esa instrucción es, a menudo, una de las primeras que deben seguir los integrantes de la selección nacional de judo paralímpico en una jornada de entrenamiento.

El grupo de invidentes debe combatir, junto a su guía, la insensibilidad de los conductores del transporte público en una ciudad que no ofrece comodidades para personas con discapacidades visuales o motoras.

"Entro primero al autobús y les grito: `subiendo’. Esa es la voz de mando para que saquen los bastones y se monten rápido, mientras yo peleo con el chofer. Como están exentos de pagar pasaje, no los quieren montar y a veces les cobran". El relato es de Javier Rivero, guía de los judocas, sparring, asistente técnico de la selección paralímpica y miembro activo de la selección nacional de judo convencional.

"Ahora tienen asignado un transporte y sufren menos, pero igual tenemos que movilizarnos en camioneta de vez en cuando", explica Rivero, que tiene nueve años involucrado con el grupo y es responsable de guiar a cuatro atletas invidentes, a quienes lleva dos veces al día del hospedaje al sitio de entrenamiento y también acompaña a comer.

Aunque en los últimos años los atletas con discapacidad han disfrutado de mejores condiciones para entrenar y competir ­viajan a giras de preparación y bases de entrenamiento antes de cada competencia internacional-, todavía deben lidiar con algunas carencias. Entre ellos las de médicos deportivos especializados, sus propios espacios de trabajo ­las selecciones paralímpicas comparten gimnasios y estadios con las convencionales- y formación adecuada para los equipos técnicos.

Rivero se involucró con el judo paralímpico por casualidad y ha aprendido de forma empírica a ayudar en el trabajo técnico.

"A William (Montero, noveno en +100 Kg en los Paralímpicos de Londres) lo llevaron para el gimnasio porque había clasificado para los Juegos de Atenas y necesitaba que alguien trabajara con él. Yo me ofrecí y así empezó todo. Quedé sorprendido cuando lo vi, nunca pensé que las personas ciegas pudieran practicar judo", recuerda. "Pero no he recibido una formación especial. Todo lo he aprendido por ensayo y error".

Adaptados para competir. El plan de trabajo de estos deportistas ­con dos sesiones diarias, como cualquier integrante de selección nacional- tiene diferencias con el entrenamiento de los convencionales.

Los saltadores y lanzadores con discapacidad visual deben recibir instrucciones vocales. Los corredores practican y compiten atados de manos con sus guías ­las liebres-, usualmente atletas convencionales.

Los que se dedican a deportes de combate deben iniciar su postura agarrados, no en espera como los convencionales.

Además, es preciso conocer las causas de su discapacidad para programar el trabajo.

"Hay que saber si son ciegos de nacimiento o si adquirieron la ceguera luego y en qué estadio de su vida perdieron la vista", explica Rivero. "Porque eso condiciona su percepción espacial. A alguien que es ciego congénito lleva más tiempo explicarle el trabajo que debe hacer y es más lento su desarrollo técnico. ¿Cómo le explicas a alguien que nunca vio una barra como debe levantarla?".

La causa de la lesión también es fundamental. "Hay un miembro de la selección de judo que quedó ciego porque recibió un disparo en la cara", apunta Rivero. "Todavía tiene fragmentos de bala, así que su carga no debe superar las 175 pulsaciones. Si pasa de eso puede ocasionarle problemas de salud. Con los paralímpicos priva la personalización del entrenamiento deportivo".