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El mulato que no aparece en el mapa

Neymar anotó el segundo gol de la "Canarinha" / AFP

Neymar anotó el segundo gol de la "Canarinha" / AFP

La Copa de las Confederaciones fue lo mejor de su fútbol. Desesperó a todos los que quisieron marcarlo, y como si nada. Conquistado el título frente a España, tocó samba con los compañeros, y salió del Maracaná a comer pizza y bailar reguetón con los amigos de infancia

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Los avisos de las agencias de turismo brasileñas se ufanan de ofrecer "las mulatas que no aparecen en el mapa".

Hablan de morenazas altas, como de 1,80, que alumbran los escenarios donde bailan con ojazos verdes y finas facciones, pelos largos y negrísimos, y piernas de roble torneadas y poderosas.

"Esas mulatas vuelven loco a cualquiera", oímos decir una vez a un turista, mientras miraba hipnotizado la foto del afiche.

Lo de las "mulatas que no aparecen en el mapa" tiene una explicación: son descendientes de la negritud llegada a Brasil en los siglos XV y XVI, traída por los portugueses conquistadores; no eran esclavos cualquiera, sino la gente de las cortes de Senegal. Entre aquellos grupos llegaron a las costas del Amazonas las distinguidas princesas senegalesas, y de ellas provienen, como heredad, "las mulatas" actuales.

El inventario histórico tiene que ver con Neymar, el dios recién coronado en la Copa de las Confederaciones, porque su tipo físico parece haber llegado alguna vez, en los remotos tiempos de la conquista, del país africano. Flaco, ojos verdes, mirada inquietante, piel cobriza, ha aprovechado las circunstancias para convertirse en el jugador del momento. Sus goles, regates, y aquella jugada de engaño para que la pelota del tercer gol ante los españoles llegara limpia a Fred, lo han consagrado en el templo de los elegidos.

Los amigos de la grada. De Mogi das Cruzes, estado de Sao Paulo, al Maracaná. Ahí estaban los amigos de la infancia, aquellos que lo acompañaron en los días de las partidas de futbolito, hasta verlo triunfar.

Gustavo, Gil Cebola, Gilherme, Pitta, Diogo Canto, André. Con ellos fue a celebrar su gol el día de la final ante España, porque ellos se lo merecían. Neymar padre y Nadine, la madre, ni Rafaella, su hermana. Sus amigos sí, y con ellos fue a comer pizza y a oír reguetón después de la partida triunfal.

Tiene 21 años de edad, cumplidos el 5 de febrero, y llegó al Barcelona por una cantidad inimaginable de euros. La economía de Brasil es poderosa, pero no tanto para igualar la plata ofrecida por Europa. El Santos lo ha cultivado, hacer de él un remozado Pelé y elevarlo algún día a patrimonio nacional intransferible, pero se le cayó la baba cuando vio el cheque por casi 60 millones de euros.

En realidad, nunca fue pobre, lo que se llama pobre, sino de clase media baja. Se mudó de Mogi das Cruzes a Sao Vicente, y luego a Santos (en una casa comprada al lado del estadio de Vila Belmiro), pero la plata a raudales le llegó de repente.

A los 15 años de edad ganaba cinco mil dólares mensuales, y hoy, después de seis años, sus ingresos pasan de un millón de dólares cada mes. "Mi papá maneja todo. No sé ni cuánto entra porque él se encarga de representarme y de llevar mis negocios. Así que si quieren hablar de plata, hablen con él", suelta en un portugués tan desparpajado como su fútbol.

Pandeiro, berimbau, tamborim y maracas. Al terminar la final lo vieron tocando samba en plena cancha.

Son las raíces irrenunciables de todo brasileño, por mucho reggae que se imponga en la radio y la televisión. Ahí estaban tocando pandeiro, berimbau y tamborín, Fred, Hulk, Luiz Gustavo, Paulinho, David Luiz y Julio César. Neymar acompaña la rumba con unas maracas de colores, y todos cantaban las canciones de Carnaval.

Ningunos de ellos pensaba en las temporadas europeas. Neymar tampoco. Solo en la victoria arrasadora ante los españoles, en la locura de aquel partido alucinante que los había devuelto al corazón del pueblo. "O campeao está de volta", coreaba la gente que añoraba los grandes días. Las playas de la ciudad esperaban por ellos, pero Neymar prefirió las de Santos, a una hora de Sao Paulo, porque está agradecido de sus puntos de partida. Brasil seguirá ahí, en los sentimientos y en el sonido de cascabel de las maracas coloridas.