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LVBP 2013 - 2014

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"No podía jugar pelota sin hacer bombas de chicle"

Blanco tendrá su estatuilla  en el Museo del Beisbol junto a Vené | Foto Leonardo Guzmán / Archivo

Blanco tendrá su estatuilla en el Museo del Beisbol junto a Vené | Foto Leonardo Guzmán / Archivo

Todas las noches comenta las peripecias del Magallanes, pero su memoria está llena de recuerdos de su tiempo como pelotero. Cuatro décadas atrás llegó a las mayores. Lo celebra con un lugar en nuestro Salón de la Fama

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Dámaso Blanco es un buen conversador. No sorprende que desde los años 70, incluso antes de retirarse como pelotero, se haya ganado el pan gracias a su facilidad para hablar y explicar lo que ocurre en el terreno de juego.

Llegó a las grandes ligas cuando era una rareza ser simultáneamente bigleaguer y venezolano. Pero su ascenso, confiesa, marcó el inicio del fin en su carrera como jugador, de la que guarda tantos recuerdos y que finalmente le ha llevado a tener un lugar en el Salón de la Fama.


-¿Cuál es el episodio más divertido que ha visto en un diamante?

- Yo estaba en las tribunas del Universitario y Pompeyo Davalillo dio un doble. Vino el tiro de relevo y le entregaron la pelota al Carrao Bracho. El Carrao fue al montículo, se metió el guante debajo de la axila y agarró la pez rubia. Nadie había pedido tiempo, así que Pompeyo salió corriendo a tercera. El Carrao no sabía si tirar la pelota o la bolsa de pez rubia. Lo único que le quedó fue llenar de improperios a Pompeyo. Siempre fui seguidor de Pompeyo, porque representaba el tipo de pelotero que yo era: pequeño, sin mucha fuerza y con habilidad.


-¿Cuál es su mejor recuerdo de la pelota amateur?

-Mis días con el Intendencia Naval. Era muy divertido, porque casi no perdíamos. Teníamos un grupo muy bueno, el núcleo del equipo que ganó en los Juegos Panamericanos. Luis Peñalver y yo íbamos juntos a todas partes.


-Si creció admirando al Chico Carrasquel y siempre ha llevado su número 17 en una medallita, ¿por qué no jugó shortstop?

-Fui el shortstop con el mejor promedio de fildeo en mi primer año en Estados Unidos. Pero Venezuela produjo, y produce, tantos shortstops, tan buenos, que yo era uno más. Y en tercera tenía muy buen alcance. Eso sí, cuando llegué a las grandes ligas, lo hice como campocorto, como sustituto de Chris Speier, que se había lesionado.


-Durante años, sus colegas comentaristas bromeaban sobre su bateo, diciendo que no tenía ofensiva. ¿Lo decían también los peloteros de su tiempo?

-Yo era un peón en el lineup. El Negro Prieto, dueño del Caracas, le dijo una vez al manager Regino Otero: “¿Cuándo vas a sentar a Dámaso Blanco?”. Y Regino le dijo: “No importa que Dámaso no batee, él le quita los hits a los rivales”. César Tovar y Vitico Davalillo decían: “Nosotros bateamos por él”. Creo que se creó una conseja con todo eso. Pero cuando me retiré, descubrí que era el tercer pelotero mejor pagado en nuestra liga.


-¿Cuál era el mayor placer de jugar beisbol?

-Tener una pelota de chicle en la boca. Se me hacía muy difícil salir al terreno y no hacer bombas. Para algunos es inevitable tener tabaco. Lo intenté y me iba muriendo, por las ganas de vomitar y el mareo.


-¿Había algo que no le gustara de la vida de pelotero?

- Que me ponchara con tres en las bases. Perder. Todavía me incomoda ser derrotado. Mantengo ese espíritu competitivo.


-¿Quién fue el manager más estricto en su carrera?

-Andy Gilbert, en doble A. Era un dictador. La mayoría de los managers en nuestra época te daban dos horas después del juego para estar durmiendo. Gilbert chequeaba las habitaciones. Llamaba y preguntaba a tu compañero: “¿Está allí Dámaso? Pues pónmelo”. Waterbury era un pueblecito sin vida nocturna. Una vez estábamos jugando tan mal, que en vez de mandarnos a la cama, dijo que multaría a quien entrara al hotel antes de las 12. Tuvimos que esperar en la acera o en la plaza, porque el señor tenía esa rabieta. Estabas en tres y nada, le tirabas a un pitcheo y te multaba. Rolling al pitcher, no corriste y te multaba. Pero sus hábitos me enseñaron a hacer cosas que son necesarias para perseverar, para nunca entregarte, para tener amor por la victoria.


-¿Y en Venezuela?

-Debe haber sido José Antonio Casanova. Regino Otero era muy liberal, aunque una vez, en República Dominicana, perdimos contra Escogido, jugando muy mal. Todo el mundo quería que terminara el juego para ir a bailar merengue. El cuidacuartos tenía un baúl donde guardaba las cosas de valor de los peloteros y Regino se sentó sobre él en interiores, fumando cigarrillo tras cigarrillo, horas y horas, mientras todos los peloteros dábamos vueltas alrededor. ¿Quién se iba a atrever a pedirle que se parara?


-¿Cuál fue su momento más difícil en un diamante?

-El preámbulo a mi retiro. Pasé tres años en las mayores casi sin jugar. Teníamos muy buenos infielders, mejores peloteros que yo. Estaba en las grandes ligas, ganándome un dinero, pero era sumamente difícil llegar al estadio, hacer mi rutina, practicar, sentarme a ver los juegos y no jugar. Me hizo pensar en el retiro a una edad prematura. Tenía 32 o 33 años cuando me retiré.


-Por entonces era columnista de El Nacional. ¿Recuerda cómo fue la primera entrega de La esquina caliente?

- Salía los lunes, en el suplemento Pizarra. Franklin Whaite me preguntó si yo escribía cartas. Le dije que sí. “Bueno, de la misma manera que escribes cartas, escribe una columna, que nosotros la corregimos”. No sé cuántas horas pasé escribiendo la primera. No debería tener mucha coherencia, porque me sentí elevado cuando la vi publicada, pero no tenía nada que ver con lo que yo escribí. Con el tiempo fui aprendiendo. Me gustaba mucho hacerla. Fueron casi 10 años.


-¿Quién le puso el nombre?

-Yo. Como era tercera base, pensé que era un nombre que podía pegar.


-¿Ha regresado a Curiepe?

-He ido poco. Pero es que desde muy niño nos vinimos a Caracas. Mis primeros pasos los recuerdo en Monte Carmelo, en la parroquia San José.


-¿Pero le gusta ir a la playa?

-Me encanta. Pero ¿cómo voy a ir a la playa, si estoy todo el tiempo en los juegos?


-¿Alguna vez se quedó sin palabras, estando al aire?

-Sí. En Venevisión. En un Juego de las Estrellas, debían hablar primero Delio Amado León, Carlitos González y Gonzalo López Silvero. Yo me estaba estrenando en televisión y tenía preparado todo lo que iba a decir. Resulta que era un compendio de todo lo que ellos dijeron. Cuando era mi turno, me quedé en shock. Empecé a sudar y no pude hablar. Gustavo Suárez, el director, empezó a gritar: “¡Saquen a ese negrito, que está asustando a la gente!”.


-El recuerdo de su madre fue lo primero que evocó, cuando recibió la noticia sobre su ingreso al Salón de la Fama. Entonces dijo que, pensando en ella, comenzó a llorar. ¿Qué lleva de ella con usted?

-Mi madre se vino de Curiepe a la buena de Dios, siendo pequeños mi hermano Francisco y yo. Lavó ropa para otra gente, cocinó. Fuimos siete hermanos. Llevo conmigo una medalla y su perseverancia, su deseo de superación. Tengo ganas de llorar otra vez.