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Marco Davalillo: Todavía sueño con que soy un pelotero

Marco Davalillo / AVS Photo Report

Marco Davalillo / AVS Photo Report

Es uno de los hijos del legendario Pompeyo Davalillo, en cuyo honor se juega el actual campeonato. Orgulloso legatario de lo hecho por su padre y por su tío Víctor, el mejor bateador venezolano antes de Miguel Cabrera. Un buen alumno, sobre todo, del piloto más inesperado en la LVBP

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Marco Davalillo quería ser pelotero profesional. En sus tiempos como jugador juvenil, mientras defendía la selección nacional, varios scouts se interesaron en él. Estuvo a punto de dar el salto.

La vida del actual manager de los Bravos de Margarita cambió cuando su padre lo sentó una tarde y le habló de frente. Aquel día comenzó la precoz carrera como técnico de este orgulloso hijo de Pompeyo Davalillo.

-¿Qué aprendió de Pompeyo?

-Disciplina. Llegar primero al estadio y salir de último. Ponerme el uniforme con orgullo, respetar la camisa del equipo y la fanaticada. Tratar, como dirigente, de estar tres innings adelante en el juego. Hacerle sentir al pelotero que las puertas siempre están abiertas y estar comunicado con el staff. Mi papá siempre escuchaba a todos.

-¿Cómo hacía él para combinar esa informalidad con la gente, que tanto le caracterizaba, con esa seriedad para con la divisa?

-Fíjate el número que él siempre llevó: el 1. Siempre tenía una respuesta adecuada. Incluso te sacaba las cosas que querías decir, pero que callabas por respeto. Siempre tuvo buena comunicación con los dueños de los equipos y conseguía lo máximo de los peloteros. Trabajaba muy fuerte, de 9 de la mañana a 5 de la tarde. No le importaba ni comer. Te podía traer al estadio a mediodía para practicar un slide. Si llovía, igual te hacía practicar. Así era el beisbol de antes. A los nuevos peloteros les costaba entenderlo. Un día, los hermanos tuvimos una conversación muy seria con él. Le explicamos que el sistema de entrenamiento había cambiado. Que era mejor darle 20 rollings a un muchacho que tenerlo todo el día cogiendo batazos. A partir de eso, entendió y cambió. Empezó a practicar diferente, le llegaba a los peloteros de otra manera y comenzaron sus éxitos. Luego de eso, fue campeón con el Caracas y con el Zulia. Añadió esa conversación a toda su experiencia y fue un Pompeyo más tranquilo, aunque seguía peleando los juegos. 

-A Pompeyo se le recuerda por genialidades y jugadas inesperadas. ¿Cuál es su favorita?

-Fueron tantas, imagínate. Esas jugadas no surgían en el momento. Ya estaba preparado. Él anticipaba. Hacía cosas inesperadas, pero planificadas. Sabía que en el séptimo inning le iban a tocar la pelota y ya tenía en mente traer al centerfielder, para ponerlo en el medio del cuadro. Todo eso era planificado. Era una de las cosas que más me gustaban de él. Podía acercársete en el sexto inning y decirte: prepárate, que en el octavo vas a salir. Llamaba al bullpen para pedir que le pusieran a calentar un pitcher dos innings después, porque preveía que iba a venir determinado bateador. Siempre anticipado.

-Lo normal para un niño venezolano es soñar con ser pelotero. Usted, desde muy joven, fue coach y luego manager. ¿Por qué? ¿Soñaba con ser como Pompeyo? ¿Nunca quiso ser pelotero?

-Siempre. ¿Quieres que te diga algo? Anoche me quedé dormido temprano y sonó el teléfono. ¿Y sabes qué estaba soñando? Que estaba jugando en tercera base, me dieron un flaicito y se me cayó. Me desperté y me eché a reír. Yo dormía con el uniforme puesto. Si tenía juego a las 11 de la mañana, a las 6 estaba vestido y listo. Para mí, el beisbol era todo. Pero un día tuve una conversación muy importante con mi papá. En el Mundial Juvenil en Albany fui el segunda base del All-Star y el segundo mejor bateador. Varios scouts se interesaron por mí e hicimos un try-out en el Universitario. Pero yo no corría. Tanto era así, que Flores Bolívar, que en paz descanse, me mandó a escondidas a ponerme dos pasos más adelante. Yo dominaba el juego, tocaba, era muy astuto. Pero llegó mi papá a la casa y me dijo: ‘Llama a tu mamá y siéntate aquí. Tú sabes jugar la pelota. Bateas, atajas, tienes dominio del juego. Pero no corres. Te va a costar. Olvídate de ser profesional. Sigue jugando tu pelota amateur, representa a Venezuela y prepárate como técnico. Te veo futuro como técnico’. Imagínate. Me dolió mucho. Seguí jugando mi pelota amateur, mientras trabajaba en una empresa. Cuando me liquidaron, mi hermano Juan me dijo, a los tres días, que me fuera con él a la paralela, como coach. Después vinieron las ligas de verano con mi papá y todo lo demás. Jugar era mi fiebre. Pero a medida que fue pasando el tiempo, comencé a preguntarme: ‘¿Será cierto lo que me dijo?’. Y hasta el sol de hoy.

-Alguna razón tenía. Usted ha ganado dos premios como Manager del Año.

-Y quería jugar pelota. No sé qué hubiera pasado si salto al profesional. Siempre lo converso con mi esposa y mis hijos. Pero no tomé ese consejo como si viniera de mi papá, lo tomé como el consejo de alguien que tenía muchos años de experiencia.

-Ustedes, los Davalillo, ¿están conscientes de lo que significa ese apellido en Venezuela?

-Es un súper orgullo llevar este apellido. Como familia de beisbol, primero que nada. Pero también es un compromiso por mi papá y mi tío Víctor. En la casa de cualquiera de los Davalillo todo es beisbol. Hablas con mi mamá y te habla de beisbol. El Caracas acaba de firmar a un nieto Davalillo. Mi hijo es catcher de La Guaira. Mi hija estudia periodismo y trabaja con los Leones. Mi esposa es la fanática más dura, siempre preguntándome por qué saqué a este pelotero o a aquel otro. Mis hermanos, igual. Tenemos una escuela de beisbol en los Valles del Tuy, con 450 muchachos. Y todo porque ellos dos nos abrieron las puertas. Nunca llegaremos a ser lo que ellos fueron, pero siempre les agradeceremos esas puertas abiertas.

-¿Cuál es su cuento favorito, cuando quiere recordar algo divertido en el terreno?

-Fue con mi papá. Estábamos en la Liga de Verano y yo era coach de tercera con los Tucanes de Guayana. Se habían lesionado varios infielders y sólo quedaba el Popy Hernández. Como a un cuarto para las siete, después de la práctica, viene mi papá con el dueño del equipo, el señor Jesús Delgado, y me dice: ‘Marco, necesito un favor. Necesito que me juegues shortstop hoy’. ‘¿Qué pasa, papá?’, le respondí. ‘Lo necesito. Eres amateur, pero te vamos a hacer un contrato profesional. Tú puedes jugar’. ‘Pero papi, tengo ocho, diez años sin jugar’. ‘Usted sale a coger rollings allí, y se para en el home a tomar bases por bolas’. Luego le dijo al señor Delgado que me diera un aumento y él le dijo: ‘¡Ah no! No, no. No me embochinches al muchacho. Que juegue por lo mismo que gana como coach’. Y mi papá: ‘Pero vamos a darle un aumento, va a ser coach-jugador’. ‘No, no, no’. Si me sacaba del juego, yo tenía que cambiarme los zapatos e ir a la caja de coach en tercera. Terminé jugando dos semanas. Súper cómico.

-¿Y cuál es su mejor recuerdo del Pompeyo venezolano? ¿Del Pompeyo ciudadano?

-El trato con la gente. Mi papá te firmaba autógrafos, así estuviera comiendo. Si estaba viendo un juego de beisbol menor, terminaba el juego, agarraba al niñito y le explicaba cómo jugar, o se ponía a hablar con los fanáticos. Su trato con la gente era especial. Muchos, fuera del terreno, no comparten. Mi papá sí. Él trataba a la gente como si la conociera desde hacía mil años. Si pasaba por un peaje, se ponía a hablar con la persona que cobraba el peaje. Si estaba en el banco, se quedaba hablando con el gerente o con los clientes, contando chistes, haciéndoles preguntas de beisbol. Eso siempre me llamó la atención. Era muy dado con la gente. Muy pocos son así hoy.