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Camaleón, el hijo de Camaleón

Luis García, en la gráfica lanza una pelota en un homenaje en el Universitario / Archivo El Nacional

Luis García, en la gráfica lanza una pelota en un homenaje en el Universitario / Archivo El Nacional

En el estado Sucre ya nada es igual. La ausencia de Luis García no puede ser llenada “ni por la presencia de otro amigo”, como diría Alberto Cortez  

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El apodo le venía del sentido metafórico que en Venezuela, y Carúpano en este caso, le damos a tantas cosas. 

Luis García (creemos recordar que así se llamaba), policía de rolo en mano, policía con la autoridad de los de antes, era adeco empedernido, como eran los adecos de antes, y pasaba por la calle Independencia orondo, sin mirar pa’ los lados, como si en él estuviera concentrado el poder de este mundo. Y tenía razones: Acción Democrática acababa de llegar al gobierno, y no hay nada más ostentoso y apabullante que aquel que tiene al coroto por primera vez.

Corrían los años cuarenta, y de pronto, el hombre sintió que la vida le era insuficiente, que tenía un vacío en las entrañas. Fue cuando sintió el ascenso de efervescencia de un líder llamado Jóvito Villalba, de URD, y su inclinación política dio un vuelco que, de haber sido en este tiempo, se hubiese dicho “espectacular”.

Eran días tumultuosos, días de truenos y centellas con la muerte de Juan Vicente Gómez, la transición a la venezolana de Eleazar López Contreras y los adecos a Miraflores. Partidos políticos, mitines en el Nuevo Circo, insurge desde el socialcristianismo Rafael Caldera. Y de nuevo, el policía con rolo en mano cambia de bando: ahora es copeyano, y poco después, de vuelta a Acción Democrática.

“Ahí va el camaleón”, decían por las calles de Carúpano; y en la plaza Colón, con los vendedores de “snow ball”, o “esnobor” como decía entonces la gente a los raspaos, era motivo de broma criolla para algunos, y de época de transfiguraciones, como dirían los pensadores del comportamiento social, para otros.

Y Camaleón se quedó, para siempre, aunque con el pasar del tiempo y retirado, ya no se paseara acariciando la madera por el mercado, ni por playa Copey ni por la plaza Santa Rosa ni por El Kiosko ni por el malecón ni por la plaza de Los Poetas. Había quedado entonces el traslado del nombre del frondoso animal que cambia de colores según la circunstancia, al servidor público tan añorado por la gente.  

El hijo de 16 años de edad, nacido en septiembre de 1929,  silencioso de manera de ser, hacía los mandados de la casa y de los vecinos. Por analogía, porque les parecía adecuado, la gente lo comenzó a llamar así: “Ahí viene camaleoncito, el hijo de Camaleón”.

A esa edad, Luis García despachaba batazos descomunales en los terrenos baldíos de Carúpano. Por esa locura por la pelota, la escuela no le fue importante. Asistió poco, leyó poco, pero mandó tablazos que fueron a  tener al mar Caribe. Hipnotizados por el asombro, lo trajeron a Caracas. Jugó beisbol amateur, y Carlos Lavaud, dueño del Magallanes, lo invitó a ser parte del equipo profesional. Tenía 20 años de edad, porque no eran tiempos como los de ahora, cuando firman muchachos que recién comienzan a deleitarse con los días felices, y también de dudas, de la adolescencia.

“Mira mija, espérate un momentico porque voy a tomarme una foto con Camaleón”. Y así era. No pagaba trajes en las tiendas de los turcos (sirios, en realidad) ni chicha en los carritos de las esquinas. Y si algunas vez se le hubiese ocurrido aprender a tocar piano, Lolita León, la avezada tecladista de la ciudad, lo hubiese acogido seguramente gratis. 

Y cuando volvía de la tripe A, de Estados Unidos o de México, no había quien pudiera con él. Era la manera como los carupaneros, en su revancha histórica, azuzaban a los cumaneses. “ustedes habrán dado poetas, pero no a un pelotero como Camaleón”.  

 Una vez en Carúpano dio un jonrón con las bases llenas que dicen que cayó en mitad del mar: “Muchacho, como de 500 pies,  ¿cuánto es eso?”, génesis de los 66 y de las 533 carreras que remolcaría en el profesional. Bateó .299, y como mil en el alma de los carupaneros.

Lo demás, es historia conocida. No solo fue un bateador de rara especie, sino que su brazo fue siempre el más poderoso que haya visto el beisbol nacional.


RECUADROS

Las nueve en punto

A Camaleón le gustaba mirar el caminar lento de la gente por la plaza Santa Rosa. Se distraía, porque sabía que en Carúpano el tiempo no pasaba.  “Son las nueve”, dijo una señora cuando alguien preguntó la hora. “¿Las nueve? Pero si yo salí de la casa a las nueve en punto a comer empanadas en el puesto de la señora evangélica, di una vuelta por el cine Lilma y estuve un rato hablando de política  con unos amigos. Tienen que haber pasado como dos horas”. “Señor, lo que pasa es que aquí siempre son las nueve”.


Yo aquí, el Chico allá al frente

La década de los cincuenta y sesenta trascurrieron con la rivalidad, entonces pasional y fervorosa, entre Caracas y Magallanes. Los magallaneros, heridos en el orgullo porque Camaleón nunca llegó a  las grandes ligas, decían que era “el más grande” jugador venezolano. Los caraquistas le echaban a Alfonso Carrasquel, por entonces con los Medias Blancas de Chicago y los Indios de Cleveland, y el antagonismo era irreconciliable. Lo que no sabían unos y otros era la familiaridad a puertas cerradas, porque García y Carrasquel eran compadres y grandes amigos.







crisluisguerra@yahoo.com