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Joseph Blatter cumplió ayer un mes de haber sido reelecto como presidente de FIFA para su cuarto período, y después del escándalo de corrupción que lo obligó a renunciar recurrió “sin querer queriendo”, a un departamento de relaciones públicas poco usual.

El suizo tiró una bomba de humo y justo después de eso llegó la final de la Liga de Campeones, comenzó la Copa América, y todas las miradas se desviaron al lugar de donde nunca debieron salir.

Paolo Guerrero y sus cuatro goles, Lionel Messi y su falta de tino, Paraguay y la viveza de Ramón Díaz para volver a dejar a Brasil en el camino, la canarinha que deja más dudas que certezas de cara a la eliminatoria… Todos se combinaron para lavar la cara del fútbol.

La Copa no ha sido ajena al escándalo en si misma. Chile, como organizador, se tuvo que encargar de costear los gastos de los participantes, ante la “falta de liquidez” de una Conmebol que hoy tiene a su presidente, Juan Ángel Napout, dando carreras para intentar honrar sus compromisos económicos.

Una tarea compleja, cuando Full Play, la empresa encargada de pagar los derechos de transmisión, está intervenida por la investigación del FBI.

Pero Arturo Vidal chocó su Ferrari F50 contra un árbol, y Fernando Amorebieta fue expulsado de forma excesivamente rigurosa por el arbitraje (nefasto) de un torneo que, y así como quien no quiso nada, terminó haciendo que el mundo se olvidara conspiraciones y sobornos.

“Sepp” puede respirar tranquilo. El departamento de relaciones públicas hizo, sin hacer nada más que silencio, su trabajo. Dejó todo en manos de los verdaderos relacionistas públicos, de los jugadores. Que ironía, Conmebol y Concacaf, los más afectados por el escándalo, terminan lavándole el rostro con sus torneos a Blatter, quien ahora más que nunca se hace el suizo.