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“Otro equipo como La Guerrilla no existirá jamás”

En sus tiempos como jugador activo con La Guaira | Foto: HENRY DELGADO

En sus tiempos como jugador activo con La Guaira | Foto: HENRY DELGADO

El ex camarero de los Tiburones de La Guaira recuerda su paso por la LVBP y la huella de una divisa que por siempre “será única”

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Todavía ama el beisbol, aún ríe sentado en un dugout y sigue siendo un símbolo de nuestro beisbol. Es Norman Carrasco.

El caraqueño es emblema de la última dinastía ganadora de los Tiburones de La Guaira, aquella Guerrilla célebre por jugadores como él. Fue Novato del Año en la LVBP y uno de los mejores camareros que han pasado por nuestra pelota.

A Carrasco lo encontramos en el estadio José Pérez Colmenares, 30 años después de su mejor momento. Vive en Maracay.

-¿Qué está haciendo ahora, después de todo este tiempo?

-Estoy trabajando en San Juan de los Morros, con los muchachos, en una universidad.. Trabajé cuatro o cinco años con los Tiburones, cuando me retiré, y quedamos campeones en la liga paralela, en Barquisimeto. Pero después de eso, conseguí este trabajo y estoy allí, tranquilito. La gente me pregunta por qué no estoy con algún equipo profesional. Pero eso son tres meses de trabajo. Aquí estoy seguro todo el año. Podría tomar un trabajo en Italia o España, pero sería un arma de doble filo. Si no les gusta mi estilo, si no me gusta el ambiente o me dan un equipo malo, me botan y pierdo los siete años que tengo en San Juan de los Morros. Eso no estaría fácil, en la Venezuela de ahora.

-¿Los miembros de La Guerrilla siguen en contacto?

-Toditos. Hasta con Raúl Pérez Tovar, que vive en Estados Unidos.

-¿De qué hablan, cuando se ven?

-Nos contamos anécdotas, chistes y consejos que le damos a los muchachos.

-¿Qué recuerda mejor de aquellos Tiburones?

-La armonía. Jugábamos con seis shortstops. El compadre Gustavo Polidor jugaba en tercera, Argenis Salazar en el short, Oswaldo Guillén era el designado, Luis Salazar leftfield, Alfredo Pedrique primera base y Café Martínez, que también firmó como short, era primera base y outfield. Seis shortstops. Y yo en segunda base.

-¿Esa armonía era real? ¿Nunca hubo roces por querer jugar en la posición favorita de cada quien?

-Nunca tuvimos problemas. Y tampoco los tuvimos con Oswaldo Virgil, Terry Collins ni José Martínez, nuestros managers. Llegábamos temprano, bateábamos y nosotros mismos nos pichábamos la práctica. Después llegaban los americanos. Cuando nos decían que fuéramos a “shaguear” (tomar elevados en los jardines), les decíamos que no, que ya habíamos trabajado temprano. Así fue que empezó La Guerrilla.

-Es leyenda lo muy unidos que ustedes eran...

-Una vez, Wayne Krenchicky le dijo a Guillén que no cogiera rollings en el short, porque él estaba en el primer grupo en la práctica de bateo y quería que nosotros tomáramos rollings después de que él lo hiciera. Ah, ¿sí? Entonces empezamos a preguntar todos, hasta Pérez Tovar y Juan Monasterios: ¿dónde va a jugar Krenchicky hoy? ¿En segunda? Y todos nos poníamos a coger rollings en segunda. ¿En tercera? Todos nos poníamos en tercera. Se tuvo que hacer nuestro amigo. Terminó jugando dominó en el autobús con nosotros. Teníamos la ventaja de que Virgil y José Martínez eran A-1 con nosotros. Y Padrón Panza nos apoyaba. A los muchachos me los dejan tranquilos, decía. Son buenos recuerdos.

-¿Qué echa de menos de aquellos tiempos?

-Es muy diferente la pelota de ahorita y la que jugábamos antes. A nosotros no nos decían nada. Trabajábamos por nuestra cuenta. Esto es crítica constructiva: los muchachos de ahora viajan a Estados Unidos, flaquitos, y llegan a los siete meses, fuertes, con zarcillos, pelo pintado y tatuajes, pero al año siguiente los botan. Antes se jugaba por el uniforme. El único dolor que podíamos permitirnos era una fractura, nos decía Pompeyo Davalillo. Hoy, cuidan demasiado a los chamos. Pero afuera, en la calle, se compran motos, pistolas, ¿qué hacen con eso?

-¿Tiene algún mal recuerdo de su paso por el beisbol profesional?

-No es un mal recuerdo, lo que pasa es que no nos decían nada. Si me hubiesen dicho: no juegues hoy, no juegues al ciento por ciento esta vez, yo no me habría quebrado la pierna en esa jugada con el catcher Marv Foley. Preston Gómez estaba en el estadio y ese año yo iba a Grandes Ligas con los Ángeles de California. Había robado 72 bases en una temporada, había bateado .374, y por impresionar, en una jugada en el home, choqué con Foley. Por mi agresividad, me rompí la pierna. Si alguien me hubiera dicho que debía cuidarme, a lo mejor todavía estaría jugando hoy.

-Los muchachos con los que trabaja hoy, ¿saben de La Guerrilla?

-Nunca me vieron jugar. Sus padres les hablan de mí. A veces me piden autógrafos para sus papás.

-¿Qué guarda del beisbol, además de los recuerdos?

-Tengo un pequeño museo, en una esquina. Fotos con Raúl Pérez, con Ron Jackson, con Rod Carew. Tengo una foto en los Panamericanos de Puerto Rico, en 1979, en la que estábamos Teófilo Stevenson de un lado, yo en el medio y Alberto Juantorena del otro lado; yo agarrado con esos dos animales, en blanco y negro, los tres con nuestros afros.

-¿Por qué ganaba tanto ese equipo, sin grandes jonroneros? ¿Cuál era el secreto de La Guerrilla?

-Pompeyo Davalillo nos dijo esto, y nunca lo olvidé: el americano tiene la fuerza y el tamaño, el latino tiene la habilidad y la inteligencia. Si el americano coge 100 rollings, tienes que coger 200. Si él da tres hits, tienes que dar cuatro. Tienes que trabajar, trabajar, trabajar. Lo aprendimos de Pompeyo, se lo decimos ahora a los muchachos. Nuestra época fue buenísima. Y no volverá. La Guerrilla siempre será única. Como ella, no existirá nada más.


El dato

Norman Carrasco jugó en la LVBP entre 1981 y 1992, siempre con La Guaira. Fue Novato del Año en la 82-83 y uno de los emblemas de La Guerrilla. En el norte brilló en las menores y llegó hasta triple A, pero su estrella declinó a las puertas de las Grandes Ligas


Tres anécdotas para reír

Norman Carrasco ríe todo el tiempo, al repasar su trayectoria por el beisbol profesional. Conserva el buen humor que le permite disfrutar incluso la memoria de episodios dolorosos en el diamante.

“Cuando quedé Novato del Año”, dice, “fuimos a la Serie del Caribe de 1983 con el Dream Team. Y recuerdo un dobleplay que hicimos con David Concepción. César Gerónimo dio un rolling sobre segunda y la pelota me dio en el ojo derecho, le cayó a David, él la cogió y sacó el dobleplay. Me tocaba batear abriendo el inning. Vejete, ¿estás bien?, me preguntó Virgil. Le dije que sí. Tenía el ojo derecho hinchado, no veía nada y estaba pitcheando Alejandro Peña. Me tiró tres piedras. Papita, maní y tostón.


-¿Cuál es la anécdota más divertida que recuerda?

-No sé si la puedo contar para un periódico. A mi papá, que es magallanero, lo tuve que sacar tres veces de la jaula de la PM, porque peleaba mucho en el estadio. Un día le dije: papá, tienes carnet de representante, siéntate donde están Padrón, las gringas, las esposas de los peloteros. Se metió en la tribuna central y en el primer turno me poncharon. Empezó a gritarme groserías. Ese día, contra Magallanes, bateé de 4-3, me robé el home y él no dejaba de gritarme groserías. En el noveno, un tipo le tocó el hombro y le dijo: señor, no sabemos quién es usted, pero ¿hasta cuándo se va a meter con Carrasco? Y respondió: ¡A ese m… yo le digo m… porque siempre me ha tenido fregado al Magallanes. Y a ese m… yo le digo m… porque ese m… es caraquista. Y a ese m… yo le digo m… porque ese m… es mi hijo. Y ahora yo me voy a agarrar a golpes contigo, por m…!


-Ah, porque usted creció en el 23 de enero, siendo aficionado de los Leones.

-Cuando yo iba al estadio, muchacho al fin, en la 77-78, Clint Hurdle un dio jonrón para dejar en el terreno al Caracas, un domingo, en el inning 12. Yo estaba allí. Cuando venía cruzando por tercera, corrí hasta los tubos y le metí un naranjazo por el cuello. En la 83-84, Hurdle vino nuevamente y yo ya estaba con los Tiburones. Esa vez fuimos campeones. ¿Te imaginas si le digo que yo fui el fanático caraquista que le dio el naranjazo aquella vez?