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José Pekerman / AFP

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En el año más trascendente para el fútbol venezolano, cada paso debe medirse con la sensibilidad y el rigor de quien coloca una cuña para escalar la montaña. La cúspide asoma, pero nadie puede equivocarse

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La repetición es la génesis de la perfección. Puede que el concepto suene absolutista y que la consecución de la obra pura, sin máculas, sea solo una quimera. El camino hacia ella pasa por andarlo tantas veces como sea necesario hasta transitarlo sin luz. Ejercitar movimientos y sincronías que potencien tus fortalezas y anulen las del rival. Simular acciones para provocar respuestas, exprimiendo todas las variantes que permita la propia imprevisibilidad del juego.

Con dos guiones y dos directores ensayando los ángulos y tiros de cámara en Madrid y Caracas, la selección levantó las columnas de sus planteamientos para los choques de eliminatorias en marzo. A un mes vista, habrá modificaciones porque no todo se puede prever: lesiones, contratiempos de última hora o la explosión de un elemento inspirado pueden generar pequeños golpes de timón. Pero la esencia de los planes maestros está diseñada, así como los hombres que saldrán a la cancha en Buenos Aires y Puerto Ordaz.

Los seleccionadores tienen el inconveniente de no poder trabajar día a día. Su labor se fundamenta en el seguimiento, la observación y el diseño de estrategias para asumir choques lejanos en el tiempo. La estrechez en los plazos de entrenamiento y puesta a punto suele ser un factor en contra de la efectividad de los métodos. De allí que tenga un valor superlativo disponer de varias jornadas para refrescar el mensaje y delinear la ejecución directamente con los intérpretes.

José Pekerman hizo algo parecido con la selección colombiana en el inicio de su ciclo. La necesidad de trasladar su ideario e interactuar con sus dirigidos en un espacio condicionado por las urgencias, le llevó a priorizar las prácticas sobre los encuentros de fogueo. El saldo no pudo ser mejor: cuatro victorias al hilo en el premundial, alto rendimiento y un lugar entre los clasificados a Brasil 2014.

Con un proceso que ya sobrepasa los cinco años, lo de César Farías apunta hacia otros derroteros. La idea ha ido amoldándose a la maduración de los futbolistas y las posibilidades que de ella derivan. Consolidados los cimientos defensivos, la Vinotinto ha ido madurando la fase ofensiva de su propuesta y su condición de equipo flexible y multiforme. Una estructura de club en el ámbito de un seleccionado nacional. El día a día proyectado en años y metas a largo plazo.

Venezuela asumió un estilo que engloba distintos registros. Contrario a lo que pueda parecer, esa condición hace más compleja su puesta a punto. Se incorporan nociones a las ya conocidas y se exige del futbolista amplitud para manejarse en entornos diferentes con igual efectividad y rendimiento. Paralelamente, se les dota de información para acelerar el metabolismo conceptual. El tamiz darwiniano pondera a los más capaces y descarta a los que no pueden adaptarse. No hay margen de espera cuando la Copa del Mundo es el objetivo.

Como pasó en otros momentos, la selección desplegará dos rollos de planos sobre la mesa de dibujo: uno con el esbozo del estadio Monumental de Núñez y otro con los trazos del CTE Cachamay. El primero levantará una fortaleza que corte rutas y reduzca franjas baldías; el segundo proyectará sembradíos a lo largo y ancho que permitan una cosecha generosa. El mismo maestro pero distintos obreros para levantar el ingenio.

En el año más trascendente para el fútbol venezolano, cada paso debe medirse con la sensibilidad y el rigor de quien coloca una cuña para escalar la montaña. La cúspide asoma, pero nadie puede equivocarse.