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Los campeones sin valor

Asafa Powell | AP

Asafa Powell | AP

Los recientes casos positivos dejan en duda incluso a los principales atletas que siguen limpios

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Dado que cualquier actuación extraordinaria más que despertar admiración, que es su objetivo, levanta sospechas, el deporte de alto rendimiento, la búsqueda de la excelencia y de ampliar los límites del cuerpo humano, no tiene sentido.

Así se quejan los últimos años aquellos que se niegan a la tendencia actual, que consiste en determinar si ha habido dopaje o no según la espectacularidad de la marca o el número de vatios necesario para conseguirla. Así se queja, por ejemplo, Chris Froome, que sólo oye dudas y silbidos a su alrededor al día siguiente de sus sprints con desarrollo mínimo y frecuencia máxima (35 pedaladas en 17 segundos, le han medido).

Culpa de Lance Armstrong esta incredulidad, dice la gente del ciclismo, resignadas ya al escepticismo, a las que no les parece valer ya ni el pasaporte biológico como legitimador de rendimientos. “Pero compararme con Armstrong. Él mintió, yo no”, se quejó  Froome; “es muy triste estar aquí sentado después de la mayor victoria de mi vida hablando sobre dopaje”.

También se quejan los maratonianos, hasta los kenianos, de que se piense que todo aquel que baja de 2 horas 5 minutos es sospechoso, y sin embargo, cuando se han incrementado los controles en los países africanos la marcha que parecía inevitable hacia la frontera de las dos horas se ha frenado de forma súbita. Ocurrió también en el mediofondo.

Y los velocistas, aquellos cuyo objetivo es obligar a correr al cuerpo más rápido de lo que corazón, músculos, ligamentos y tendones pueden permitir. Después de que un positivo por el anabolizante estanozolol apagara el asombro por los 9,79 segundos de Ben Johnson en Seúl 1988, el mundo del atletismo llegó a la conclusión de que cualquier marca por debajo de 9,80 era sospechosa. Y esta intuición se vio confirmada con los positivos posteriores de los breves plusmarquistas mundiales Justin Gatlin (9,77 en 2006) y Tim Montgomery (9,78s, en 2002), ambos arrastrados por el caso Balco y sus ramificaciones (como también, entre las mujeres, Marion Jones, la única que se había acercado a la increíble Florence Griffith, cuya muerte joven hizo dispararse las dudas sobre la limpieza de sus marcas en Seúl 1988). Llegó un momento en que el único que había bajado de 9,80 indemne fue Maurice Greene, el norteamericano que corrió 9,79 en 1999.


Y después llegó Jamaica. Cuando Asafa Powell, ya hace media docena de años, empezó a convertir en rutina las marcas alrededor de los 9,80, Manuel Pascua, el técnico español de Francis Obikwelu que luego estuvo implicado en la Operación Galgo, ya advertía de que había que valorar cuidadosamente esas marcas. “Los agentes de control de dopaje no se atreven a entrar en los guetos de Kingston, donde viven los jamaiquinos, a hacer su trabajo”, decía.

Frente a los que le tachaban de paranoico, los últimos controles positivos que han afectado a Asafa Powell (9,72 en 2008) y sus compañeros de club MVP del entrenador Stephen Francis, han venido a dar la razón a los escépticos. A ellos habría que añadir al actual campeón del mundo de los 100 metros, y aún lesionado, Yohan Blake (9,69s en 2012), que fue suspendido tres meses en 2009 por un estimulante, y a la doble campeona olímpica Veronica Campbell, positivo hace unas semanas por un diurético.

El norteamericano Tyson Gay era el único atleta norteamericano que había intentado aguantar el ritmo único de Usain Bolt, y con Blake el único, junto a Bolt, que había logrado bajar de los 9,70 (9,69 en 2009). Poco antes de que se conocieran los positivos de los jamaiquinos de Francis, sin embargo, el propio Gay reconoció llorando que él también había dado positivo (por una sustancia que no quiso revelar) y que no desafiaría a Bolt finalmente en los Mundiales de Moscú, del 10 al 18 de agosto.

El fruto del aumento de la eficacia del antidopaje se puede observar prístino en la lista de los 10 mejores velocistas en los 100 metros: solo la mejor marca (los 9,58 de Bolt en 2009 que cada día parecen más increíbles y más inalcanzables e irrepetibles) y la novena, los 9,79 de Greene, podrían permanecer sin tacha. A los autores de las otras marcas les acompaña el asterisco de la duda: ¿son campeones verdaderos? ¿Se puede ser extraordinario sin estar dopado?