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Un campeón que nunca perdió su Santa Fe

Omar Pérez | EFE

Omar Pérez | EFE

El equipo prendió la fiesta de los hinchas que, pese al 1-1 final, celebraron la octava estrella

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Esta vez no se necesitaron esas habituales plegarias que pedían al cielo piedad; no hubo el infartante minuto de Dios; no hubo una probable tanda de penaltis. El corazón, aunque exaltado, no estuvo en la mano de fanáticos desesperados. Esta vez no hubo el eterno sufrimiento, quizá sí, tensión. La octava estrella de Santa Fe llegó con algo que desconocían los santafereños: algo, al menos un poco, de tranquilidad.

Justo cuando la euforia estaba salpicada de silencios, cuando los rugidos parecían hacerse mentalmente, cuando el segundo tiempo apenas cobraba vida y quizá se presagiaba una final a lo ‘santafereño’, sufrida, apareció el paladín de turno para calmar las ansias. El pequeño Luis Carlos Arias, con su remate feroz, tocó el cielo y bajó la octava estrella de Santa Fe. No solo fue el gol del título, fue el de la tranquilidad.

Las banderas, cientos, miles, se sacudieron; los cuerpos congelados por un frío atroz reaccionaron en cadena, en manada; temblaron las tribunas, latió El Campín. Arias, mientras tanto, alzaba los brazos, miraba al cielo absorto, como inmerso en la inmortalidad que su gol le acababa de otorgar.

Santa Fe por primera vez en su sufrida historia quería evitar la angustia. Quería escapar del eterno sufrimiento. Quería ahorrar infartos, penitencias, rezos y plegarias. Tenía la ventaja de la victoria en Medellín, 1-2. Tenía todo para tener una noche gloriosa, tranquila. Pero es Santa Fe. Los nervios corren por su sangre roja.

En los primeros 45 minutos, aún con el 0-0, hubo una acostumbrada tensión en las tribunas, un nerviosismo habitual. Una pelota rescatada casi en la línea de gol por Camilo Vargas y un remate salvaje de Vladimir Marín, que le devolvió el horizontal, tuvieron que despertar un clamor en ambas hinchadas. “Es la suerte del campeón”.

Santa Fe carecía de Omar Pérez, su guerrero más genuino, quien arrancó en el banco de suplentes y solo ingresó en el último instante para desatar la euforia colectiva. En la cancha estuvo en su reemplazo Armando Vargas, un volante atrevido, corajudo, y quien fue el más vistoso.

No fue una primera parte brillante en fútbol, ni con despliegue de talento ni con aquellas jugadas de fantasía que tanto corean los más eufóricos hinchas cardenales. Más bien fue un partido tranquilo, controlado, inteligente. ¿Que si hubo sustos para Santa Fe?, los de siempre. Pero no entró en pánico. Quería exorcizar los sufrimientos.