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Las caimaneras de Chita

Sus padres le inculcaron el valor de la familia | Foto Henry Delgado

Sus padres le inculcaron el valor de la familia | Foto Henry Delgado

Sanvicente es amante del beisbol, fanático de los Tiburones de La Guaira y devoto ferviente de la Virgen de Betania; pero sobre todo un padre y esposo entregado

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Desde la línea, Noel Sanvicente grita los 90 minutos. Se enoja, se alegra con cada gol, vuelve a arengar a sus dirigidos. Así puede pasar la tarde entera. El guayanés vive el fútbol con una intensidad particular, llena de carácter.

En su carrera, desde que comenzó con las inferiores del Caracas y luego con la formación del primer equipo capitalino, después con Real Esppor y más tarde con Zamora, el DT siempre tuvo el mismo comportamiento intenso.  

Pero cuando llega a casa después de la faena y deja tirado a un lado el traje de técnico, se convierte en el más fervoroso padre y esposo. El hombre aguerrido de expresiones duras con sus dirigidos, se derrite ante el calor del hogar y de los suyos.

Chita, al contrario de lo que muchos piensan, no era un hombre dedicado de lleno al fútbol en su natal Ciudad Guayana, cuando apenas era un niño. “Siempre practicaba el deporte de la temporada: basket, beisbol o también el fútbol, y así uno iba aprendiendo a jugarlos todos de manera muy silvestre”, recordó quien es primo del basquetbolista de Cocodrilos de Caracas y miembro de la selección nacional Luis Bethelmy.

El deporte predilecto del nuevo estratega de la selección nacional era el beisbol, que además le dejó grandes amistades. “Crecí jugando pelota en San Félix, entre caimaneras. Lo hacíamos por dos botellas de refresco y esas cosas que quiere uno cuando es muchacho. Siempre bateaba de cuarto o quinto, jugaba shortstop, luego primera base o centerfield. En mi casa decían que era tan buen pelotero que muchos se lamentaron de que tomara el camino del fútbol profesional y no el del beisbol”.

“Robert Pérez es casi como mi hermano”, agregó. “Con él jugué desde pequeño, vivíamos en la misma cuadra y somos muy cercanos, como uña y carne. Todavía nos vemos de vez en cuando, es mi pana del alma”, aseguró.

Sanvicente, quien ganó cinco títulos como jugador profesional con Mineros, Marítimo, Minerven y Caracas, dejó claras sus preferencias en lo que al beisbol venezolano se refiere.

“En oriente, cuando era un niño, te hacías fanático de Caracas o de Magallanes. Pero al llegar a la capital me hice muy amigo de la familia Márquez; uno de ellos, Hebert, jugaba conmigo fútbol en el Marítimo y su hermano Robert era catcher de los Tiburones de La Guaira. Empezamos a ir a los juegos, me permitía estar dentro del club house, compartimos mucho. Ahí empecé a ligarles y hoy por hoy soy fanático de ese equipo”, contó.

Amor de cuadra. Recién llegado a la capital Sanvicente conoció a Bismary Rivas, su esposa, con quien tuvo una historia muy particular. “Ella es guayanesa también. Sus tíos son amigos míos de toda la vida y vivíamos muy cerca, a dos calles, en la misma urbanización en Puerto Ordaz”, dijo.

“Me la pasaba con su familia y la veía de vez en cuando, pero hasta ahí. Un día, cuando ya estaba en Caracas jugando en Marítimo, entrenábamos en la Universidad Católica Andrés Bello y ella estudiaba Educación ahí. Recuerdo que la vi y en ese momento me puse a la orden para lo que ella quisiera. Le dije que ya tenía tiempo en la capital y que podía ayudarla con cualquier cosa, etc”.

Luego empezaron a salir y la amistad entre ellos fue creciendo. Ella iba a los partidos de su equipo y él se la llevaba a los juegos de La Guaira. “Se hizo fanática de los Tiburones también”, contó Sanvicente. Luego de 11 años de novios se casaron y hoy tienen casi 25 años de relación.

“Qué ironía”, expresó Chita. “Estando tan cerca de su casa nunca pasó nada, la vine a conocer cuando estaba aquí. Ella está todo el tiempo conmigo y es todo para mí. Es mi apoyo, mi vida. Todas las personas que han logrado ser exitosas es porque, además de trabajar, tienen al lado a una pareja que los apoya y les brinda afecto. Bismary es todo para mí”, afirmó.

Sanvicente manifestó que es consciente de que la relación familiar se tiene que apartar de lo que pasa en el trabajo.

“Lo que pasa en la cancha o en el entrenamiento se queda ahí, no me lo puedo traer para la casa. No me gusta”, indicó el técnico.  “Quien me quiere buscar, lo hace en la cancha y siempre me va a conseguir, pero no me gusta que este espacio se contamine con mi trabajo. Acá es para estar con mi esposa y mis hijos”, agregó de manera serena pero tajante.

Si la mirada de Sanvicente se iluminaba con un fulgor especial al hablar de su esposa, cuando habla de sus hijos no hay resplandor que se compare. “Valeria y Noel Alejandro son lo más grande que tengo. Ni en mi carrera como entrenador o como futbolista he tenido tantas alegrías como las que me dan sus sonrisas. Son mis amores, los dos mejores trofeos que he logrado en la vida”.

Sin tapujos, Chita reconoció entre risas que ese es su talón de Aquiles. “Ellos hacen lo que quieren conmigo. Soy un papá muy consentidor. La mamá es la de la disciplina, la que les pone carácter”.


Devoto mariano. Ese amor por su gente viene desde las raíces más profundas. El estratega aseguró que siempre fue muy familiar y que esos valores se los inculcaron sus padres.

“Nunca he sido un hombre de andar en la calle, a mí me gusta estar con los míos, incluso cuando me vine solo a la capital. Si salgo por ahí, lo hago con mi familia, siempre me verán en compañía de mi esposa y mis hijos. Eso lo aprendí de mi mamá y de mi papá. Ellos eran así, siempre hubo mucho cariño y respeto en mi casa, eso viene de ahí”, dijo.

Es por esto que cuando ganó su séptimo título este año con Zamora en Puerto Ordaz, frente a su gente, buscó a su madre y la abrazó con fervor. El mismo que aún siente por su padre, quien falleció hace cuatro años después de batallar contra el cáncer. Una pérdida que lo afectó mucho.

“Lo que él hizo, pelear tan duro contra su enfermedad, fue un mensaje para los que estábamos con él. Con su entrega y su lucha no se dejó vencer nunca por la adversidad”, expresó.

Sanvicente, desde mucho antes de esa época dura en la que le tocó ver partir a su padre y a Guillermo Valentiner (dueño del Caracas FC), le pide a la Virgen de Betania que todo salga bien para él y los suyos. Chita es un ferviente devoto de esta advocación mariana.

“La Virgen de Betania siempre me acompaña. Cuando salgo de viaje; la tengo en el camerino, incluso; está en la puerta de mi casa, bendiciéndonos. Yo le rezo mucho y le tengo mucha fe”, confesó.

El estratega tiene fama de hombre recio. Y desde la línea, lo es. Mantiene una disciplina estricta con sus pupilos, quienes no pueden salirse del carril. “A los muchachos hay que tenerles la cabuya cortica”, dijo alguna vez después de un entrenamiento. Pero por su gente se desvive. Intenso para todo, ese es Chita Sanvicente, el nuevo técnico de la Vinotinto.