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Robert Pérez: “No tengo plata para dar, pero puedo dar trofeos”

Robert Pérez es el máximo empujador en la historia de la LVBP | FOTO HENRY DELGADO

Robert Pérez es el máximo empujador en la historia de la LVBP | FOTO HENRY DELGADO

El legendario cuarto bate lamenta la carrera que no completó en las Grandes Ligas, pero le sobran recuerdos y buenos momentos 

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Robert Pérez dejará de jugar beisbol. Lo que para otros es un sino, en él es noticia. Son 27 campañas en la LVBP y casi todos los récords ofensivos. Son demasiados batazos memorables en postemporadas.

Figura en Venezuela, México, Japón y Corea. Pocas cosas le faltaron. De rostro severo en el terreno de juego, cambia la voz cuando habla sobre su madre y la familia que ha formado junto con su esposa, con quien tuvo seis hijos: Robery, María Gabriela, Melanie, Robert, Elbert y Juliette.

—¿Recuerda el momento cuando descubrió que sólo quería jugar beisbol?
—Siendo juvenil, me dijeron que venían el señor Domingo Carrasquel y Epi Guerrero a firmar peloteros en el oriente. Allí, por primera vez, se me abrieron los ojos y pensé en el beisbol profesional. Era marzo o abril de 1988. Me firmaron en julio.

—¿No le dio miedo ir a Barquisimeto, dejando todo atrás?
—Nunca. Cuando salí de Guayana, iba pensando en mi sueño. El miedo era decirle a mi mamá que no iba a estudiar más. Al regresar de Barquisimeto, se lo dije. Ahora está orgullosa de todo lo que hice, pero entonces se molestó bastante.

—¿Cuánto le duró la molestia?
—Apenas empecé, gracias a Dios, tuve la suerte de ir a República Dominicana y quedar Más Valioso. Así me gané un dinerito y la ayudé. Luego, aquí fui Novato del Año, me gané otro dinerito y la ayudé otra vez. Así, poco a poco, ella lo fue aceptando y apoyándome más.

—¿No le sorprende haber logrado tantas cosas?
—No, pero nunca imaginé que conseguiría tanto. He trabajado con mucho empeño, amor por mi profesión y respeto hacia lo que he hecho. Por eso lo he logrado. Mi padre me lo inculcó.

—¿Cuál ha sido el momento más difícil en su carrera?
—Cuando sufrí la lesión en el tendón de Aquiles del pie derecho, en 2004. Pensé que mi carrera terminaría. Me tuve que operar, perdí la temporada y me volví a operar. Pensé que no iba a caminar bien, nunca más. Pero batallé y en 2014 sigo jugando. Gracias a Dios, nunca me volvió a molestar.

—¿Qué es lo mejor de jugar pelota? Lo que más disfruta.
—Lo más sabroso es competir y que las cosas te salgan bien. Vamos a estar claros: no es que yo no esté contento con los récords, pero nunca pensé en ponerme números que alcanzar. Siempre pensé en prepararme, porque al final se iban a ver los resultados.

—¿Y lo peor?
—No haber jugado como regular en las Grandes Ligas. En 1996 tomé unos 200 turnos con Toronto y bateé sobre .300, pero nunca pude ser regular. Mi carrera en Venezuela fue exitosa, estoy en el Salón de la Fama del Syracuse triple A, fui campeón bate varias veces en las menores, pero no tuve esa oportunidad. Aunque puedo decir con la frente en alto que he tenido éxito: he bateado en casi todas las ligas.

—¿Sigue algún rito en el beisbol? ¿Tiene alguna costumbre, alguna superstición?
—No. Me persigno, le doy gracias a Dios por la salud que me ha dado, y ya. Todo es cuestión de fe. Confianza de que puedo lograr las cosas.

—¿Puede escoger un batazo como su favorito? Uno solo.
—Son muchos. Puede ser el que le di al Caracas en la final de la temporada 1997-1998. Esa temporada estableció al que sería Robert Pérez en Venezuela.

—¿Cuán importante es su familia? Siempre la menciona.
—Muy importante. No puedo olvidar mis raíces. Mi madre me dio principios, que es lo más importante. Ella y mi padre me dieron educación. Humildemente, me inculcaron esa formación y me pusieron en el buen camino.

—¿Alguno de sus hijos juega pelota?
—Los dos. El mayor tiene 14 años de edad. Dice que cuando está jugando le gritan: “Así no batea tu papá”. Espero que le vaya bien, si llega a ser jugador. Y que use el 51. Es catcher. El segundo está pequeño, tiene 11 años y es zurdo. En esas categorías los ponen a jugar en todas las posiciones.

—Si tuviera que elegir un lineup para el séptimo juego de una final, ¿a quiénes pondría a jugar?
—Los tres outfielders serían Derek Bell, Mark Whitten y Robert Pérez. El infield serían Luis Sojo, José Escobar, Alexis Infante y Asdrúbal Estrada. El catcher sería Randy Knorr.

—¿Cuál era el equipo de su niñez?
—Yo era de los Tiburones. En casa se escuchaban los juegos de La Guaira en la época de Oswaldo Blanco, Aurelio Monteagudo, Norman Carrasco, Alfredo Pedrique y Juan Francisco Monasterios. Me gustaba mucho Monasterios, por el brinquito que daba (ríe).

—¿Le habría gustado jugar con La Guaira?
—Me hubiera gustado que me tomaran como refuerzo. Parece mentira, los únicos dos uniformes que nunca me puse fueron los de la capital.

—¿Cuál es el consejo que más repite a los peloteros jóvenes?
—Constancia, dedicación y respeto. Si los tienes, en algún momento tendrás éxito.

—¿Recuerda un momento curioso en el diamante?
—Una vez tuve una mala racha. Todo lo que bateaba era out. En medio de esa racha, me ponché y el catcher perdió la pelota. Era la única forma de embasarme. Pero Guante Mágico agarró la pelota y me pusieron out por reglas (ríe).

—¿Qué recuerda de aquel famoso altercado en la final contra el Caracas?
—Fue la última tángana en la que he estado involucrado. Ugueth Urbina no era mi gran amigo, pero siempre nos habíamos saludado con respeto. Pasó el altercado, terminó la temporada y estando en Estados Unidos me cambiaron a Montreal. Me dije: “Na’guará, allá va a estar Ugueth”. Pero él, apenas me vio, me llamó y empezó a hablarme. Me ayudó muchísimo. Son cosas que pasan en el terreno, pero hay que tener respeto. Creo que solamente me han sacado una vez de un juego. Fue en una jugada en primera base, tiré el casco y rodó. Le quedó cerca al umpire y me sacó. El señor Domingo me inculcó ese respeto. Una vez, me mandaron a tomar elevados, tiré el casco y él me dijo: “Agárralo, póntelo y déjalo en el piso, como debe ser”. Desde entonces, he tratado de ser una persona tranquila. No digo que no me molesto, pero cuando me ponchan o soy out, sólo muevo la cabeza y pienso en lo que hice mal, para no repetirlo.

—¿Qué cosas de su carrera guarda en su casa?
—Tengo trofeos, pelotas, uniformes. Tengo muchas cosas sin colgar. Me faltan paredes (ríe). No tengo plata para dar, pero puedo dar trofeos. Y estoy pensando en llevarme mi locker. Me va a dar sentimiento dejarlo. Tiene muchos años. Mi hijo menor se ha ganado sus trofeítos y los pone al lado de los míos (ríe otra vez).

—¿Qué espera de estos últimos meses?
—Quiero disfrutar del tiempo que me queda, reírme. Después de que anuncié mi retiro en la rueda de prensa, me he sentido más tranquilo. Es difícil jugar a esta edad. Cuando fallo, la gente no piensa que fallé porque soy un ser humano, piensan en mi edad. He recibido muchas cosas bonitas y estoy muy agradecido. Pero todo esto me llevó a decir que era el último año: la presión de hacerlo bien todos los días y no estar siempre en el lineup.

—¿Cómo imagina su último turno?
—Ojalá sea en Barquisimeto, que dé un batazo para ganar un juego y seamos campeones. Estoy contento. Tengo la frente en alto. Me voy feliz por la gran carrera que tengo.