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Río muestra dos caras del Mundial

Estadio Maracaná, Río de Janeiro | Archivo

Estadio Maracaná, Río de Janeiro | Archivo

Si compite la selección de Luiz Felipe Scolari no se trabaja. Historias de seres casi mitológicos, regatas, fútbol, gloria y fiestas conviven con una realidad sórdida a pocos metros del Maracaná

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El arte de Brasil 2014 decora Río de Janeiro. Los artilugios para hacer ruido dominan la oferta de los buhoneros. Hay ambiente de fiesta en Copacabana. La causa es obvia: el Mundial. Sin embargo, un acontecimiento deportivo de tal importancia pasa inadvertido en algunas zonas de la antigua capital de un país en el que el fútbol es sinónimo de vida.

En la ciudad conviven cuatro clubes importantes, además de muchos otros de menor categoría. El más destacado –aseguran muchos habitantes– es el Flamengo. Anita, en un bar, dice que es torcedora (aficionada) del Fla desde los 5 años de edad: “Me contagié desde que vi la fanaticada más bonita que hay”. Es una de las pocas mujeres de la ciudad que luce maquillaje y bisutería. La  belleza de las cariocas parece algo mitológico, tal vez la causa sea la época del año: no hay Carnaval en junio.

Botafogo, el acérrimo adversario, intenta retomar el éxito de viejos tiempos. Conocido como “O Glorioso” es la referencia para las clases populares. Sus seguidores se hallan en toda la ciudad. Por ejemplo, en las calles de São Cristovão niños pequeños se enorgullecen de plantar cara a quienes deambulan con alguna prenda alegórica de su tradicional oponente. La rivalidad está servida desde la cuna.

Otro de los grandes equipos es el Fluminense, quizás con menos afición pero igual de apasionada. El cuarto club es el Vasco da Gama, en segunda división actualmente y el único con un estadio propio en el norte de la ciudad. Los tres del sur comparten un coloso: el Maracaná.

El estadio donde se celebrará la final del torneo el 13 de julio, conocido por el nombre de la avenida junto a la que fue construido en 1950, es famoso por haber sido el escenario en el que Brasil perdió ante Uruguay el partido decisivo del primer Mundial que organizó. La sede cuenta ahora con 78.838 asientos; mucho menos que su capacidad inicial, 200.000 personas, aunque conserva la misma magia.

Bangú, Duque de Caixas, Olaria y Madureira, entre otros equipos, completan la vida futbolística en Río de Janeiro.

Ahora bien, aunque parezca contradictorio en una ciudad que vive con tanta energía el fútbol, los habitantes disfrutan el Mundial simplemente cuando juega la verdeamarelha, en especial al entonar las notas del Himno Nacional. Si compite la selección de Luiz Felipe Scolari no se trabaja.

La fiesta futbolística en realidad es de los visitantes. El Cristo del Corcovado y la playa de Copacabana, referencias turísticas de la ciudad, son puntos de concentración para los aficionados que viajaron desde cualquier parte del mundo. Los latinoamericanos, en especial, alegran el ambiente cuando los futbolistas de la canarinha no saltan al campo.

Entre grutas y vicios. Más allá de la magia y la alegría, existe un laberinto de callejuelas y adoquines que alberga un lado oscuro de la ciudad.

No muy lejos de donde el Maracaná recibe a los jugadores que disputan el torneo, las noches son testigo de cómo hay mujeres que se ofrecen libremente a cualquier postor en las aceras, sobre mesas de pool y en vitrinas improvisadas.

El volumen de la música es tan estridente que se hace incomprensible, las luces y el humo de las frituras al aire libre completan un ambiente irrepetible en un inframundo casi desconocido: Vila Mimosa.

Es otra cara de Río de Janeiro, prácticamente una favela en el centro de las obras destinadas a la gran cita futbolística. La parte de la ciudad ocupada por los cariocas de clases más populares queda oculta por el atractivo de los paquetes de viajes y el verde inmaculado de la grama que acapara la atención de todo el mundo. Para ellos, el Mundial es un evento que no cambiará sus vidas, aunque esperan confiados el hexacampeonato.

ElDato

Más allá de lo futbolístico, los equipos Flamengo, Botafogo y Vasco da Gama tienen en común otra rivalidad: todos comenzaron como clubes de regatas. No podía ser distinto en una ciudad caracterizada por sus playas y bahías.