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“Logré todo lo que me propuse, sólo me faltó un Cy Young”

Freddy García / AVS Photo Report

Freddy García / AVS Photo Report

El pitcher venezolano con más victorias en la MLB no se arrepiente. Le gusta lanzar, pero quiere estar en casa para ver crecer a sus hijos

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Freddy García se va del beisbol activo con el mismo desparpajo con que un día le dijo a sus compañeros que sólo necesitaba una carrera para ganar el juego decisivo de la Serie Mundial.
El pitcher venezolano con más victorias en las Grandes Ligas demostró en los playoffs de la LVBP, y luego en la Serie del Caribe, que le queda veneno para sacar outs. “Pero los hijos crecen muy rápido”, asegura. Y quiere estar con ellos en casa.
No sabe qué será del futuro ni revisa con mucha nostalgia el pasado, aunque se permite hacer un repaso en la hora del adiós.
 
-Aquel niño que soñaba con jugar pelota, mientras crecía en El Güire, ¿cumplió con todos sus sueños?
-He tenido una buena carrera, gracias a Dios. Estoy contento con todos mis logros, con todo lo vivido en el beisbol. Logré la mayoría de las metas que me puse: Serie Mundial, Juego de Estrellas, todas esas cosas que uno quería cuando pequeño.
 
-¿Siempre soñó con ser lanzador?
-Tengo que decir la verdad: durante un tiempo no estuve enfocado en jugar. Me gustaban todos los deportes, estar montado en una bicicleta o en una patineta. A los 13 y 14 años tenía siempre un yeso, por tremendo. Pero gracias a Dios, no fui un buen estudiante. Un día le dije a mi mamá que estábamos perdiendo el tiempo, que como estudiante, yo no me concentraba. Que prefería trabajar, en vez de perder mi tiempo en una escuela…
 
-Y trabajar ¿era firmar para jugar pelota profesional?
-Trabajar era hacer cualquier cosa que saliera. En casa no teníamos tantas cosas. Si no estudiaba, tenía que trabajar. Pero en un momento, decidí empezar a entrenarme con un vecino. Firmaron a un chamo que jugaba con nosotros y yo dije: “Si él firma, yo firmo”. Y así empecé.
 
-¿Cómo se dio la firma?
-En una caimanera, en la Unión. Allá me vio Wolfgang Ramos. Yo había estado practicando como un mes en Los Teques, pero tuve un problemita y me sacaron, así que decidí no jugar más pelota. Meses después, un amigo me dijo para ir a La Unión. Me preguntó qué jugaba yo, y le respondí: yo picho, soy shortstop, primera base y catcher. El primer día jugué short. A la semana siguiente, no había pitcher y les dije: soy yo. Tenía 15 años de edad, jugando con tipos mayores. Lancé cinco innings y después del juego, estábamos comiendo una parrilla, tomando unas cervezas, y llegó Wolfgang Ramos. ¿Cuántos años tienes tú, chamo?, me preguntó. Tengo 15, le dije. ¿Y qué haces con una cerveza? Estoy tomando, le respondí. ¿De verdad tú tienes 15 años? Le dije que sí. Entonces me invitó: ven con nosotros a practicar de lunes a viernes. Yo, la verdad, no tenía dinero para ir todos los días. Le expliqué que era de una familia de bajos recursos. Él sacó dinero y me dijo: son viáticos. No fui por dos semanas y me aparecí a la tercera. No quería ir. Pero me vieron. Y me dijeron que me iba a Valencia. Yo no quería. Pablo Torrealba se reunió con mi papá en casa y así fue que me llevaron. Engañado.
 
-¿Cuándo supo que esa era su vida?
-Cuando llegué a Valencia. Ya conocía a Alejandro Freire, a Manacho (Oscar Henríquez), a Oscar Padrón, a varios muchachos de allí.
 
-Aquel era un grupo brillante. ¿Cuál era el mejor jugador de todos?
-Cuando llegué, en 1992, ya estaban Manacho, Melvin Mora, Carlos Guillén, Bob Abreu, Roberto Petagine, Raúl Chávez. A los dos años llegó Johan Santana y siguieron llegando otros. Yo firmé en 1993.
 
-¿Qué recuerdo guarda mejor de ese entonces?
-Teníamos que pararnos a las 5 de la mañana, agarrar un carrito a la avenida Lara y allí otro a Guacara, todos los días. Ahora tienen camionetas, te recogen, hasta te visten, te dan de todo. Antes no.
 
-¿Le afectó no llegar a las Grandes Ligas con los Astros, siendo que todos sus amigos crecieron juntos en Houston, desde Guacara?
-No, si más bien quería que me sacaran de allí. En los Astros no le daban mucha oportunidad a los jóvenes. Y yo, desde que estaba en Doble A, sentía que estaba listo para lanzar en las Grandes Ligas. Me molestaba que subieran a gente que, para mí, no tenía el nivel.
 
-Apenas llegó a Seattle le fue muy bien. Casi fue Novato del Año…
-El manager Lou Piniella me ayudó desde el principio, y eso que no le gustaban los novatos. Cuando llegué, me dijeron: lanza strikes. A Lou no le gustan los chamos. Y si lanzan bolas, menos. Pero yo le caí en gracia.
 
-¿Ahí sí sintió presión? Al menos en sus primeros pasos, ¿la sintió?
-No, si yo venía de lanzar en juegos Caracas-Magallanes. Ya estaba curado. En Seattle me impresionaba el tamaño del estadio, pero no la gente. Me sentí impresionado al debutar, pero nada más. Estaba relajado. Gracias a Dios, siempre he podido salir adelante cuando he lanzado en situaciones difíciles.
 
-¿Cuál es su mejor anécdota en Seattle?
-Fui el último en ganar un juego en el Kingdome, antes de que lo tumbaran, y el primero que ganó en el Safeco Field, cuando lo inauguraron.
 
-¿Guarda recuerdos de esos momentos?
-Guardo camisas, pelotas. Tengo montados todos los uniformes que he usado. No soy muy apegado a conservar las cosas que he usado, pero guardo la gorra de la Serie Mundial; me la pidieron y dije que no. Normalmente picho con una sola gorra todo el año y la guardé para mí.
 
-¿Con qué frecuencia revive aquella Serie Mundial de 2005?
-No recuerdo nada. Había demasiada gente. Disfrutamos más cuando clasificamos en los playoffs que cuando ganamos la Serie Mundial. Cuando entré al clubhouse, ya no había champaña, no había nada para echarse encima. Tardé como una hora para entrar. ¿Cómo es esto? No había nada. Demasiada gente.
 
-Y eso que le tocó lanzar el decisivo…
-Y además, tenía que ganar. Eso le pasa a uno cuando habla. En el juego dos, después de que ganamos en Chicago, agarré el micrófono en el autobús y le prometí a todos que si ganábamos el juego tres, yo iba a matar la partida en el juego cuatro. Jugamos 14 innings, ganamos y todos me dijeron: te toca ahora. ¿Quién me manda a hablar? Al día siguiente, estaba calentando y le dije al coach de pitcheo Don Cooper: necesitamos una sola carrera y somos campeones. Él me vio y le repetí: una sola. Cuando yo lanzaba, Cooper y Ozzie (Guillén) se ponían de acuerdo: ¿hoy es tu hijo o es mi hijo? En el video aparece cuando ellos hablan, y Cooper le dice: el tipo me aseguró que si hacemos una sola carrera, ganamos. Y ganamos una a cero.
 
-En ese juego todo fue milimétrico…
-Ese año nos acostumbramos a jugar así. Ganábamos siempre por una carrera.
 
-¿Qué explica la magia de ese equipo? Porque ese toque especial no lo tuvo Chicago antes ni después.
-Teníamos la confianza de Ozzie. Ese tipo, allá en el clubhouse, te daba la confianza para hacer el trabajo.
 
-Fue el primer venezolano que logró un liderato de efectividad en las Grandes Ligas. ¿Eso tuvo valor para usted?
-Me molestó mucho que ese año 2001 no me gané el Cy Young. Si eres el pitcher con mejor efectividad y más innings en la liga, ¿cómo le dan el Cy Young a Roger Clemens, si él tuvo 3.50?
 
-Terminó su carrera en las mayores como el venezolano número uno en innings y victorias. ¿Cuál de todas esas cosas le enorgullece más?
-¿Vives en un país de 30 millones de persona y eres el número uno en algo? Eso significa algo, ¿verdad? 
Orgullo. La gente me habla de eso y a veces me pongo a pensar que tienen razón. Soy un tipo normal, pero estoy orgulloso, muy contento por todos los logros que he tenido.
 
-¿Qué le faltó por hacer? ¿O está satisfecho con todo lo conseguido en el beisbol?
-Me habría gustado ganar el Cy Young, que ese año, en mi corazón, era mío. He estado en playoffs, jugué con los Yanquis, formé parte del equipo de los Marineros que ganó 116 juegos en una temporada, un récord en las Grandes Ligas. He pasado por muchas cosas buenas. Y también por muchas cosas malas, que igualmente son parte de esto.
 
-¿Qué fue lo peor, entre lo malo?
-Las lesiones, la terapia que se debe hacer todos los días. Eso es duro.
 
-Otros se habrían entregado. Se habrían retirado, después de la operación y los años de ejercicios físicos. ¿Por qué siguió?
-Dijeron que no iba a pitchear más y yo me dije: ¿Cómo que no? Claro que sí. Todo es parte de una constancia. En 2009 me fui dos meses a mi casa. Decidí descansar el hombro, a ver si luego me respondía. Y respondió. Los Mets me tenían en Florida, me mandaron a Triple A, con la temperatura en cero centígrados, y el hombro no respondió. Me dejaron libre y me fui a mi casa, a hacer nada, a descansar.
 
-¿En algún momento llegó a dudar que volvería a lanzar?
-Siempre dije que con salud, y con el favor de Dios, podría seguir. Mi último juego en las Grandes Ligas fue en los playoffs. Me frustró que esa gente de los Bravos hiciera lo que hizo. Llegué a Atlanta, lancé bien en la postemporada y de nuevo en el spring training. En mi último juego, lancé seis innings y permití un hit. Al día siguiente, me tocaba firmar contrato y no me lo ofrecieron. Yo no iba a ir a Triple A de nuevo. Pero ya no había cupo en Japón ni en Corea del Sur. Por eso, me fui a Taiwán. Cosas que pasan. Ya está en el pasado.
 
-¿Revisa sus videos de las Grandes Ligas?
-De vez en cuando me dice algún amigo. A veces estoy fastidiado y lo hago.
 
-¿En verdad es esta la despedida?
-Ya no vivo en Venezuela. Mi familia está afuera, es difícil. Claro que voy a echar de menos esto, pero los hijos crecen muy rápido. Disfruté lanzar en Venezuela, lanzar la final. Me siento bien. No lancé como quise, de verdad, pero bueno, eso es lo que hay.
 
-¿Cómo se adaptó a su evolución como pitcher?
-Se lo he dicho a varios muchachos: cuando uno lanza duro, es más fácil. Cuando uno pierde la velocidad, debes ser un pitcher habilidoso y aprender a hacer los outs. No lanzo a 95, pero sí domino las esquinas. Con eso sobreviví. Y con el split.
 
-¿Y no le sorprende que sacara outs con una recta de 84 millas?
-No. Ellos saben que soy agresivo, que lanzo strike, que me les voy a montar encima. O me van a dar, o los voy a sacar out. Ellos saben que Freddy García se monta.
 
-¿Qué es lo que más va a echar de menos?
-La emoción de los juegos, la fanaticada, estar en el terreno. Pero a todo le llega su momento. El tiempo pasa rápido. Súper rápido.
 
-¿Y no le gustaría dirigir, como a tantos otros ex peloteros?
-¿Ser manager? ¿Yo? No he pensado qué voy a hacer luego. Ya tendré tiempo.