• Caracas (Venezuela)

Deportes

Al instante

Sangre Dorada

El venezolano llegó a los Juegos Olímpicos con algunas dolencias | FOTO REUTERS

El venezolano llegó a los Juegos Olímpicos con algunas dolencias | FOTO REUTERS

A un año de la inolvidable hazaña, Rubén Limardo recuerda los detalles de su día de gloria en Londres 2012

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El 1º de agosto de 2012 amaneció soleado. Londres parecía Ciudad Bolívar, la tierra de Rubén Limardo, quien aterrizó en suelo británico con un exceso de equipaje de convicciones. Ya se le notaba días atrás. Limardo estaba preparado para trascender.

La competencia fue en el majestuoso Excel, un inmenso gimnasio donde se disputó la esgrima y seis disciplinas más. Este escenario iba a ser testigo del triunfo del excelso espadista venezolano, que llegó a los Juegos Olímpicos con algunas dolencias, como lo relata un año después desde la lejana Moscú.

“Un mes antes en Cancún estaba practicando con Silvio (Fernández). Hice un movimiento muy brusco y se me inflamó el pie. Tuve que cuidarme bastante. Y dos días antes del debut olímpico, sufrí un lumbago. ¡No lo podía creer! Pero le puse actitud, me olvidé de eso y salí adelante”, relata con emoción.

Antes del primer combate, Rubén recordaba - como siempre - las palabras de su madre: “Vamos mi chiquitico que sí se puede. Sangre de guerrero, sangre de campeón”. Y con ese impulso salió a medirse con el joven egipcio, Ayman Alaa El-Din. “No conocía nada de él. Entré algo nervioso, pero lo vencí”. Limardo ganó en un apretado 15-13. Salió disparado y aliviado de la zona mixta. En ese momento, la sangre empezaba lentamente a cambiar de color.

El cronograma no daba respiro. Las pulsaciones empezaban a aumentar y la barra venezolana también. El siguiente rival de Limardo era muy temible: El suizo Max Heinzer, número 3 del ranking. “Con el suizo empecé abajo. Entré con una estrategia fallida”.

Con la elocuencia que lo caracteriza, cuenta cuál fue la clave. “Cuando empecé a meterle presión vi que era un niño de pecho. Observé el hueco y lo ataqué fuerte. Me fui pa´ encima con todo”. Adiós Heinzer. Limardo ya estaba entre los 8 mejores junto con Silvio Fernández. Y Venezuela empezaba a paralizarse por unas espadas.

Sensaciones de campeón. Antes de cada combate se rehabilitaba por el fuerte dolor de espalda. Pero el mejor bálsamo era salir a la pedana. En ella libró un combate memorable ante el italiano y Campeón Mundial, Paolo Pizzo. Los 4 encuentros de cuartos de final fueron en simultáneo. Era como mirar un partido de tenis en cámara rápida. Angustiante. Había que ver la pedana azul donde Silvio perdió con Kesley y ojear a Rubén en la amarilla, donde llegó a estar abajo 12-9. “Yo ganaba 9-6 y pasé a perderlo. Pero nunca me fijé en el score. Estaba confiado que ganaría. Lo logré empatar y en el minuto extra sabía que tenía que arriesgar. Conseguí el 13-12 con una flecha y luego lo cerré”. Rubén supo en ese momento que la sangre, al menos, se tornaría plateada.

Seis eternas horas de espera, en las que Rubén se comió unas pechugas de pollo y durmió un rato en su saco de esgrima. La escala previa a la final era el rascacielos de California, Seth Kesley, su verdugo en Guadalajara 2011, y con el que llegó a la muerte súbita tras igualar a 5. “Fue un combate muy nivelado. Me dije ¡bloquéalo!, que no se meta en tú terreno. Yo sabía que iba a tirar arriba. Por eso me agaché, lo toqué antes y salté de alegría”.

El joven de Ciudad Bolívar era finalista y estaba a punto de acompañar a Morochito Rodríguez en la tertulia dorada.

La final fue casi un trámite. Se colgó el anhelado oro tras batir 15-11 al noruego Bartosz Piasecki, quien pensó que estaba en Disney. “Antes del combate, el noruego me dijo: ya tenemos medalla. Vamos a salir tranquilo, a jugar. Disfrutemos el momento y yo sí claro, está bien”. Vaya que disfrutó escuchar el Himno Nacional con lágrimas en los ojos.

Su vida cambió. Lo visitó de golpe la fama pero no lo nubló. Los dirigentes lo escuchan más. Aún no ha podido ir a pescar, su mayor hobby. Pero ya tendrá tiempo. Pescó la idolatría y la inmortalidad. Y  su sangre se transfiguró. Ahora siempre será dorada.