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“Jugaré en Venezuela hasta que me den una patada”

Josh Kroeger | Foto: Henry Delgado

Josh Kroeger | Foto: Henry Delgado

Josh Kroeger ya es elegible para el Salón de la Fama de Valencia. La Pesadilla adora jugar aquí, pero su contrato con los Leones fue casi el fruto de la casualidad

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Luis Ávila hizo click con el botón izquierdo del mouse y en la pantalla de su ordenador apareció, por primera vez, el nombre del jugador que, con el correr de los años, se convertiría en el importado más aplaudido de los Leones desde los tiempos del inmortal Diego Seguí.

A mediados de 2008, el presidente del Caracas revisaba los números de la Liga de la Costa del Pacífico, categoría triple A, en busca de pistas para completar la importación.

“Tenía abierta la página de Baseball America y decidí ordenar los bateadores a partir de su OPS”, relató Ávila, un entusiasta seguidor de la sabermetría. “De pronto algo me llamó la atención. Era Josh Kroeger. Alguien con ese OPS podía sernos de ayuda”.

Kroeger era, hace cinco años, un discreto ex grandeliga con muy poco recorrido en las mayores: apenas 22 juegos con los Diamantes de Arizona, en 2004. Pero la suma de su promedio de embasado y su slugging resultaba cautivante.

“El nombre me sonaba”, continuó Ávila. “Después recordé que había sido un importado de las Águilas, de malos resultados”.

La primera experiencia de este patrullero californiano terminó con su despido. En Maracaibo, en 2006, le llamaban “la Pesadilla” por motivos muy diferentes.

El juego de palabras también nació del parecido de su apellido con el personaje cinematográfico de terror, Freddy Krueger. Era puro sarcasmo zuliano, por la línea de .248/.354/.384 que dejó a su paso por occidente.

Kroeger piensa que su mocedad de entonces pesó. “Era muy joven”, dijo. Tenía 24 años de edad y nunca había jugado en el extranjero, pero consiguió otra oportunidad y terminó subiéndose a un avión rumbo a Maiquetía, dos años después.

El azar estaba por concretar la última casualidad en su camino al estrellato.

Un importado de relleno. “Josh era el noveno importado de esa temporada”, la 2008-2009, recordó Ávila. “No habría empezado a jugar, de no ser por Cedric Bowles”.

Bowles era uno de los pitchers contratados para ese campeonato, el típico refuerzo extranjero que se convierte en el dolor de cabeza de la gerencia: tres veces le enviaron el pasaje y tres veces perdió el vuelo, con distintas excusas.

“Ya después de eso, ni lo volvimos a llamar”, exclamó Ávila. La hora de la verdadera “Pesadilla” estaba por empezar.

Kroeger tomó el cupo de Bowles, ya que estaba vacante, y en vez de ir a la paralela, apareció en el lineup del equipo grande. Él cambió los planes del Caracas y el Caracas cambió su vida.

Hoy disputa su quinta campaña aquí y ya es elegible para el Salón de la Fama del Beisbol Venezolano, que tiene su sede en el Museo del Beisbol, en Valencia.

“Nunca fui un jugador importante, tomando en cuenta mi carrera en Estados Unidos”, confesó el toletero zurdo. “No tenía idea de que esto iba a pasar”.

Kroeger ha construido un sólido currículo, que incluye dos títulos, una línea ofensiva de .300/.406/.490 y un premio como Jugador Más Valioso. Para ser elegible necesita cinco campañas de servicio y acumular cifras. Tiene ambas cosas, pero nada de eso le había quitado el sueño hasta ahora.

“Lo que más disfruto, cuando vengo a Venezuela, es jugar los playoffs”, sonrió. “La intensidad que hay, la forma de comportarse de la fanaticada en las tribunas. Es mucho más intenso, y significa muchísimo más de lo que normalmente vivo en triple A”.

El instante más emocionante de su carrera ocurrió contra Magallanes.

“En realidad es un empate de dos momentos”, aclaró. “El primero es haber ganado el último juego de la final y poder ser campeones (contra los turcos, en 2010). El otro fue el jonrón con tres en las bases que disparé esta temporada, para dejarlos en el terreno”.

No está contento con su rendimiento en este torneo, porque no le gustaron sus registros.

“Pero es mejor que me repitas la pregunta dentro de dos semanas”, agregó, en referencia a la carrera por la final.

Ávila sí está contento. No admitirá con tanta antelación que repetirá a Kroeger, pero reconoce que es el tipo de importados que desea traer todos los años.

“Con lo felices que quedaron con el equipo y la afición, sería ideal si pudiéramos estructurar una importación a partir de Henry Wrigley, Brandon Barmes y él”, soltó el ejecutivo.

Kroeger lo ve muy claro. Quiere venir una y otra vez: “Hasta que me den una patada para botarme”.

Ya tiene un lugar ganado en la papeleta del Salón de la Fama del beisbol venezolano y a este paso es muy probable que consiga muchos votos cuando se retire.

“Jamás había llegado a considerar algo así”, terció Kroeger. “Si sucediera, me permitiría finalmente mostrar algo por haber jugado beisbol. Sería el logro más importante en toda mi carrera”.

Una carrera que ha sido una pesadilla para sus rivales en Venezuela. Y ha sido un dulce sueño para él.

El dato

Josh Kroeger es consciente del trato que le dan los aficionados, los mismos que pitaron a Henry Wrigley cuando apenas tenía una semana en el país. “Realmente aprecio la forma en que me apoyan”, expresó. “Nunca me han tratado mal. He visto que son muy impacientes con mis compatriotas, pero conmigo siempre han sido grandiosos”.

El comepollo

Josh Kroeger aclara que no sale mucho ni ha recorrido Venezuela como le gustaría, porque no le sobra tiempo libre y en sus vacaciones procura estar en Estados Unidos con su hija de cinco años de edad, a la que apenas ve.

“Pero lo que más me gusta es la cultura. Disfruto mucho ver cómo es la gente aquí”, señaló.

No tiene un plato favorito. “Como muchísimo pollo”, soltó riendo. “Disfruto que la comida sea más natural que en mi país. A mi novia le gusta comer cachapa. No me parece mala, pero todavía me estoy adaptando a todo el queso que le ponen”.

Lo más difícil para él es conseguir los desayunos que le gustan, por la hora en que se levantan los peloteros.

“Oigo todo tipo de música, hasta reguetón”, confesó. “El mejor iPod del equipo es el de Darren Ford, porque tiene de todo”.

No hizo muchas migas con sus compatriotas. “Estuvieron muy poco tiempo con el club”, explicó. En cambio, disfruta el colorido que impregnan en la cueva Juan Carlos Gutiérrez y Darwin Cubillán. “Son grandiosos”.

No se ve viviendo en Venezuela, sin embargo. “No podría vivir lejos de mi hija. Estar sin ella es duro. Pero deseo seguir viniendo mientras pueda jugar”.