• Caracas (Venezuela)

Deportes

Al instante

El Gato junto a Musial y Gwynn

Andrés Galarraga / Archivo El Nacional

Andrés Galarraga / Archivo El Nacional

Así reseñó El Nacional el 6 de octubre de 1993 el título de bateo de la Liga Nacional logrado por Andrés Galarraga con los Rockies de Colorado. "Ahora sí puedo decir que soy lider bate", dijo sentado frente a su locker en una íntima celebración

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El campocorto Rafael Belliard y el camarero Mark Lemke sólo reaccionaron por instinto pero no valía la pena intentarlo. Eran las 5:28 de la tarde de este sábado en el reloj del Foulton County Stadium. Octavo inning. La línea pasó violentamente sobre la segunda base en dirección al jardín central, y entonces por fin Andrés Galarraga tuvo la agradable certeza de que el título de bateo de la Liga Nacional ya no podía escapar de sus manos.

En lo que resultó una formidable coincidencia, el sencillo llegó justo en su aparición 502 en el plato, una cifra que se había convertido en una obsesión para el toletero de los Rockies de Colorado, y una preocupante referencia para los aficionados venezolanos desde mediados de agosto, cuando Galarraga regresó por segunda vez de la lista de incapacitados para darle inicio a su último aliento por concluir la temporada al frente de los bateadores del viejo circuito.

"Ahora sí puedo decir que soy líder bate", dijo sentado frente a su locker en una íntima y silenciosa celebración porque el objetivo principal no se había conquistado. Los Bravos, en ese momento en medio de una frenética carrera por obtener el banderín de la División Oeste, habían apabullado a los Rockies 10 a 1. "Estoy emocionado.

Muy contento, pero creo que podré dormir tranquilo por primera vez en mucho tiempo.

Sabía que Tony Gwynn no podía alcanzarme, pero no quería celebrar hasta tener toda la seguridad. Incluso, cuando esta semana volví a aparecer adelante en los numeritos, no dije nada. Uno sabe lo que puede pasar. Pero ahora sí".

Andrés ya tenía un hit en tres turnos y fue a batear en el octavo con dos outs y un corredor en la primera base. El derecho Jack Howell lo colocó en un strike sin bolas con una recta que cayó en la esquina de adentro del home. El segundo pitcheo fue una curva y... "Y me quedé atrás para esperarla", explicó Galarraga, que en ese instante con su imparable 174 de la campaña subió el promedio a .373. "Le dí muy bien. Por poco le quito la cabeza a ese pitcher".

El nuevo monarca detuvo su promedio en .370, un average que sólo han logrado en la Liga Nacional en los últimos 55 años, Stan Musial en 1948 con .376 y Gwynn en 1987 con .370.

Al desafiarlo a recordar cuándo conectó el primero de sus hits de este año, sonrió. No estaba dispuesto a dejarse sorprender fuera de base por ningún periodista con ínfulas de enciclopedia andante.

"El primer hit lo di en el primer juego y en mi primer turno de la temporada", afirmó con precisión el Gato. "Fue en Nueva York contra Dwight Gooden y los Mets, y fue importante porque era el primer hit en la historia de los Rockies, un récord que nadie me podrá quitar. Pero en ese momento por la mente no me pasó nada que tuviera que ver con el título de bateo".

El juego inaugural, o un buen o mal comienzo, no necesariamente determina por sí solo una buena o mala campaña.

Cuando Ted Williams bateó para .406 con los Medias Rojas de Boston en 1941, tuvo tres hits en los primeros diez turnos, y cuando Roger Maris rompió la marca de jonrones de Babe Ruth en 1961, el primero de sus 61 cuadrangulares con los Yanquis de Nueva York no salió del parque hasta la undécima fecha.

"Sin embargo, al dar otro hit sí tuve el presentimiento", aseguró, que en aquella tarde del 5 de abril en el Shea Stadium coleccionó dos de los cuatro imparables que el conjunto de Colorado pudo dar contra Gooden. "Bueno, no es que pensé en ganar el título de bateo, pero sí recordé la temporada de 1988 porque conecté un doble en el primer juego".

Detrás de aquel tubey, Galarraga se encaminó hacia una memorable actuación con los Expos de Montreal que incluyó un promedio de .302, 29 jonrones y 92 impulsadas, mientras que comandaba a la Liga Nacional con 184 hits, 42 dobles, 79 extrabases y 329 bases alcanzadas con sus batazos.

No obstante, es difícil encontrar a otro bateador que haya sufrido más que Galarraga para convertirse en el primer venezolano en terminar con el average más prominente en uno de los dos circuitos que integran las ligas mayores.

En los últimos seis meses, el pelotero de 32 años de edad ingresó dos veces a la lista de incapacitados por más de dos semanas. Siempre en medio de buenos momentos ofensivos. El 9 de mayo se desgarró el muslo de la pierna derecha al hacer pisa y corre de segunda para tercera, y el 24 de julio, la rodilla de esa misma pierna resultó severamente lastimada luego que Galarraga chocara con el camarero Roberto Mejía al ir ambos en busca de un elevado detrás de la primera almohadilla.

"Al regresar del Juego de Estrellas en Baltimore comencé a pensar seriamente en el título de bateo", recuerda, que al reanudarse la campaña el 15 de julio se encontraba en la cima con un promedio de .391. "Como te conté en Miami, ni yo mismo lo creía. Nunca he sido un bateador de promedios altos, pero saqué la cuenta y vi que tenía un buen chance hasta frente a un bateador como Gwynn".

Lo que no esperaba era tener que sacar otra cuenta. En los siguientes nueve encuentros despachó 21 imparables en 38 turnos y su average se encumbró a un fantástico .392, sólo que apenas había transcurrido una semana del segundo percance, y su nombre desapareció por completo del listado con los mejores bateadores que disponían para entonces con el número mínimo de apariciones legales exigidas. No volvió a la lista sino hasta después de la tanda del jueves de la última semana del calendario.

"Mentalmente me enfrié", reconoció. "Era imposible que pudiera jugar antes de tres semanas. La lesión pudo ser más grave pero la rodilla estaba lastimada. Los ligamentos se abrieron con el golpe y no había manera de repararlos totalmente, al menos que se hiciera una operación artroscópica como la que me haré al terminar la temporada. Eso significaba mayor reposo".

El domingo 25 de julio, Galarraga vio el encuentro de los Rockies contra los Cardenales de San Luis acostado en su casa. La pierna estaba inmovilizada y a su lado estaban un par de muletas que no iban a ayudarlo a ir muy lejos. Hasta la jornada final aquí en Atlanta quedaban 62. La más desesperante cuenta regresiva estaba por comenzar.

"Hicimos un cálculo. Don Baylor, Amos Otis, el trainer Dave Cilladi y yo", relata. "Llegamos a la conclusión de que para tener algún chance de ganar el título estaba obligado a jugar por lo menos en cuarenta partidos. Uno menos y no tendría oportunidad. Eso significaba además que debía estar en la alineación a más tardar el 20 de agosto".

Retornó el 21 en una doble cartelera contra los Mets en Denver.

"Todavía no me sentía bien", recuerda que reapareció fallando en cuatro visitas al plato y remolcando una carrera con fly de sacrificio. "Ni siquiera había bateado suficiente y la pierna todavía me dolía. Los abogados del bufete que me representa no querían que lo hiciera en esas condiciones.

Tenían razón, pero quería ganar el título como fuera. El médico del equipo permitió que consultáramos a otro especialista y fuimos al consultorio del traumatólogo que me va a intervenir. Su apellido es Stermalter y es la principal autoridad del mundo en lesiones de la rodilla. Pero él también estaba dudoso. Pensaba que podía lastimarme otra vez. Al final tomé la última decisión".

Antes y después de cada uno de los siguientes encuentros.

Galarraga tuvo que pasar por el cuarto de Cilladi, quien lo preparó para enfrentar lo mejo posible cada desafío. En un ritual que se prolongaba 15 minutos, en la rodilla le colocaban un vendaje en el mismo sentido de los ligamentos que están alrededor de la rótula.

Luego le adaptaban una especie de bota ortopédica de metal y sólo así quedaba listo para salir al terreno.

"Todo el crédito de la recuperación hay que dárselo al Gran Gato", dijo el trainer Cilladi, en un paréntesis de la sesión de estiramiento y calentamiento de músculo que antecede a la práctica de bateo. "Durante el período de recuperación se sometió a todos los ejercicios necesarios para poder recuperarse y llegar a tiempo. Lo vi soportar intensos dolores y creo que un tres semanas luego de la operación, estará listo para volver a practicar".

Galarraga bateó para .291 en su segundo regreso, y en ese lapso completó 15 juegos consecutivos dando de hit, la racha más prolongada de su carrera y del equipo, y fue escogido como Jugador del Mes de septiembre en la Liga Nacional al batear para .382 con 5 jonrones, 23 empujadas y .609 en slugging.

"Hubo otra situación que ayudó mucho", afirma Andrés después de convertirse en el primer miembro de un equipo de expansión en ganar una corona de bateo. Previamente, el average más alto en este caso era el .310 de Bob Bailor con los Azulejos de Toronto en 1977. "Acepté seguir con el equipo así estuviera de gira y así estuve todo el tiempo supervisado por el trainer. Si me quedo en la casa a lo mejor no cumplo con el programa de rehabilitación como estaba obligado. Tú sabes como es eso. Hoy dices que lo dejas para mañana porque quieres quedarte viendo televisión o porque te provoca jugar con los niños sobre la cama".

Ese sábado ya Galarraga estaba por abordar el autobús que lo llevaría con el resto de los compañeros al hotel Marrito Marquis en el centro de la ciudad, cuando aparecieron una docena de periodistas locales armados con cámaras de televisión, grabadores, lápices y libretas. Pacientemente y sonreído como siempre, respondió una a una las preguntas.

"Siempre me preguntan lo mismo", dijo y volvió a reír. "Pero qué puedo hacer. Que cómo me siento. Que qué comí hoy.

Si me duele la pierna. Y cuando es por televisión es peor. Me pongo muy nervioso. Me defiendo bien con el inglés pero a veces no encuentro la palabra exacta, quiero que terminen y siguen preguntando".

Es sólo parte del precio que hay que pagar por adueñarse del título de bateo de la Liga Nacional con todas las posibilidades en contra. Pero el asunto tiene sus recompensas. El autobús estuvo todo el tiempo que fue necesario a la espera de la estrella.

Antes de partir, Galarraga le pidió al encargado del vestidor que trajera una botella de champaña que se estaba enfriando desde que los Rockies llegaron a esta ciudad el jueves para jugar una serie con Atlanta. La puso en nuestras manos y exclamó: "Llévatela. Yo los alcanzo en la noche para destaparla y celebrar juntos".